POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
En la navegación tipo “ocio creativo” griego, uno se encuentra en la red con ideas interesantes y otras desopilantes. Un cientítico -médico- que ha cobrado popularidad en las redes sociales, dice que “Los primeros Padres de la Iglesia creían en la reencarnación. Luego esto se dogmatizó y se penó con la excomunión a quienes sostuvieran esa teoría”. Nos, en uso y goce de nuestra Libertad de espíritu y conciencia, entendemos que podemos opinar algo de esto porque eso de la excomunión es para los todavía creyentes católicos. Los espíritus libres no son alcanzados por anatemas conciliares.
De modo, pues, que procederemos a decir lo nuestro apoyados en nuestros breves conocimientos de la metafísica, la teología y la historia.
Así, prima facie, no comulgamos con la afirmación de que “los Padres de la Iglesia creían en la reencarnación”, porque hubieron ya en las épocas tempranas del cristianismo debates sobre este asunto del alma, su origen y destino. Orígenes aplaudía estas tesis que finalmente fueron condenadas.
Pero… ¿qué canastos es la reencarnación? Básicamente es “volver a la carne”, más no se dice cómo, en qué formato; de allí que Pitágoras predicaba aquello de la metempsicosis, o sea que el alma vive múltiples vidas: Usted parte de este mundo como humano y puede volver como cualquier otra cosa. En un pasaje leemos que “Cierta vez, un hombre azotaba a un perro y Pitágoras corrió a detenerlo diciéndole ¡Detente, porque he reconocido en el lamento la voz de un amigo! Claro, esta teoría señala que la modalidad de reencarnación dependía de lo bueno o malo que uno había sido durante su paso por esta existencia. Conocemos algunos que merecerían reencarnan en un gusano, por ejemplo.
De todas maneras, en los autores de aquella época este asunto tenía tintes platónicos, o de orientación oriental pero nunca bíblicos. De hecho, en Hebreos, leemos: “Está establecido que el hombre muera una sola vez” (Hb. 9,27).
La confusión provendría de los escritos de Orígenes (siglo III d.C.) -según dijimos-, quien sostuvo la preexistencia de las almas antes del cuerpo en el marco de una visión cósmica de caída y retorno. Allí podemos notar una influencia del pensamiento helénico, cuyo ciclo culminaría con la conocida apokatástasis, o restauración final de todas las criaturas, incluso el Demonio.
Sin embargo, Orígenes no habló de lo que se entiende por reencarnación como renovación de vidas múltiples, habló de preexistencia y no ciclos interminables de nacimientos. Según esta última teoría, se afirma incluso que la luz que dicen ver los que trascienden no es el final del túnel sino la luz del sol o de la luz escialítica de un quirófano. Para los no iniciados, digamos que escialítica, es una luz diseñada para que aunque el cirujano o sus manos se interpongan, no se pierda visibilidad.
El tema era que estas ideas de Orígenes ponían en tela de juicio cuestiones como el juicio final, el infierno y hasta la salvación, porque entonces, el alma continuaba volviendo sin elevarse (Si es que elevarse es el término).
sonaron demasiado platónicas,
El resto de los Padres rechazaban liminarmente la reencarnación. Así, Ireneo de Lyon, combatió: la metempsicosis gnóstica y Tertuliano, llamó a esto “fantasía pagana”. San Agustín, la descartó con toda fuerza y Gregorio de Nisa, debatió sobre el alma pero jamás aceptó la reencarnación.
Tertuliano: la llama fantasía pagana.
Agustín de Hipona: la descarta con fuerza, aunque reconoce que Platón la hizo atractiva.
Gregorio de Nisa: debate el alma, pero nunca acepta reencarnación.
Así las cosas, entre esto y aquello y “córreme estas pajas”, fue recién durante el Concilio de Constantinopla II (553), que se condenaron las doctrinas asociadas al origenismo, entre ellas: la preexistencia de las almas, ciertas lecturas de la apokatástasis, quedando cerrada la puerta a cualquier interpretación compatible con ella.
Pasaron 1500 años, hasta el Concilio de Letrán (1513), cuando se afirmó dogmáticamente que cada alma es creada directamente por Dios, no preexistente.
Vemos así que el cristianismo tuvo mucho que discutir para unificar el dogma. Cientos de años de “cute and paste”, para definir taxativamente que la reencarnación no sería aceptada.
Ahora, es muy interesante ver como el cristianismo temprano pensó más de lo que luego permitió pensar.
Porque desde el “Catecismo de las 99 preguntas” hasta en los más elaborados documentos del Magisterio, la cosa ya vino pensada, envasada. Un repetido dicho con el que se adoctrina y jibariza el pensamiento en las orgas católicas señala como un dogma cuando uno comete la herejía de preguntar, o peor aún, de cuestionar: “¡Todo está previsto!”. Y a pelarse.
De modo que la posibilidad de reencarnarse en otros seres y/o tiempos, es cosa juzgada en el cristianismo-catolicismo. Los demás pueden pensar en volver y ser millones, tomando otras apariencias, tipo Saint German, que viene protagonizando todos los movimientos significativos de la historia.
Al fin de cuentas, en una historia saturada de platonismo, judaísmo apocalíptico, gnosticismos varios y preguntas sin cerrar el tema; tanto para el cristianismo en su mirada como para quienes avalan la reencarnación, la cuestión se unifica en la Esperanza. Para los primeros en poseer el Cielo en una eternidad, y para los segundos en la posibilidad ser o vivir mejor en una sucesión de continuidad. En el fondo, nos hallaríamos en el pensamiento de Orígenes de Alejandría, quien imaginaba que las almas existían antes del cuerpo, que habían caído y que la historia era un largo proceso de retorno a Dios.
Excede a la materia de estas líneas ir sobre un análisis exegético de la discusión, porque por ejemplo, si aceptáramos que el alma es preexistente, ¿Qué sentido tendría la idea del Juicio Final?
Con esta muchas otras preguntas surgen de plantearnos si existe la reencarnación y nos adentraríamos incluso en un campo cosmológico, demasiado especulativo y difícil de gobernar.
Quizás por eso la reencarnación sigue regresando —como idea, como intuición, como herejía persistente— incluso en culturas cristianas. No porque haya sido verdad olvidada, sino porque responde a una inquietud que la doctrina cerró demasiado rápido: la sospecha de que una sola vida tal vez no alcance para entender, expiar o amar.
Y cuando una pregunta vuelve una y otra vez, no siempre es porque alguien la ocultó.
A veces es porque nunca fue del todo respondida.