POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay una frase atribuida a John Maynard Keynes que parece escrita para la Argentina del siglo XXI: «La dificultad no reside tanto en desarrollar nuevas ideas como en escapar de las viejas.»
No sé si el economista británico pensaba en nosotros cuando la pronunció. Tiendo a sospechar que no. Pero, si alguna vez hubiera recorrido los pasillos de nuestra política, seguramente la habría repetido con una sonrisa resignada: En la Argentina no abundan las ideas nuevas. Sobran las viejas.
Por eso es que nos sobran tantos viejos políticos. Y no son viejos etariamente, sino que han “envejecido” en los cargos. La ausencia de dinamismo en la política conduce necesariamente al aburguesamiento y de allí se desprende la decadencia.
Revisemos los últimos treinta años de discursos políticos. Venimos escuchando lo mismo de las mismas figuras. Entonces las que fueron ideas terminan transformándose en eslóganes. Los escuchamos en campaña, en los recintos legislativos, en los estudios de televisión y, lo que es peor, en las universidades. Cambian los nombres propios, cambian los colores de las boletas, cambian las consignas de ocasión, pero debajo del maquillaje sigue latiendo una curiosa incapacidad para revisar las propias certezas.
La política argentina se ha convertido, demasiadas veces, en una competencia para ver quién repite con mayor fidelidad el catecismo de su tribu.

Pensar dejó de ser una virtud para convertirse en una sospecha
De hecho, quien revisa una idea es acusado de traidor. Quien matiza un argumento es señalado como tibio. Quien admite un error parece cometer un pecado capital.
Tenemos un grave problema de falta de inteligencia en la política. La eliminación del “trasvasamiento generacional” -Perón dixit-; se compadece con aquella advertencia de Leandro N. Alem: «La causa no pertenece a un hombre; pertenece al pueblo.» Al anquilosarse el sistema habiendo impedido el ingreso de jóvenes camadas, la inteligencia en la política se ha deteriorado y así vemos funcionarios, parlamentos, concejos, integrados por elementos próximos al estado de los homínidos.
Los grandes pensadores no fueron quienes conservaron intactas sus convicciones durante cuarenta años. Fueron quienes tuvieron el coraje de corregirse cuando la realidad les demostró que estaban equivocados. Juan Domingo Perón es el mejor ejemplo: fue revolucionario en 1945, el exceso de poder lo convirtió en totalitario en 1955. y el Perón del retorno en 1972, fue el magistral estadista.
No hay deshonra en cambiar de opinión. Hay evolución.
La deshonra consiste en seguir sosteniendo un error por miedo a perder aplausos.
Vivimos tiempos paradójicos. Nunca hubo tanto acceso a la información y, sin embargo, pocas veces la discusión pública estuvo tan dominada por eslóganes. Las redes sociales premian la certeza instantánea y castigan la duda. Los algoritmos no distinguen entre una buena idea y una frase efectista; sólo miden cuánto circula.
Y así vamos construyendo una sociedad donde cada uno habla con los que ya piensan igual. No hay debate, hay eco.
Quizás por eso la política también perdió profundidad. Gobernar exige comprender una realidad que cambia todos los días. Pero para comprenderla primero hay que aceptar que ninguna doctrina, por brillante que haya sido, puede convertirse en un fósil.
Tal vez el mayor desafío de nuestra dirigencia no sea redactar un nuevo programa de gobierno, sino realizar un ejercicio mucho más difícil: abandonar aquellas certezas que hoy ya dejaron de explicar el mundo.
Porque la inteligencia no consiste en tener siempre razón, sino en continuar buscando la verdad, incluso cuando esa búsqueda nos obliga a abandonar las comodidades de nuestras propias convicciones.
Para que lo entiendan algunos: Se trata de ser Cerebro, o continuar siendo Pinky. –
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