POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
De noche, en aquellos fogones que convocaban a la peonada en la finca del abuelo al calor de la leña que alimentaba las estufas de tabaco, se contaban historias deliciosas, como la de la mulánima, castigo que recibía una mujer cuando tenía una vida sexual escandalosa; más todavía cuando yacía con un cura.
En aquel pueblo jujeño -cuyo nombre cubriremos con un manto de piedad-, cierto cura (que fuera amigo del abuelo), se enamoró de la mujer que le tocaba el órgano en la iglesia -literalmente-, abandonó los hábitos y se fueron a vivir juntos por ahí. La mujer, hasta donde supe, no se convirtió en mulánima, pero el hecho daba como umbral para contar la leyenda.
Ahora, lo más curioso es que aquella historia no terminó en pecado, condena ni mulánima. La pareja siguió su vida, tuvo una hija y, muchos años después, el destino quiso que aquella hija terminara formando parte de mi propia familia porque se convertiría en la segunda esposa del abuelo que había enviudado, casándose ambos frente al altar. Qué loco, ¿no? Diría un ex gobernador de Salta…
En nuestra aldeana Salta, años más tarde, escucharía la misma historia de boca de amigas de mi madre -todas señoras de dobles y triples apellidos- que se reunían a tomar el té en mi casa y cortar en juliana a la que caía en aquella mesa. Así, decían que cuando la noche caía sobre la vieja Salta y los últimos rezos se apagaban detrás de las puertas de las iglesias, por los callejones y caminos podía escucharse algo que no era exactamente un caballo ni una mula: cadenas arrastrándose sobre las piedras, un relincho desgarrador y, de pronto, el resplandor del fuego que brotaba de los ojos y de la boca de una criatura que cruzaba la oscuridad a toda carrera.
Era la Mulánima.
La leyenda decía que aquella mula no había sido siempre mula. Había sido mujer. Una mujer condenada por haber transgredido uno de los límites que la moral de aquellos tiempos consideraba sagrados: mantener una relación con un sacerdote. En aquellos “saraos” celebrados en el living de mi casa, se hablaba de conspicuos clérigos que se habrían amancebado con “la fulana de tal” o “esa que todas sabemos”. Obviamente, mi madre y sus venenosas amigas se enroscaban cada mañana en las patas de las primeras bancas del templo del Convento San Bernardo para escuchar la misa de las ocho. La piedad católica al palo, diríase hoy.
Pues si, la tradición convirtió “a las reas esas” en almas en pena, obligadas a recorrer durante la noche los caminos de este mundo, enfrenadas y encadenadas, como si el peso de su pecado pudiera medirse por el ruido de sus cadenas.
Pero había algo todavía más inquietante: aquella criatura podía ser redimida por quien tuviera el valor de enfrentarse con ella y lograra quitarle el freno podía devolverle su condición humana y liberar su alma de la condena.
Mi padre, que había nacido en 1914, solía relatar que cuando chico, a “la oración”, cuando la campana del Convento San Bernardo llamaba a “Vísperas y Completas” (horas canónicas medievales), las madres cerraban los postigos y echaban llave a la puerta “porque después de las once (de la noche) pasa la mulánima”. Ahora uno piensa, que si luego de escuchar tantos nombres de mujeres amancebadas con curas, aquello debió ser una tropilla.
Así, entre cadenas, fuego, miedo y superstición, la sociedad colonial construyó una de sus más persistentes leyendas alrededor de una pregunta que probablemente jamás dejó de hacerse: ¿qué ocurría detrás de las puertas de las casas, de las sacristías y de los dormitorios cuando la moral pública decía una cosa y la vida privada hacía otra?
La historia resulta extraordinaria porque, detrás del monstruo, aparece una palabra mucho menos fantástica y bastante más humana: la barragana.
La imagen es muy potente porque nos mete inmediatamente en el universo colonial: pecado, Iglesia, sexualidad, miedo y castigo.
La barragana no era simplemente “la puta” ni necesariamente “la amante”. Era una categoría de convivencia extramatrimonial heredada del mundo jurídico castellano. La cuestión es que la sociedad colonial salteña estaba llena de relaciones que la legislación y la moral pretendían ordenar, pero que la realidad hacía bastante más desordenadas.
Porque si los curas tenían barraganas -al menos en la imaginación popular y en numerosos expedientes coloniales-, los militares tampoco parecen haber sido particularmente castos.
Y aquí entra la historia de “la Juana Inguanzo”. No se podría hablar a priori de “la barragana de Güemes”, porque eso sería jurídicamente impreciso y además convertiría una acusación documentada de relación ilícita en una categoría que merece explicación.
La dicha Juana Inguanzo estaba casada con el teniente Sebastián Mella. En 1812, el alcalde de Santiago del Estero denunció ante el General Manuel Belgrano que mantenía una relación con el joven oficial Martín Miguel de Güemes y que ambos vivían bajo el mismo techo.
El pundonoroso Belgrano preocupado por “el orden, el respeto a la religión y el crédito de nuestra causa”, termina mandando al futuro héroe de Salta a Buenos Aires, tal como lo detalla su propio oficio.
Como se ve, la Independencia estaba comenzando, pero la moral seguía siendo colonial. Porque mientras se hablaba de libertad política, la vida privada seguía regulada por el honor, el matrimonio, la religión y una vigilancia social feroz.
Los próceres y las mujeres
Si uno empieza a levantar las alfombras de la historia oficial, descubre que los hombres que hicieron la Independencia fueron, además de militares, políticos y revolucionarios, hombres de carne y hueso. Tuvieron esposas, amantes, hijos, pasiones, celos y alguna que otra indiscreción que los historiadores posteriores prefirieron guardar en el cajón de los papeles incómodos.
Eso nos permite no afirmar nada que no podamos documentar, pero dejar abierta la puerta al lector.
Tal vez la verdadera historia de las barraganas no sea la historia de mujeres “malas”. Sea la historia de una sociedad que predicaba una moral para las paredes de la iglesia y practicaba otra detrás de las puertas de las casas.
Una costumbre que todavía Salta conserva…
