POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La finca del abuelo fue el lugar donde se fraguó mi interés por la cultura en general. El hombre, era además el boticario del pueblo (Perico del Carmen) y corresponsal de “La Prensa” y “La Vanguardia»; amplitud de criterio si los hubo.
En mis recorridas de niño por las casas de la peonada fui bebiendo todo ese acervo gaucho que no tenía barniz, era folclore en estado puro. En los fogones de la tarde-noche, al rescoldo de los troncos que alimentaban a las estufas de tabaco, escuché las primeras zambas, y de cuando en cuando, algún baile criollo tentado por los peones y sus chinas, mientras, más allá, aguardaba paciente sobre las brasas la enorme olla donde se cocinaba el frangollo.
De modo que nuestro folclore es una simbiosis de estampas nativas que fueron surgiendo en aquella época dorada desde los fogones criollos hasta alcanzar los escenarios del Colón o de Europa. Este último ya fue un folclore estilizado, pero que sin embargo, supo traducir el latido de la identidad en una rigurosa gramática de validez universal.
Así, nuestras danzas representan esos paisajes donde el pañuelo busca y esquiva en la zamba. Ese es el diamante en bruto, el hecho sociológico y el paisaje hecho carne.
La irrupción de la academia consagró a reconocidos coreógrafos (Santiago Ayala «El Chúcaro» y Norma Viola, entre tantos otros). Ellos dotaron a las danzas de las técnicas clásicas y contemporáneas -la línea, la extensión, la geometría del espacio, pero sin traicionar la esencia. Por el contrario, le dieron alas para hablarle al mundo. El malambo dejó de ser sólo una destreza de fogón para convertirse en una coreografía que pudo dialogar de igual a igual con el Lago de los Cisnes o la Consagración de la Primavera.
De allí que universalizar no sea extranjerizar. Cuando nuestra danza criolla conquistó los teatros del mundo demostró que aquello que nació -por ejemplo- en aquellos fogones de la peonada en las fincas o en los patios, pudo alcanzar la misma estatura estética que cualquier manifestación de la vieja Europa.
El ballet folclórico es la prueba de que se puede ser profundamente local para ser eternamente universal.