POR: ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR
Allá, hasta los años ‘70, aproximadamente, el 3 de Mayo, era una de las fiestas populares más significativas, casi un feriado provincial: se celebraba la Exaltación de la Cruz, o comunmente llamada entonces también “la fiesta del Cerro”.
Recordemos que por entonces el obispo, obispo Monseñor Matías Linares y Sanzetenea, impulsó la colocación de la cruz en la cima del Cerro San Bernardo, inaugurada el 15 de diciembre de 1901, como parte de las celebraciones por el cambio de siglo (del XIX al XX), una iniciativa que el Papa León XIII había sugerido para que el mundo cristiano honrara al Redentor.
La inscripción en la cruz, rezaba «Christus vivit, regnat, imperat, 1901» (Cristo vive, reina e impera), marcando la fecha de su bendición. Así dio comienzo una celebración que convocaba a cientos de personas que subían a la cima para cumplir promesas o como parte de una tradición, nomás.
Aquello era casi un día de campo. Desde la noche anterior comenzaban a pasar por nuestra vereda familias enteras que venían caminando desde los barrios del sur. El hombre, adelante, lleva la parrilla, detrás la mujer y los chicos, todos portando algo, el carbón, la carne, etc. Algunos venían empujando esos carros con dos ruedas de bicicletas con todos los elementos. Más allá, otros traían sillas plegables, en fin.
Los campamentos -por darle algún nombre-, se establecían en los alrededores de la parte trasera del Monumento al General Güemes y en los primeros faldeos del Cerro. Desde la terraza de mi casa, a eso de la media mañana, ya se podían observar las columnas de humo blanco que se elevaban entre los árboles a la vera del Camino de la Estaciones, denunciando el acampe y la preparación del asado.
Desde la distancia se observaba serpenteante por el camino a la inacabada línea de salteños que ascendían a la cumbre, donde al alrededor de la Cruz se observaba una abigarrada cantidad de personas mirando hacia la ciudad. En la cima, había un telescopio de bronce para observar detalles de abajo. Uno de los objetivos favoritos era mirar los patios del Convento San Bernardo, que como sitio de clausura era también producto de mitos. Tan potente era el artefacto que se veían con nitidez las sartenes colgadas en la cocina.
Obviamente, la devoción estaba regada con abundante beberaje de vino “Los Parrales”, tal lo denunciaban las botellas tiradas. En la base, una multitud de puestos de venta de todo se desparramaba: empanadillas de cayote, maicenes, colaciones, turrones, garrapiñadas, roscas de todo tipo y por supuesto, elementos devocionales como rosarios, cruces y alguna virgen.
Para las cinco de la tarde ya se notaban las consecuencias de la ingesta alcohólica, con la bajada en modo derrape de los cristianos que perdían el equilibrio y por efecto de la gravedad eran devueltos al pie del cerro. Recuerdo a uno de ellos que venía como en un tobogan desparramando polvo a sus lados, golpeando para aquí y para allá, con la botella de vino en alto para salvarla de un colapso. Revolcado, los pantalones rotos, con una alpargata faltante, pero el hombre había salvado a la botella.
Pasaron los años y la Fiesta del Cerro o de la Cruz, fue perdiendo intensidad, público y devoción, hasta prácticamente desaparecer del calendario salteño de festividades populares.
Hoy, todavía algunos pocos salteños recuerdan la fecha y ascienden al cerro. Todo aquel paisaje tan comarcano y telúrico ha sido consumido por el modernismo.
Hoy, sólo es un recuerdo de pocos. Cada vez más pocos. –
© – Ernesto Bisceglia
