POR: Lic. RODOLFO CEBALLOS – www.ernestobisceglia.com.ar
Muchos olvidan que Donald Trump tiene formación militar (cinco años en la Academia) y cuatro de estudio en ciencias económicas (se graduó de licenciado en economía, con especialización en bienes raíces).
En la Academia Militar alcanzó el grado de capitán de cadetes. Hoy Trump es el presidente más expuesto a quedar aislado por su política exterior. Quiere militarizar las relaciones de EEUU con el mundo y, a la vez, hacer del territorio conquistado un espacio económico extractivo y proveedor de insumos críticos para mover el clima de negocios estadounidense.
Trump fue un muchacho precoz, se recibió de economista a los 21 años. A esa edad se sintió preparado para ingresar a la empresa familiar dedicada a los negocios inmobiliarios. Le tocó debutar como administrador de complejos de departamentos para la clase media, encargándose de tareas ligeras: el cobro de alquileres y reparaciones.
Muchas décadas después, su pensamiento se formateó políticamente y llegó por lecturas sueltas, espontaneístas y por sus relaciones con la elite del gran capital, a saber que había pensadores interesantes para conocer, por ejemplo, leyó El Príncipe, de Maquiavelo.
«Todos ven lo que pareces, pero pocos sienten lo que eres», escribió Maquiavelo.
Imaginemos que Trump interpretó lo que el texto dice, que un gobernante no necesita tener todas las virtudes, pero es indispensable que aparente tenerlas. Trump a pesar de su escasos atributos políticos, tiene su propia marca de líder para aparentar.
Entre los lemas que sostiene como “América para los americanos” y “Hagamos grande a los EEUU” lo ponen en el lugar de un simulado liderazgo mesiánico. Trump no se construye con el consenso, se modela en la astucia y la comprensión lectora de la realidad política de Europa, de la interpretación a la hegemonía flotante de Rusia, China y aliados, y a los cambiantes signos de la populista América latina. No escucha, a veces, al Pentágono ni a Wall Street. No pudo evitar caer en el laberinto de la guerra con Irán.
Al fin de cuentas, esa forma recia de conducir y pararse frente a los gobernados, es la que un Príncipe debe sostener, según Maquiavelo.
El líder debe ser ambicioso e insaciable. La ambición de Trump lo muestra belicista y expansionista con misiles y negociaciones, a la vez.
La insaciabilidad por tener una cosmovisión para su proyecto «liberador» lo dejó en un grado de parentesco con el pensamiento de los filósofos del actual “giro a la derecha”. Toda esa tribu de pensadores distintos y equivalentes a ese viraje toma a Trump como la musa inspiradora. Filosofan muy similar para terminar con la decadencia de Occidente, en una suerte de teología sistemática de cómo hacer el milagro de salvarlo al capitalismo del acecho del comunismo y del Estado de Bienestar. Es por eso que ven en Trump el salvavidas para esa tarea de resurrección civilizatoria. Que será posible si se acaba con el liberalismo, una de las causas de la crisis de Occidente.
La gran limitación de Trump es su propia historia intelectual: es un producto de la cultura empresarial y mediática estadounidense, más que de una tradición intelectual o filosófica.
Cuando le preguntaron a Laura Field, la teórica más fundada para hacer el examen intelectual-ideológico de la galaxia filosófica y política de Trump, definió que “el trumpismo constituye el rechazo del orden liberal universal, basado en la garantía y protección de derechos, y su sustitución por un populismo nativista; un fenómeno bastante similar a lo que ocurre en la derecha iliberal en todo el mundo”. Usó la categoría Iliberal en el sentido de que el movimiento es contrario a la democracia y puede, si es posible, asfixiarla en todo el mundo para que se muera del todo.
Y en ese punto del seudoliberalismo, Trump se pasó de rosca. No le hace ruido que uno de los teóricos más iliberales de su movimiento, Nick Land, fomente muy cerca de su oído la teoría de la “ilustración oscura”. Es una filosofía elaborada al calor de los millonarios de las empresas tech. Propicia el reemplazo de la democracia liberal cristiana de Occidente por un gobierno de oligarcas aliados a fetichistas de la tecnología, conducidos por un CEO que dirigirá a individuos que no serán considerados ciudadanos, sino “accionistas” de la Nación.
La utopía de los enterradores de la democracia es que las grandes corporaciones se unan para imponer una monarquía tecnológica y del management, en reemplazo de las gobernanzas hasta aquí conocidas.
No hay certezas de que a la galaxia Trump le resultará fácil hacer colapsar, con sus misiles y sus conquistas extractivistas, a la democracia liberal, menos cambiarla por un orden voluntarista, jerárquico y tecnocrático.
El trumpismo como idelogía fuerte, que rompe las reglas del multilateralismo, es la más actual utopía del siglo XXI. Un movimiento lanzado a favor de un sistema mundial unilateral que se autopercibe como el faro de una nueva era posliberal.
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