Una reflexión gorila: Y un día se murió Perón nomás

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

A los ojos del reduccionismo político local, mi firma suele asociarse al antiperonismo y como sinónimo de “Gorila”; y hemos de decir que por supuesto militamos en aquella corriente en décadas lejanas.

La diferencia entre un Gorila y los seres civilizados radica en que los segundos evolucionamos en la dirección señalada por Charles Darwin: Venimos del mono hacia el Homo Sapiens Sapiens.

Los que siguen pensando que este país se divide entre “Fachos” y “Zurdos” (Ahora “zurdos de mierda”), o entre peronistas y vaya a saber qué porque no hay más expresiones cívicas populares, han quedado detenidos en el tiempo en algún punto de la evolución.

Muchos no han alcanzado siquiera el estado de Homo Erectus, porque todavía se arrastran…, sobre todo por un cargo.

Es más, cuando se llega a conocer a los peronistas en persona, cuando se convive con ellos, notamos que hasta resultan seres simpaticos, inofensivos cuando ya han sido domesticados, hasta incluso buenas personas. En ese punto hasta es posible iniciar una verdadera convivencia democrática.

Hay que exhumar a Perón… pero el de los setenta

Dicho esto, digamos, que la historia no se debe leer con anteojeras ideológicas. A más de medio siglo de aquel 1° de julio de 1974, la distancia nos permite observar el fenómeno del peronismo sin el calor de la trinchera. Así, podemos afirmar que aquel peronismo original no fue una categoría moral de «bueno» o «malo»; fue, fundamentalmente, una necesidad histórica de un país que crujía por sus desigualdades.

De allí que yo haya afirmado en un libro mío sobre el peronismo, que «El peronismo en su esencialidad no fue bueno ni malo, sino necesario para ese momento histórico».

Los “fascistoides recalcitrantes” nos dirán hoy de corrupción, totalitarismo, persecusión, censura y amoralidades varias del peronismo y del propio Perón. Y obviamente que las hubo, como las hay ahora también en el presente, como denuncian a diario los medios nacionales.

Pero el verdadero núcleo de análisis hoy no es el origen, sino el final. El Perón que la Argentina urgente necesita rescatar es el del retorno; lo que llamo “El tercer momento de Perón”. El del hombre que regresó al país despojado de los absolutismos de la juventud y cargado con la sabiduría del pragmatismo y el tiempo.

Aquel Perón de los ‘70, había madurado y comprendido, antes que nadie, el abismo que acechaba a la Nación. Lo advirtió en su mirada estratégica hacia el año 2000, anticipando los desafíos globales de la ecología, los recursos naturales y la soberanía continental. Pero, sobre todo, comprendió la necesidad urgente de consolidar la paz y la unión para los argentinos que dejó plasmado en un gesto que hoy parece de ciencia ficción: el abrazo institucional y humano con Ricardo Balbín.

Perón no murió el 1 de julio de 1974. Murió el único hombre que todavía podía evitar la guerra civil larvada que venía incubándose en la Argentina.

Hoy, comprendemos que aquellas palabras de Balbín pronunciadas ante el féretro de Perón –«Este viejo adversario despide a un amigo»– sellaban la foto de una Argentina que intentó curarse a sí misma antes del horror. Ese Perón sabía que el futuro del país era con todos, o no sería. Esa síntesis del país que pretendieron Perón y Balbín, se encuentra magistralmente resumida en su despedida, que vale la pena recordar.

El desafío actual es de una precisión quirúrgica: tenemos que exhumar a ese último Perón. Su clarividencia continental, su mística de pacificación nacional y su lucidez para entender el tablero mundial.

Exhumar su legado estratégico, sí. Pero no a los peronistas. No a la corporación que, en su nombre, convirtió la doctrina en una franquicia de supervivencia y el modelo en una maquinaria estancada y sólo conveniente para lograr un cargo o un negocio.

Quizás la mayor tragedia argentina no haya sido la muerte de Perón. La verdadera tragedia fue que murió precisamente cuando había comprendido aquello que tantos todavía se niegan a comprender: que ningún argentino sobra y que ninguna mitad puede construir una Nación contra la otra.

A cincuenta años de su desaparición física, acaso la tarea pendiente no sea volver al primer Perón, sino alcanzar, por fin, la estatura política del último.

La paradoja contemporánea es que, para salvar el mensaje de aquel viejo general que buscó la unión, hay que rescatarlo, primero, de sus propios herederos. –

© – Ernesto Bisceglia

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