POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ
Jefe de Redacción – www.ernestobisceglia.com.ar

La experiencia de dejar el gobierno en manos de la chusma
El experimento de dejar el gobierno en manos de la chusma ha fracasado. No es una opinión: es un hecho histórico, observable, medible y —permítaseme la crudeza— nauseabundo. Manuel Belgrano, el espíritu más lúcido que parió el siglo XIX argentino, lo advirtió con una claridad que hoy resulta ofensiva para el oído progresista: “No estamos preparados para una República”.
Por eso propuso una monarquía parlamentaria. No por nostalgia aristocrática —vicio que jamás practicó— sino por realismo político. Belgrano sabía algo que hoy parece arcano: el autogobierno exige virtud. Y la virtud no prolifera cuando manda el resentimiento social.
Estamos viviendo tiempos de decadencia organizada donde la política es el manifiesto contundente, tal como lo expresáramos en nuestra anterior columna «Tiempo de vedetongas, bataclanas y malevos»
Los hombres de Estado y el temor a la plebe organizada
Belgrano no estuvo solo. Juan Manuel de Rosas, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Carlos Pellegrini y hasta el infortunado Roque Sáenz Peña —autor de la ley más candorosa y devastadora de nuestra historia institucional, aquella que permitió votar al vulgo— comprendieron el riesgo de entregar los asuntos del Estado a la plebe organizada.
No lo decían por crueldad. Lo decían por responsabilidad histórica. Gobernar no es un acto de fe en la humanidad, sino una tarea de conducción sobre lo que la humanidad efectivamente es.
Y conviene recordarlo, para escándalo de los progresistas de café: fueron esos años los del esplendor de la República. Con Juan Manuel de Rosas hubo soberanía; con Domingo Faustino Sarmiento, educación; con Mitre, administración; con Julio Argentino Roca y Carlos Pellegrini, progreso.
El error inmigratorio y el germen del desastre
¿Por qué no menciono a Avellaneda? Porque fue quien, con la Ley de Inmigración de 1874, inundó el país de miserables sin instrucción que importaron, junto con sus baúles, el germen del anarcosindicalismo.
Convengamos en algo: pocas pestes han hecho tanto daño como el sindicalismo organizado. Transformó la incapacidad en derecho, la indisciplina en identidad y la extorsión en método político.
Cuando la política fue entregada a la turba
Cuando la política fue escamoteada a las clases decentes y entregada a la turba radical, comenzó el deterioro. El peronismo no hizo más que llevarlo al paroxismo, convirtiendo en ministros a sujetos que, en una sociedad ordenada, deberían estar ordeñando vacas o picando surcos para justificar su existencia productiva.
Desde entonces, nada volvió a ser igual. La mediocridad se volvió mérito y la ignorancia, identidad. Se premió el grito por sobre la razón y la astucia por encima del mérito.
El Estado como burdel administrativo
Hoy hemos alcanzado un nivel de desvergüenza inédito. Para designar funcionarios se consulta primero a los juzgados penales, se recorren comisarías e institutos carcelarios, y el peor espécimen disponible es promovido a ministro, secretario de Estado o intendente. Agradezcamos que el «Petiso Orejudo» está muerto, sino sería el Primer Magistrado de la República.
Los cargos menores se reparten entre queridas, queridos y parientes sin apellido ni decoro. El Estado se ha convertido en un burdel administrativo: un aquelarre de favoritismos que haría sonrojar al mismísimo sultán otomano. Ya no se gobierna: se farrea. La palabra “gobierno” ha sido sustituida por la de “jolgorio”.
La retirada de la gente honorable
Debo ser consciente: los hombres de nuestra clase —la gente honorable y decente, ya exigua frente a la canalla vil y la ralea vociferante— jamás podríamos integrar gabinetes que se asemejan a tenidas del hampa, conciliábulos de rufianes y misas negras de la indecencia.
Bandas organizadas con aire acondicionado celebran asambleas de malvivientes con cargo. La bajeza se organiza con actas y la infamia cobra sueldo del Estado.
Una reacción tardía, pero necesaria
Es necesario, en este postrer momento, salir a la calle, aunque ello implique rozarnos con los últimos ejemplares de una clase media que agoniza entre estertores. Hay que salvar al país de sí mismo: reorganizar el orden público, restañar la confianza en las instituciones, reformar la educación y sanear un erario público saqueado por la incompetencia.
Pongo mi persona, mi nombre y mi prestigio al servicio de esta causa. Convoco a todos los que se sientan agraviados por esta sustitución sistemática de la gente honorable por pandillas con credencial, por hermandades del oportunismo que confunden la política con el botín.
Reunámonos, como lo hicieron los hombres de la Asociación de Mayo, y digamos con Esteban Echeverría que hablaremos de cuestiones saludables para la Patria.
Porque cuando el poder se reconoce en la caricatura, es porque la caricatura acertó. Y esta República, hoy, ya no es caricatura: es una obscena pantomima.
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