POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El mes de junio en Salta es una metáfora reminiscente de la historia. Es cuando el viento de junio trae memorias de tierra y tradición; cuando mientras caen las últimas hojas del otoño reverdecen aquellas flores que ornamentan el altar cívico donde veneramos a los Próceres: a Manuel Belgrano y sobre todo, a Martín Miguel de Güemes.
A cierta edad, uno contempla los hechos desde otra perspectiva, la que otorga el contar decenas de desfiles, de Guardias bajo las Estrellas rubricadas con la Retreta del Desierto. De coronas de flores y funcionarios. De Gauchos desfilando, unos vestidos para la ocasión y muchos…, muchos que peregrinan desde el interior de la provincia para rendirle homenaje a “Nuestro General”, como expresan orgullosos.
Entonces, este año quise escapar de toda esa pompa, de los discursos repetidos y de las flores depositadas por obligación protocolar. Y encaminé mis pasos hacia la Quebrada de la Horqueta, cabalgando despacio y en soledad entre esos árboles que fueron testigos presenciales de las horas primeras de la Patria, allí en ese espacio atemporal donde murió Martín Miguel de Güemes, entre dolores y fiebres, agonizando lentamente durante diez días percibí aquella agonía que hoy sufre el país en estos días.
Allí, en medio de la neblina de junio, lejano del ruido de los actos oficiales, andaba, cuando de pronto escucho detrás mío unos cascos. Me vuelvo y lo veo venir en mi dirección ¡Güemes!
No porta el uniforme brillante con que Prieto pintó su retrato ni tampoco tiene el gesto del lustroso bronce que fundió Juan Garino. Es un hombre demacrado, con la expresión casi desencajada que me trae a la memoria aquella que pintó Alice en su majestuoso cuadro. Está herido, como aquella noche de junio de 1821.
– ¡Mi General! Apuro el diálogo…, y agrego: – Y… aquí ando en soledad, rindiéndole homenaje.
El hombre baja la mirada y torna el semblante en un gesto melancólico, rayano en la tristeza y aporta:
– ¿Homenaje? ¿Y para qué sirve el homenaje cuando se olvidan de las causas por las que uno murió?
La respuesta me cae como una piedra enorme sobre la conciencia.
– Mi General, ahora en Salta hay todo un pueblo rindiéndole homenaje.
– No se equivoque mi amigo, no rinden homenaje; sólo cumplen con una tradición, un rito social. Rendirían homenaje si se comportaran como yo lo hice, que rico y noble de nacimiento lo dí todo por la Patria. Ahora venden la Patria para convertirse en ricos y nobles. Bueno… ricos, porque la nobleza no se compra, se tiene o no.
No era el rostro tantas veces repetido en los manuales escolares sino uno transido por el dolor. De pronto se toma el costado como tratando de contener un dolor antiguo.
– Mi General… – me apuro a intentar sostenerlo y hace un gesto de “deje nomás”.
-No se preocupe -me responde-. No es la bala.
—¿Entonces?
—Son ustedes. Me duelen ustedes, los argentinos, los salteños en particular. Noto que se ha perdido el valor cívico que tenían mis gauchos. Esa gente que estaba marginada, que jamás habían escuchado la palabra Patria, Libertad, menos Independencia. Cuya única posesión era su caballo y lo ponían para luchar contra el enemigo foráneo.
– ¡Esa gente continúa allí presente, mi General! Le digo con énfasis. -¡Están vigentes y vigilantes y continúan desplazados! Son miles y miles de salteños regados por los pueblos donde la mayoría ni traje de gaucho tiene. Menos caballo. Pero desde sus trabajos, algunos humildes, ¡se emocionan cuando el nombre de Güemes se pronuncia! ¡Porque Usted sigue siendo su General, su ejemplo!
Levanta la mirada con los ojos penetrantes…
Y continúo:
– ¡Yo los veo, con la piel mimetizada con su tierra, con el orgullo de saberse choznos de los que combatieron con Usted! ¿Sabe? Son los hombres y mujeres más íntegros, siempre dispuestos a la gauchada, al auxilio del que necesita. Son aquellos con los que basta un apretón de manos para sellar un compromiso o una amistad. Los he visto emocionarse, allá, en la Puna o en los pueblitos de los Valles cuando el maestro iza nuestra Bandera. ¡Ellos son la Patria, mi General!
Güemes guarda silencio. El viento mueve apenas su poncho oscuro. Luego habla despacio, como quien mide cada palabra.
—¿Y los respetan?
La pregunta me desarma.
—Los aplauden en junio y en las fiestas patronales, mi General -respondo-. Pero el resto del año muchos los miran desde arriba. Les piden que desfilen, que canten, que sostengan la tradición… pero no siempre los escuchan cuando reclaman caminos, escuelas, médicos o trabajo.
El General asiente lentamente.
—Entonces todavía no entendieron nada. Mis gauchos no fueron un adorno de la Patria. Fueron la Patria peleando. Eran hombres pobres, sí; muchos ni sabían leer. Pero tenían una dignidad que hoy escasea en los palacios y en las tribunas. No lucharon para que los recordaran en una estampa. Lucharon para que esta tierra fuera libre y para que el hombre humilde dejara de ser tratado como sobra.
Hace una pausa. Mira hacia el valle cubierto por la neblina.
—Cuando yo llamé a la guerra, ellos dejaron la cosecha, el rancho, la familia. No cobraban viáticos ni esperaban cargos. Ponían el cuerpo porque sentían que la tierra también era suya. Hoy, ustedes son ciudadanos porque pagan impuestos, pero ellos se ganaron la ciudadanía pagando con su sangre. Dígame una cosa, amigo: ¿quién sostiene hoy a Salta cuando todo se complica?
—La gente común, mi General; todos esos miles que llamamos “El gauchaje”.
—Exactamente -responde con firmeza-. El peón que madruga, la maestra rural que cruza el barro, el enfermero del interior, el changarín, el pequeño productor, la madre que estira el pan para que alcance. Ésos son mis gauchos de hoy. No siempre llevan chiripá ni montan a caballo, pero cargan sobre los hombros el peso de la provincia.
Siento que la neblina se vuelve más espesa y, sin embargo, la figura del General parece más nítida.
—Por eso no permita que los conviertan sólo en folclore -agrega-. El gaucho no es únicamente una vestimenta ni un desfile. El gaucho es una manera de estar en el mundo mostrando lealtad, coraje, palabra cumplida, hospitalidad, amor por la tierra y desconfianza hacia el poderoso que promete mucho y da poco.
—Entonces, mi General, ¿todavía hay esperanza?
Güemes sonríe apenas. Por primera vez en el diálogo, la tristeza parece aflojar un poco.
—Mientras exista un salteño capaz de hacer una gauchada sin pedir nada a cambio, mientras un niño se emocione al ver a nuestra Bandera izarse en una escuela perdida del cerro, mientras haya hombres y mujeres que trabajen calladamente por los demás, la Patria seguirá respirando. No en los discursos sino en ellos.
—Mi General… una última pregunta. Le apuro.
—Diga nomás.
—¿Qué fue lo que más le dolió aquella noche del 7 de Junio?
Güemes guarda silencio. La neblina vuelve a envolverlo. Después baja la mirada hacia la vieja herida.
—La bala no, amigo.
—¿No?
—No. El dolor de la carne pasa. Lo que tarda en cicatrizar es otra cosa.
—¿Qué cosa, mi General?
Levanta los ojos y por un instante parecen contener toda la tristeza de la Patria.
—Descubrir que la bala venía de los míos.
Un lacerante silencio se cuela en el momento…
—Del enemigo uno espera el ataque -prosigue-; para eso uno está preparado. Pero cuando la ambición, la cobardía o la mezquindad se meten entre los propios, la herida es más profunda que cualquier plomo.
La niebla comienza a tragarse su figura.
—Y le diré algo más, amigo… Agrega ya hundiéndose nuevamente en la historia.
—¿Sí, mi General?
—Las patrias no suelen perderse por la fuerza de sus enemigos. Casi siempre empiezan a perderse por las debilidades de sus hijos.
Quise responderle algo más, pero el viento volvió a soplar desde el oeste. La neblina se cerró sobre el camino y la figura del General comenzó a desvanecerse.
Antes de desaparecer por completo, todavía alcancé a escucharlo:
—No me honren a mí. Honren a mis gauchos.
Y entonces comprendí que doscientos años después, ellos “El Gauchaje” seguían allí. –
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