POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar
Cuando amaneció la globalización, allá por los ‘80 del siglo XX, los estudiosos del fenómeno definían a ese tiempo como “el de la gran paradoja”. Pasaron las décadas, en el camino se produjo la Tercera Revolución Industrial que fue el Internet, y ahora palpamos por qué es una “gran paradoja”. Jamás la humanidad tuvo la interconexión mundial al alcance de la mano, pero a la vez, jamás, las personas estuvieron tan solas.
Hay algo que se ha vuelto evidente, aunque muchos prefieran no mirarlo de frente: la sociedad se ha enfriado.
No es una metáfora. Es una sensación concreta, cotidiana. Está en el tono de las conversaciones, en la indiferencia de la calle, en esa distancia creciente que se instala entre unos y otros. Como si algo se hubiera roto -silenciosamente- en el modo de vincularnos.
Hoy, hay madres que le mandan un whatssap a los hijos para avisarles que la cena está lista. Y cuando la familia se reúne en torno a la mesa, casi nadie está “en presencia”, están mirando otra realidad distante o conversando con otros lejanos a través del móvil. No están a la mesa. Ya no es una familia sino un grupo de personas que reúne a comer. Y así todo lo demás. El diálogo ha desaparecido prácticamente.
Al resentirse esa vinculación oral, afectiva, la sensibilidad parece haberse replegado. Y en su lugar, avanzan la dureza, la irritación, una forma de violencia que ya no necesita estallar para hacerse presente. Está ahí, en la escuela, en los barrios, en la calle. A veces en la palabra. A veces en el gesto. A veces en la omisión. Cada vez más presente en nuestros propios hogares. Es la violencia del silencio, de la distancia compartida: una paradoja.
Pero hay algo aún más inquietante que la violencia: la indiferencia.
Esa especie de torbellino que arrastra a muchos hacia una lógica peligrosa: “no me meto”, “no me importa”, “me encierro”. Una anestesia moral que permite seguir adelante sin mirar demasiado al costado. Como si el dolor ajeno fuera un asunto lejano. Como si no tuviera nada que ver con nosotros.
Y sin embargo, todo indica lo contrario.
Porque una sociedad no colapsa de un día para el otro. Se va deteriorando en pequeñas renuncias diarias: cuando dejamos de escuchar, cuando dejamos de mirar, cuando decidimos -aunque sea por cansancio- que el otro ya no es asunto nuestro.
El resultado está a la vista.
Los casos de suicidio, especialmente entre jóvenes, crecen de manera alarmante. Y detrás de cada número hay una historia que, muchas veces, tiene un rasgo en común: nadie escuchó a tiempo. No los mata una droga, una soga, una bala…, los mata la soledad.
No se trata de grandes soluciones ni de estructuras complejas. A veces, alcanza con algo mucho más simple y ahora, en estos días, tan escaso: escuchar.
Escuchar de verdad.
No como trámite, no como gesto automático, sino como acto humano profundo. Detenerse. Prestar atención. Darle lugar al otro para que diga lo que le duele, lo que lo desborda, lo que no puede seguir cargando solo.
Padres, hermanos, amigos, docentes, vecinos. Incluso el señor del quiosco que conoce los silencios del barrio. Cualquiera puede ser ese punto de apoyo mínimo que, en un momento límite, haga la diferencia.
Porque cuando alguien logra decir su dolor, algo empieza a cambiar.
No es sólo una descarga emocional. Es más que una catarsis. Es una forma de sacar hacia afuera aquello que asfixia: la angustia, la desesperación, ese peso invisible que, cuando no encuentra salida, puede empujar hacia el peor desenlace.
Hablar salva. Pero para que alguien hable, antes tiene que haber alguien dispuesto a escuchar.
Por eso, cada intento de abrir un canal -aunque sea pequeño, aunque sea imperfecto- tiene valor. Un mensaje, un contacto, una puerta que se abre. A veces, eso alcanza para interrumpir una caída.
En el fondo, la discusión es más profunda de lo que parece.
No se trata sólo de salud mental. Se trata del tipo de sociedad que estamos construyendo.
Una sociedad puede organizarse sobre la apatía -donde cada uno se encierra en lo suyo y el otro es apenas un dato marginal- o puede sostenerse sobre la empatía, donde el otro importa, aunque no lo conozcamos, aunque no sepamos su historia completa.
La diferencia entre una y otra no es teórica. Es concreta. Se mide en vínculos, en confianza… y, muchas veces, en vidas.
Tal vez haya llegado el momento de hacer una pausa y preguntarnos algo básico, casi incómodo:
¿En qué momento dejamos de escuchar?
Y, sobre todo, preguntarnos si todavía estamos a tiempo de volver a hacerlo.
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