Alfredo Olmedo, esa Ave Fénix de hojalata

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – Jefe de Redacción – www.ernestobisceglia.com.ar

En verdad os digo que vuestra Salta es más variopinta que aquella Corte de los Milagros que describe Víctor Hugo en Nuestra Señora de París. Y diré, para los legos en literatura universal, que se trataba del barrio parisino donde mendigos y tullidos simulaban durante el día sus miserias para conmover a la ciudad… y por la noche recuperaban milagrosamente la salud, contaban monedas y organizaban su propio orden clandestino. No era exactamente un lugar de pobres: era un teatro de la pobreza.

Algo similar ocurre con cierta clase política salteña. Durante las campañas emergen como víctimas estructurales, herederos de catástrofes ajenas, damnificados crónicos del “otro”. Siempre gobierna el anterior; ellos apenas pasaban por allí. Se presentan deshilachados ideológicamente, fatigados por responsabilidades que jamás asumieron del todo.

Pero apenas cae la noche electoral -¡oh prodigio republicano!- recuperan movilidad, vigor presupuestario y sorprendente coordinación estratégica. ¡Hasta descubren principios!

En la Corte original el milagro consistía en levantarse del suelo. En la versión criolla, el milagro es caer siempre bien parado.

En ese submundo hay jerarquías, códigos internos, reparto de territorios y una capacidad admirable para sobrevivir a cualquier clima ideológico. Han pasado la gorra ante todos los poderes de turno: desde Juan Carlos Romero hasta el ilusionismo administrativo de Juan Manuel Urtubey, y hoy golpean discretamente la puerta de Gustavo Sáenz mientras lo critican en público. Coherencia es una palabra que siempre pronuncian en arameo.

Se autoperciben estrategas, númenes de la polis, pero en realidad practican un arte más sencillo: adaptarse. Hoy adversarios irreductibles, mañana aliados responsables. La ideología no es convicción sino vestuario.

Y en esa fauna adaptable emerge con brillo propio Alfredo Olmedo.

Hay dirigentes que construyen identidad; él decidió convertirse en marca. No necesita programa: necesita contraste. Comprendió antes que muchos que en la política contemporánea lo decisivo no es convencer sino ser visible. La consigna debe caber en una gorra; el diagnóstico, en una frase; la complejidad, en un color.

Es un personaje monocromático que responde al nombre de Alfredo Olmedo. Hay figuras públicas que construyen una identidad; él, en cambio, decidió convertirse en señal de tránsito. No necesita programa: necesita reflectores.

No representa una doctrina en sentido clásico; representa una estética. La del gesto sobreactuado, la del eslogan que reemplaza al argumento, la del impacto visual que suplanta al pensamiento. Es el populismo del color primario: sin matices, sin gradaciones, sin sombras que obliguen a pensar.

Y sin embargo, reducirlo a caricatura sería un error. No es anomalía: es síntoma.

Su mayor talento no es gobernar —empresa secundaria en esta era— sino ocupar espacio simbólico. Convertirse en personaje antes que en dirigente. Y en esa lógica, el amarillo no es un color: es una estrategia. Cuando el debate se empobrece, lo monocromo triunfa.

Se lo subestima con facilidad. Allí radica su astucia. Mientras se lo ridiculiza, consolida presencia. Mientras se lo toma por extravagancia, capitaliza el hastío.

Como toda Ave Fénix, renace. Pero no de cenizas heroicas sino de la memoria corta. Es una Fénix de hojalata: brilla más de lo que arde.

Ahora bien, conviene no engañarse: el problema no es el ave.

El verdadero milagro es la platea.

Porque ningún personaje prospera sin un clima que lo legitime. Ninguna simplificación triunfa sin una sociedad que prefiera el color al concepto. Ninguna consigna desplaza al argumento si el argumento todavía importara.

La política se ha vuelto espectáculo porque el público así lo tolera. Y cuando la ciudadanía delega el pensamiento en el brillo, el resultado no es liderazgo: es entretenimiento.

No temáis al personaje. Temed a la comodidad que lo hace posible.

Porque cuando la política se vuelve teatro permanente, la Corte de los Milagros deja de ser metáfora literaria y pasa a ser sistema.

Y entonces el milagro ya no es que algunos resurjan: el verdadero prodigio es que sigamos llamando democracia a la función.

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