Milei le hubiera pagado al Barbarucho José María Valdez para que asesinara a Martín Miguel de Güemes

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar – Antes de que algún lector indignado corra a denunciar a esta columna por anacronismo histórico o algún fiscal pretenda tomar estas líneas como notitia criminis (¿existen los fiscales que actúan así?, dicho sea de paso), conviene aclarar que Javier Milei nació, más o menos, ciento cincuenta años después de la muerte de Martín Miguel de Güemes. Ergo, no pudo haber financiado ninguna conspiración en 1821 por la sencilla razón de que aún faltaban muchas generaciones para que llegara al mundo.

Sin embargo, las ideas tienen esa curiosa capacidad para viajar en el tiempo. Y es allí donde la cuestión se vuelve interesante.

Pongamos al lector en contexto:

La noche del 7 de junio de 1821, el capitán español José María Valdez, más conocido como el «Barbarucho», encabezó la partida realista que logró sorprender a Güemes en la ciudad de Salta. La operación culminó con la herida que diez días después provocaría la muerte del gobernador.

Durante mucho tiempo se presentó aquel episodio como un simple enfrentamiento entre patriotas y realistas. Pero la historia suele ser bastante más compleja.

Valdez no actuó solo. Logró llegar hasta Güemes gracias a una red de colaboradores -colaboracionistas- locales integrada por sectores que estaban profundamente enfrentados con el gobernador. No se trataba únicamente de diferencias políticas. Había intereses económicos concretos en juego.

La Guerra de la Independencia era muy costosa. Había que alimentar tropas, equiparlas, sostener caballadas, financiar campañas y asistir a las familias de quienes combatían. A Buenos Aires, por supuesto, todo esto no le interesaba. El Puerto ni siquiera sabía qué forma de gobierno elegir ni cómo mantener sus privilegios económicos. Por eso, Güemes impuso contribuciones extraordinarias sobre los sectores más acomodados de la provincia.

Los comerciantes protestaban porque debían aportar dinero. Los grandes propietarios rurales se quejaban porque debían aportar ganado, contribuciones y sus peones estaban incorporados a las milicias gauchas. Las viejas familias patricias observaban con desconfianza cómo miles de hombres humildes adquirían protagonismo militar y político.

En otras palabras, Güemes había alterado el orden económico tradicional.

Dos siglos después, algunos que intentamos analizar la historia sostenemos que allí se encuentran los primeros antecedentes de lo que mucho tiempo más tarde sería denominado justicia social. No porque Güemes utilizara ese concepto -que aún no existía- sino porque comprendió algo elemental: una comunidad no puede defenderse ni prosperar si los sacrificios recaen únicamente sobre los más pobres mientras los beneficios quedan reservados para los más ricos.

Lo que modernamente se llaman “políticas públicas” fueron aplicadas por Güemes: inclusión social, igualdad ante la ley (equidad), feminismo, y a ultranza, porque el líder gaucho le dio a la mujer un protagonismo inédito manejando la inteligencia militar, nada menos. Y el Fuero Gaucho, fue el primer antecedente de lo que a mediados del siglo XX sería la primera ley social: El Estatuto del Peón Rural.

Por eso resulta interesante imaginar aquel escenario con categorías contemporáneas.

¿Qué habría pensado un liberal libertario de un gobernante que cobraba contribuciones extraordinarias a los sectores de mayores recursos? Cuando el gobierno libertario premia a los sectores privilegiados bajando aranceles e impuestos.  

¿Qué opinión le merecería a un liberal libertario un Estado que intervenía activamente para sostener una causa colectiva? Cuando el presidente dice que los colectivistas “son unos hdp…”

¿Cómo habría reaccionado un liberal libertario frente a la obligación de colaborar con el sostenimiento de las familias de quienes combatían por la patria? Cuando eso que hasta la Iglesia Católica llama “justicia social”, para el presidente es un robo.

La respuesta parece bastante evidente. Y allí aparece la justificación del pensamiento de esta columna.

Quizás Javier Milei no le hubiera pagado personalmente al Barbarucho Valdez. Pero es probable que hubiera compartido buena parte de los argumentos económicos de aquellos comerciantes y terratenientes que consideraban a Güemes un problema para sus negocios y hubiera contribuido gustoso a formar “la vaca” para asesinarlo.

Porque entonces, en aquel 1800, para cierta clase era mejor estar sometidos a una potencia extranjera pero conservar los privilegios… Igual que ahora ¿Qué casualidad, verdad?

Porque la verdadera grieta de 1821 no separaba solamente a patriotas de realistas. También enfrentaba dos concepciones de sociedad: una que entendía que los sectores privilegiados debían contribuir al esfuerzo colectivo y otra que consideraba intocables sus intereses particulares aun en medio de una guerra por la independencia.

La historia tiene estas ironías.

Doscientos años después, todos reivindican a Güemes. Gobiernos, oposiciones, empresarios, dirigentes y hasta quienes jamás han leído una línea sobre su pensamiento. Algunos hasta desfilan disfrazados de gauchos luego de haber saqueado a la provincia…

Entonces, la pregunta incómoda es otra: Si hubieran vivido en la Salta de 1821, ¿habrían cabalgado junto a los Infernales o habrían colaborado con la colecta para pagarle los viáticos al Barbarucho Valdez?

© – Ernesto Bisceglia

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