Gustavo Sáenz: “La gente pide que se mueran todos”

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

El gobernador salteño, Gustavo Sáenz, en su paso por el programa de Eduardo Feimann, trazó un diagnóstico demoledor sobre el clima social, la crisis económica y la interna libertaria. Su frase “La gente ya no cree en nadie”, no fue un exabrupto televisivo sino el retrato descarnado de una Argentina fatigada, donde la crisis económica empieza a convertirse en crisis emocional.

“Antes decían que se vayan todos; ahora dicen que se mueran todos”

Si bien la entrevista deja definiciones del salteño que pueden sorprender por su sincera literalidad, en el nudo, esa definición “ahora dicen que se mueran todos”, no resulta una metáfora ingeniosa para la tribuna, sino que Sáenz, estaba describiendo el grado de deterioro emocional al que ha llegado la Argentina, algo sobre lo cual venimos denunciando desde hace tiempo.

Y acaso allí reside lo más inquietante de sus palabras.

Llama la atención la definición porque es “omniabarcativa” -si se me permite el neologismo-, ya que incluye de suyo a su Gestión. Pero además, ese “todos”, representa en el metamensaje la definición de la crisis política que pide cambios. Y fui de los primeros que le dijo “Gustavo, cambiá todo” (Carta Abierta al gobernador Sáenz: ¿Gustavo, y los cambios, para cuándo?) El argumento de Sáenz, no es menor. Para nada.

Porque el gobernador de Salta no habló desde la comodidad del opositor rabioso ni desde el antikirchnerismo residual que aún sobrevive en ciertos estudios de televisión. Habló, en cambio, desde un lugar mucho más incómodo: el de un dirigente que todavía dialoga con el gobierno nacional, que reconoce avances macroeconómicos, que dice encontrar “esperanza” en las palabras de Luis Caputo, pero que al mismo tiempo advierte que la calle cuenta otra historia.

Hay en esa expresión una suerte de “definición de casino”: ¡No va más!

El Norte -y Salta en particular- desde los inicios de la historia ha sido un escenario complejo y complicado. De allí que llame la atención que no hallemos en los últimos tiempos que un gobernador trace públicamente y al país el estado actual de una historia hecha de jubilados sin remedios, salarios pulverizados, rutas destruidas, pequeñas empresas cerradas y provincias que sienten que la recuperación prometida nunca termina de llegar.

Desde allí puede decirse entonces que esta no ha sido una entrevista más sino una calibrada jugada en un ajedrez donde el “jaque mate” al gobierno nacional se anuncia desde todos lados, por eso, la entrevista deja al descubierto algo más profundo que una discusión presupuestaria entre Nación y provincias. Expone la fractura creciente entre la macroeconomía celebrada en los PowerPoint oficiales y la microeconomía sufrida en los supermercados, en las farmacias y en las mesas familiares.

Sáenz describe con crudeza esa distancia cuando dice: “Cuando no hay consumo es porque no hay plata en los bolsillos”.

Y allí desnuda el verdadero problema político del Gobierno libertario: la paciencia social comienza a agotarse antes de que lleguen los beneficios prometidos del ajuste.

En ese punto entra a jugar la diplomacia cuando Sáenz no ingresa al “tatami” (espacio de lucha en las artes marciales) a celebrar un “kumite” (combate), evita la confrontación directa con Javier Milei, esforzándose por aclarar que desea que el plan económico funcione. Pero cuanto más intenta moderar el tono, más duro resulta el cuadro que describe.

El gobernador deja caer palabras fuertes: “desesperanza”, “tristeza” y sentencia: “Es una sociedad que ya no cree en nadie”.

Y en ese punto aparece una de las comparaciones más delicadas de toda la entrevista: el paralelo con el 2001. Hasta ahora, nadie de esa jerarquía había establecido tal paralelo. Es un paso delicado por la connotación que podría alguien deducir con el final que tuvo aquel gobierno. Pero es sumamente real.

No lo hace desde la lógica del estallido institucional inmediato. De hecho, aclara que “es distinto”. Pero identifica un fenómeno emocional parecido: el agotamiento social frente a una dirigencia percibida como incapaz de resolver los problemas concretos.

La diferencia -y allí radica la gravedad de su reflexión- es que el viejo “que se vayan todos” conservaba todavía una lógica política. Era expulsar a una dirigencia para reemplazarla por otra.

El “que se mueran todos”, en cambio, ya no expresa voluntad de cambio sino un “borrón y cuenta nueva”. Formar una nueva dirigencia a partir de una renovación estructural de funcionarios.  

Podríamos deducir que Sáenz ha verbalizado el lenguaje de una sociedad que dejó de esperar.

También resulta significativo otro aspecto de la entrevista: la descripción casi feudal de las internas dentro del propio gobierno nacional. Sáenz habla de funcionarios que responden a distintos sectores del mileísmo y paralizan expedientes mientras disputan poder interno. “Uno responde a uno y otro responde al otro”, resume.

La frase parece menor, pero revela una contradicción central del discurso libertario. El gobierno que prometía eficiencia empresarial y velocidad de gestión aparece atrapado en las mismas lógicas burocráticas, personalistas y facciosas que decía combatir. Lo que en la jerga política se conoce como “internitas de burócratas”.

Mientras tanto, las provincias esperan obras y las rutas se destruyen. Las economías regionales se frenan y el interior profundo -ese país que no vive de aplicaciones, deliverys ni Uber- queda cada vez más lejos de las discusiones porteñas.

Sáenz acierta especialmente cuando señala que “la agenda política no llega ni a mitad de mes”. Allí hay otra definición más demoledora. Porque mientras las redes sociales discuten internas palaciegas, memes, operaciones digitales o guerras culturales que nadie entiende cuáles son, millones de argentinos apenas intentan sobrevivir hasta cobrar nuevamente.

Quizás por eso sus palabras incomodan. Porque el salteño le dibujó de frente la realidad que parece que no leen en los diarios que hojea la Casa Rosada.

El dato más significativo resulta de que son palabras que no vienen de un “kuka” ni del “95% de periodistas delincuentes”, sino de alguien que todavía conversa con el poder. No son el grito de opositor desesperado, de allí su sentido último de advertencia.

La política argentina suele ignorar las señales hasta que el ruido se convierte en estampida, por eso era necesario esta descripción traducida en texto, porque el algoritmo se lleva las imágenes en segundos y la atención se disipa con el siguiente posteo.

De allí que tal vez lo más perturbador de todo no sea la frase de Sáenz que titula esta nota…, sino la posibilidad de que tenga razón.

© – Ernesto Bisceglia

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