No somos dueños de la Tierra

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Cuando leemos en el Génes (Cap. I), que el Padre le regala al hombre el mundo diciendo “Dominad todo…”, aquella fue una donación con cargo donde la obligación era cuidarla. Porque la Tierra para los humanos lo es todo: hábitat, hogar, alimento, agua, aire y finalmente, abrazo eterno.

En los Valles, la celebración de la Pachamama tiene la misma entidad, y quizás más aún, que la festividad del Milagro, porque al fin de cuentas, los vallistos, los de la Puna, los del monte chaqueño, allá en el Bermejo, o donde sea, viven cada ceremonia como un reencuentro vivencial y directo con la representación misma de Dios. La Pachamama nos permite tocar a Dios a través de su creación en un estado puro y no con una imagen y unos ministros como intermediarios.

De hecho, al santuario, los salteños peregrinan una vez al año; pero el contacto, esa relación con la “Pacha” -como amorosamente la llaman- es diario. Lo vemos en cada comida que generosamente nos ofrecen, antes de tomar, las primeras gotas son para la “Pacha”. En las mañanas, cuando salen a trabajarla, la tocan, la honran, le piden permiso para abrirla y sembrarla.

En el camino a Cafayate, al ingresar a la Quebrada, le piden permiso para penetrar sus valles y agradecen la belleza de sus paisajes. De hecho, la contemplación de esas montañas fileteadas de colores y formas que cambian con la luz, con la lluvia, en la noche, es la forma que Dios tiene de conversar con el hombre.

Un chamán aborigen del norte me decía: “Nosotros veneramos a la tierra y la cuidamos, porque ella hace crecer el monte y en el monte tenemos todo: elementos para las casas, alimento, agua, refugio y medicina”. Nuestra voracidad por sacarle dinero a esa tierra en vez de frutos está dejando a esas comunidades sin nada.

La Pachamama, explican, es una ceremonia plena de femineidad, porque abren la tierra como la madre al parir y la cierran con los frutos dentro, lo mismo que la madre cobija en el abrazo a sus hijos. Comprender esa espiritualidad tan rústica pero tan vívida, nos enseña algo más que el pensamiento panteísta, porque nos es que “Todo está lleno de dioses”, como dirían los antiguos, sino que Dios es todas las cosas.

Unos utilizan la tierra para trabajos con el Maligno, enterrando batracios, muñecos y otras porquerías propias de sus espíritus oscuros, sin advertir que la Madre Tierra los absorbe, los disuelve y con ello al hechizo. Porque el mal no procede ante el Bien.

Quizás por eso la Pachamama sigue teniendo tanta fuerza en estos tiempos. Nos recuerda una verdad sencilla que la modernidad parece haber olvidado: no somos dueños de la Tierra. Apenas somos huéspedes temporales de ella.

Llegamos con las manos vacías y nos iremos del mismo modo. Entre un momento y otro, nos corresponde cultivarla, cuidarla y agradecerla. El hombre podrá levantar ciudades, abrir caminos, construir imperios y hasta creer que domina la naturaleza, pero al final siempre vuelve a la misma tierra que lo alimentó, le dio refugio y sostuvo sus pasos.

Por eso cada 1° de agosto no es la Tierra la que necesita nuestras ofrendas. Somos nosotros quienes necesitamos recordar que dependemos de ella.

Y acaso allí resida la sabiduría más profunda de la Pachamama: en enseñarnos que la creación no nos fue entregada para poseerla, sino para honrarla. Porque la Tierra no pertenece a los hombres. Son los hombres quienes pertenecen a la Tierra.

© – Ernesto Bisceglia