POR: Lic. RODOLFO CEBALLOS – www.ernestobisceglia.com.ar
“Las metáforas de guerra invaden nuestro lenguaje empresarial cotidiano: usamos cazatalentos para formar una fuerza de ventas que nos permita capturar un mercado cautivo y hacer una matanza. Pero en realidad es la competencia, no los negocios, la que se parece a la guerra: supuestamente necesaria, aparentemente valiente, pero en última instancia destructiva”, dijo Peter Thiel, el magnate tecno y uno de los actores principales de Silicon Valley (epicentro en EEUU del avance de la supertecnología). Es propietario de grandes bases de datos y sistemas de videovigilancia que dan logística al Pentágono y agencias similares en los EEUU.
Su presencia pesa, se lo conoce políticamente por ser dueño de la empresa Palantir, dedicada a perfeccionar tecnológicamente cualquier guerra en el mundo y a sostener la filosofía política y doctrinaria de conflicto bélico.
Thiel es uno de los protagonistas del mundo contemporáneo al que le cayó el sayo a raíz de la última encíclica del Papa León XIV, “Magnífica Humanidad”. Tanto el Papa como Thuiel son las antípodas en la concepción de la paz.
El magnate norteamericano sostuvo -ante un conocido- su teoría de la guerra permanente. Confesó que “A medida que construías máquinas más poderosas, también construías armas más poderosas”. Lo que quiso decir es que la guerra es inexorable porque también lo es el avance tecnológico que motiva a que las grandes potencias fabriquen cada vez más armamento y de letalidad perfecta.
En cambio, en su encíclica, León XIV afirmó claramente: “La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre”. Esta frase muestra su rechazo absoluto a la idea de que la guerra pueda ser normalizada o tecnológicamente optimizada.
La “Magnífica Humanidad” ingresó de lleno en la agenda de los debates no tan solo del uso pacífico y ético que se debe dar a cualquier tecnología de riesgo para nuevas esclavizaciones del hombre, sino a la cuestión escabrosa de cómo los magnates y las potencias bélicas del mundo producen la desregulación global de la inteligencia artificial y su uso en la geopolítica tecnológica.
Geopolíticamente hoy, la inteligencia artificial es un instrumento de poder estratégico global. No es solo una tecnología, sino un campo de disputa entre Estados y corporaciones que buscan controlar el futuro económico, militar y cultural de territorios y personas.
La encíclica de León XIV no es ingenua. Le disputa el poder, palmo a palmo, a las creencias que tienen los tecnomagnates como Thiel. Este predice una lectura apocalíptica del poder global y predica la llegada del Anticristo, entendido este como la figura del poder global tecnocrático: un gobierno mundial o sistema tecnológico que promete salvar a la humanidad de catástrofes, pero que en realidad encarna el control absoluto, la vigilancia y la pérdida de libertad.
Ante semejante probabilidad, el Papa propone una ética comunitaria, el diálogo y la dignidad humana para contrarrestar la guerra de Thiel, considerada por él como lo inevitable porque, los actores plutocráticos están llamados a disputar el terreno estratégico y tecnológico de poder.
El Papa en “Magnífica Humanidad” retoma la doctrina pacifista del Vaticano y sostiene que “no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable”. Pero Thiel, desde su ideología tecno-militar, insiste en que la paz es precaria y que las guerras se ganan con herramientas que den ventajas en el campo de la estrategia. Esta batalla es una sola, está conducida por la inteligencia artificial. El Papa le opone a ella la civilización del amor, la justicia, la solidaridad, el desarme y, en caso de que se fracase la propuesta de paz, será inminente el riesgo de deshumanización.
Thiel define la inteligencia artificial como un “problema de cero a uno” y un “santo grial” de la investigación tecnológica, mientras que el Papa León XIV la describe como una herramienta poderosa pero no neutral, que refleja las decisiones y valores de quienes la diseñan y que nunca puede equipararse a la inteligencia humana.
Aclaremos, los intereses creados de la inteligencia artificial se concentran en pocas manos. Es por eso esa frase contundente de la encíclica: “Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística… impedirle el dominio sobre lo humano”.
EE. UU. concentra la mayoría de los dueños importantes de la IA, con al menos 6 de las 10 principales compañías bajo control estadounidense. En la línea de los propietarios siguen China, Europa y Asia, mientras que los otros países compiten como proveedores de hardware o inversores, pero no lideran el desarrollo de modelos.
A esa oligarquía, gobiernos de pocos tecnos-financistas, es que apunta el Papa. “Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos”, escribió en “Magnífica Humanidad”.
¿Alcanza con la teología del cristocentrismo, con la filosofía de la paz y con la cultura del amor para hacer una tierra más amable y habitable?
Hasta ahora, la respuesta es que en manos de los que dirigen en el mundo los más feroces combates contra personas y territorios, no se sienten corcenidos por la paz.
La cultura del amor trajo resultados más simbólicos y pastorales que políticos: inspiró movimientos sociales, documentos de doctrina social y discursos sobre paz, pero no logró transformar de manera estructural las dinámicas geopolíticas ni económicas. Pero esta conclusión no significa que Thiel tiene razón si vió fracasar la paz por el endiosamiento que hace de la guerra.
Tampoco es cierto –cuando argumenta desde su teología apocalíptica del poder- que la guerra no es un accidente, sino un destino estructural de la historia humana y de la competencia.
Thiel pienda así porque tiene un pensamiento híbrido. Mezcla realismo político, capitalismo tecnológico y símbolos apocalípticos del cristianismo para defender la guerra.
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