POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ (Un renegado en la clandestinidad en Cafayate) – www.ernestobisceglia.com.ar
En verdad os digo, que el refugio que otorgan un tonel de vino y la magnificencia del paisaje, resultan el mejor convite a un intelectual para convertirse en un anacoreta del pensamiento ilustrado, de donde la libación delicada y el silencio contemplativo resultan más eficaces que la lectura de “La imitación de Cristo” del agustino Thomas de Kempis, cuyos Hermanos en la Orden regentean los espíritus vallistos.
Pero, al fin, os diré, los escritos medievales provocan una obnubilación neuronal que nos limita el pleno desarrollo de la conciencia para comprender el signo de los tiempos actuales. En cambio, el destilado del fruto de la “Hermana Vid” -diría el Seráfico Francisco-, nos alienta a decir verdades que en ocasiones estorban a los espíritus del bajo astral que viborean entre la mediocridad asidos ellos a sus prosapias, única manera de sentirse fértiles en el yermo campo de sus grises vidas.
De allí que os recomiendo siempre, antes de daros a la tarea de garrapatear escritos, bebed unos chupitos -de Laborum Reserva, en este caso-, haciendo caso a la sentencia paulina que nos advierte: “Noli adhuc aquam bibere, sed vino modico utere propter stomachum tuum et frequentes tuas infirmitates.» (1Tim. 5, 23). Para vosotros, y especialmente para esos innobles espíritus que menciono, legos en las lenguas cultas, traducido quiere decir: “No sigas bebiendo agua solamente, sino usa un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades.». Como veis, empinarse unos malbec resulta una práctica tanto que medicinal como salvífica.
Encaminados así en estos recomendables usos etílicos, he de darme, ya entonado, a la tarea de discernir sobre el problema que observo bate aguas en el terreno de los estudios históricos de Salta, tal es aquel de la diferencia entre honrar a Güemes y administrar a Güemes.
Porque una cosa es llevar a Güemes en la solapa y otra bastante distinta es llevarlo en la cabeza.
Noto, observo, que en determinados rediles de la ociosidad encubierta de cultura de esta Salta, una práctica para salir del anonimato y obtener un título pseudoacadémico, es aquella de escribir -si tal fuera la cosa- un libro sobre la vida, pasión y muerte del General Martín Miguel de Güemes.
Me asalta a la memoria el título de una obra del recordado Lic. Luis Oscar Colmenares, verdadero docto en el tema, que supiera intitular: “Martín Güemes: el héroe mártir”, aparecido previamente en el Boletín del Instituto Güemesiano, N.º 22, 1997, pp. 29-71 y 83-124, para más datos; valiosa colección de estudios históricos que publicaba ese Instituto hasta la llegada de esos beduinos agenciados en ese curro historiográfico autopercibido como “Comisión del Bicentenario” y que nuestro ilustre Director de este celebrado Sitio, el egregio, Don Ernesto Bisceglia, bautizara como “Comisión del Bicicleteo”.
Y os digo, que antes que los realistas, son esos menesterosos tijereteadores de la historia los que verdaderamente han convertido al General Güemes en “Mártir”, produciendo librejos que son un homenaje al “Cut and Paste”, sólo para alcanzar la sobresignificada categoría de “historiadores”.
Estos han inaugurado el tiempo del pillaje y el abigeato historiográfico, reduciendo la Gesta Güemesiana a folletines para lustre personal y convirtiendo a los estudios güemesianos en una “salida laboral” rápida.
Con estos vándalos de la historia -hay que reconocerlo-, han logrado convertir a la noble actividad de la investigación histórica en una verdadera industria simbólica del Prócer, logrando mediante este bandolerismo editorial un verdadero despojo del significado y del significante de la Gloria del Héroe Gaucho, para traducirlo en actos, cargos, fotos, discursos, comisiones, homenajes, y favoreciendo una ausencia mucho más grave como es que las nuevas generaciones conozcan verdaderamente la Gesta Guemesiana, a la que han reducido a una efeméride en vez de ser una parte constitutiva de la historia argentina.
Hábiles en la tarea de la asociación ilícita ideológica, se han conformado en la “Logia de los Viudos de Güemes”, porque viven de un muerto ilustre; única forma de suplir su orfandad intelectual. Y allí se explica esa devota necesidad de haber sembrado bustos y placas de Güemes por el país, pues necesitan que permanezca convertido en estatua para no tener que discutir históricamente con él.
En su afán de decir algo nuevo sobre Güemes, porque todo dicho está, ahora la han emprendido expulgando hasta en los calzoncillos del Prócer.
Mientras tanto, la salteñidad no sabe una pepa de Güemes. Todo lo han reducido a plácemes entre ellos en lugar de haber invertido esas dos décadas de sicariato güemesiano en haber logrado que la Gesta Güemesiana tuviera una cátedra en la currícula escolar. ¿Cómo puede Salta proclamarse heredera de Güemes mientras la enseñanza sistemática de su Gesta carece de un espacio?
Esta Logia de los “Viudos de Güemes”, ha logrado una admirable perfección, el conseguir que Güemes esté en todas partes, salvo en las aulas donde debería estar.
Estos blanden sus libros como Moisés las Tablas bajando del Sinaí; pero aquí el único desierto es el académico, pues son responsable directos del deblitamiento y hasta la desaparición de los estudios históricos en Salta que no es un asunto académico menor. Cuando una sociedad deja de estudiar su historia, otros empiezan a administrarle la memoria. Y entonces aparecen los “dueños” de Güemes.
A esta altura, Güemes no necesita administradores. Necesita historiadores, maestros y alumnos que lo estudien.
Porque una cosa es llevar a Güemes en la solapa y otra bastante distinta llevarlo en la cabeza. Lo primero sirve para la fotografía; lo segundo, para formar ciudadanos.
Dicho todo esto y parafraseando a Pilatos, diré: «Quod scripsi, scripsi» (Jn. 19, 22); lo que he escrito, he escrito.
No hay caso, las insolencias de estos expoliadores de la historia me provocan ansiedad etílica, por lo que he de dejaros para que meditéis estas “divinas y humanas”, mientras voy en busca de otra botella de Laborum Reserva.
La Verdad provoca sed de saber. –
