¿Por qué no hay negros en la Selección de Fútbol Argentina?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Cada tanto, desde alguna redacción europea o desde un estudio de televisión norteamericano, alguien descubre con la solemnidad de quien acaba de revelar un secreto de Estado que la Selección Argentina de fútbol «no tiene negros» en su plante. La observación suele ir acompañada de un gesto de preocupación antropológica, como si Lionel Scaloni hubiera confeccionado la lista de convocados consultando un manual de pureza racial.

Propongo que la FIFA no vuelva a clasificar a una selección por puntos sino por la tabla de Pantone. Antes del sorteo habrá un comité cromático que verificará que cada plantel represente fielmente el catálogo universal de tonalidades cutáneas. Si el lateral izquierdo resulta demasiado caucásico, perderá tres puntos por falta de diversidad pigmentaria.

La acusación, naturalmente, pretende ser progresista, cuando en realidad, es profundamente ignorante.

Porque la pregunta no debería ser por qué la Selección Argentina no tiene más futbolistas negros. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué la Argentina tiene una población afrodescendiente mucho menor que otros países americanos?

Y allí empieza la historia. Una historia que, curiosamente, casi ninguno de los fiscales internacionales conoce.

Si uno quisiera construir una causa judicial con los criterios simplistas de nuestro tiempo, los primeros imputados deberían ser nada menos que José de San Martín y Manuel Belgrano. Fueron ellos quienes organizaron ejércitos donde miles de libertos y afroargentinos combatieron por la independencia. Muchos integraban los batallones que marchaban al frente y pagaron con su vida la libertad que hoy disfrutamos todos los argentinos.

Sería un titular extraordinario para las redes sociales: «San Martín y Belgrano hicieron desaparecer a los negros argentinos».

El problema es que sería una mentira.

Las guerras de la Independencia costaron miles de vidas afroargentinas. También las guerras civiles. Más tarde llegaría la Guerra del Paraguay. Después, la fiebre amarilla de 1871, que golpeó con especial dureza a los sectores populares de Buenos Aires, donde residía buena parte de esa comunidad. A ello se sumó un intenso proceso de mestizaje que hizo desaparecer categorías raciales rígidas mucho antes de que esa palabra se pusiera de moda en las universidades norteamericanas. Finalmente, la inmigración europea de fines del siglo XIX transformó profundamente la composición demográfica del país.

La historia, como suele ocurrir, resultó infinitamente más compleja que un eslogan.

Lo curioso es que quienes hoy se escandalizan por el color de piel de una selección de fútbol parecen incapaces de aceptar una verdad elemental: no todas las naciones recorrieron el mismo camino histórico.

Estados Unidos construyó buena parte de su identidad sobre la segregación racial. Brasil tuvo otra evolución. Cuba otra. Haití otra. La Argentina también tuvo la suya. Pretender que todas deban exhibir idéntica composición étnica en sus equipos nacionales equivale a sostener que la historia debe obedecer a una planilla de Recursos Humanos.

Llevemos el razonamiento hasta el absurdo. ¿Debería Japón incorporar futbolistas escandinavos para demostrar apertura cultural? ¿Tendría Senegal que explicar por qué no alinea delanteros pelirrojos? ¿Acaso Finlandia será acusada de discriminar a los quechuas porque ninguno juega de marcador central?

El disparate queda en evidencia apenas se cambia de escenario.

Lo más llamativo es que la propia pregunta encierra una paradoja. En la Argentina nadie se pregunta por el color de piel de un futbolista cuando juega bien. Nunca existieron cupos raciales para vestir la camiseta nacional. Jamás hubo un reglamento que exigiera determinado porcentaje de blancos, mestizos, indígenas o afrodescendientes. Juegan los mejores. Y si mañana aparecieran cinco extraordinarios futbolistas afroargentinos, serían titulares sin que a nadie se le ocurriera convertirlos en representantes de una categoría étnica.

Porque la Selección Argentina no es un censo. Es un equipo de fútbol.

Tal vez el verdadero problema no sea la ausencia de negros en una fotografía del plantel campeón del mundo. Tal vez el problema sea la obsesión contemporánea por convertir toda realidad en una cuestión de pigmentación como si dos siglos de historia pudieran resumirse observando una formación antes del himno nacional.

La Argentina tiene deudas, contradicciones e injusticias para discutir durante décadas. Pero exigirle que reproduzca la historia demográfica de otros países es una forma bastante sofisticada de ignorar la propia.

Y quizá haya llegado el momento de recordar una verdad incómoda: las naciones no se parecen entre sí porque tampoco vivieron la misma historia.

Quien no comprende eso termina creyendo que San Martín debería haber organizado el Ejército de los Andes siguiendo los criterios de diversidad que hoy se exigen en una plataforma de series. La historia, por fortuna, nunca fue un casting.

© – Ernesto Bisceglia