POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay fechas que no pasan. No envejecen, no se acomodan en los estantes prolijos de la historia y menos todavía se cubren con el polvo del olvido como los libros que la contienen. Son fechas que persisten. Vuelven. Duermen en la conciencia colectiva como una brasa que nunca termina de apagarse. El 2 de Abril es una de ellas.
No es sólo un aniversario: es una herida.
Una herida que no cierra y que no debe cerrarse. Porque hay dolores que, si cicatrizan del todo, corren el riesgo de volverse olvido. Y la Argentina -tan propensa a distraerse de sí misma- no puede darse ese lujo. No debe dárselo porque el país tiene una deuda histórica con sus Veteranos de Guerra y sus familiares.

Además, Malvinas no es una causa lejana, ni una consigna escolar repetida con solemnidad vacía. Es, ante todo, una geografía del alma. Un territorio que no se mide en millas náuticas sino en memoria, en sacrificio, en nombres propios que ya no responden cuando se los llama.
En vacíos familiares que todavía no comprenden qué pasó ni por qué pasó. Pero que se reconfortan en saber que el nombre de sus familiares ya está escrito en letras de bronce en la historia como protagonistas de las grandes Gestas. Ese orgullo, es consuelo.
Porque los que allá quedaron -y siguen quedando-, nuestros muertos jóvenes…, demasiado jóvenes, no sólo eran argentinos con un sueño de futuro. Eran pedacitos de proyectos argentinos. Si…, hay que repetirlo, demasiado jóvenes, con más futuro que pasado, con cartas sin terminar, con abrazos que nunca regresaron a destino.
Malvinas es sinónimo de madres que esperaron un regreso que jamás ocurrió; son brazos abiertos donde el dolor ocupó el espacio del amor. Son esposas y niños que tuvieron que seguir solos. Somos argentinos que perdimos todos a conciudadanos que honraron con su vida el llamado de la Patria.
Y sin embargo, cada 2 de abril vuelven.
Vuelven en la voz quebrada de un Veterano. En el silencio de esa madre que envejeció esperando.
En el gesto contenido de un padre que aprendió a no llorar en público. En la mirada de un país que, por un instante, parece recordar quién es.
Porque Malvinas también es eso: un espejo incómodo.
Nos enfrenta con lo mejor de nosotros: el coraje, la entrega, la dignidad de quienes combatieron en condiciones muchas veces inhumanas; pero también con lo peor, la improvisación, el abandono, la utilización política de una Causa que debía ser sagrada.
Pero incluso en medio de ese claroscuro, hay algo que permanece intacto: la legitimidad profunda de un reclamo que no nació en 1982 ni termina en la derrota militar circunstancial.
Malvinas es anterior a nosotros y, si somos dignos, será también posterior.
No se trata de nostalgia ni de revancha. Se trata de nobleza, de patriotismo y de justicia. De entender que la Soberanía (así, con mayúsculas) no es una palabra hueca, sino una construcción que exige coherencia, inteligencia y, sobre todo, respeto por aquellos que la defendieron con su vida.
Durante años, el país no supo qué hacer con Malvinas. La escondió. La politizó. La fragmentó.
La convirtió, demasiadas veces, en un campo de disputa menor obligando a los Veteranos y a sus familiares a librar la más indigna de las batallas; aquella contra la necesidad y el intento de olvido.
Y sin embargo, Malvinas resistió incluso a eso.
Resistió en los cuerpos y en las almas de los Veteranos. Resistió en los cementerios lejanos, donde el viento parece pronunciar los nombres que faltan, pasando la revista eterna de los héroes que montan la Guardia de Honor en Darwin. Resistió en las aulas, en las familias, en esa transmisión casi silenciosa que hace que cada generación vuelva a preguntarse por ese pedazo de Patria que duele.
Porque duele. ¡Y cómo!
Duele saber que aún hoy hay quienes no han sido del todo escuchados. Duele recordar que muchos volvieron para enfrentar esa otra batalla -y hay que repetirlo para que nunca más vuelva a ocurrir-: la del olvido, la del desamparo, la de una sociedad que tardó demasiado en mirarlos a los ojos.
Pero también emociona, y profundamente, comprobar que, a pesar de todo, la causa Malvinas sigue en pie.
No como una consigna vacía, sino como una convicción íntima. No como un grito, sino como una persistencia.
Tal vez ahí resida su verdadera fuerza. En no haber sido derrotada del todo. En seguir interpelándonos.
En obligarnos, cada 2 de Abril, a detenernos -aunque sea por un momento- y preguntarnos qué hacemos hoy con ese legado.
Porque Malvinas no nos pide discursos. Nos pide memoria. Nos pide respeto. Nos pide una forma más honesta de ser argentinos.

Y mientras haya alguien que recuerde, que nombre, que enseñe, que sienta…, la herida seguirá abierta.
Pero también -y esto es lo importante- seguirá viva.
¡Viva la Patria!
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