POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Corrían las postrimerías del año 1975. Juan Domingo Perón había fallecido el 1 de julio del año anterior y meses más tarde -noviembre- el cuerpo de Eva Duarte, fue finalmente repatriado a la Argentina. Recuerdo aquellas imágenes de la llegada del féretro de la ex esposa de Perón, custodiado por una veintena de hombres de gestos adustos y con unas armas que jamás supe qué eran. Cuando llegó el cuerpo de Eva, sabemos estaba bastante deteriorado y fue “arreglado”. El estilista, Miguel Romano, fue el encargado de peinar el cadáver de la “Jefa espiritual de la Nación”. Hechos los retoques correspondientes, alguien decidió que ambos cuerpos debían ser expuestos al pueblo para que les rindiera homenaje.
La necrofilia es un asunto que halla raíces profundas en nuestra historia. Desde el descarnado de Juan Lavalle en Huacalera, pasando por el periplo del cráneo de Arenales, hasta el descubrimiento del féretro de Facundo Quiroga, tapiado de pie, en un mausoleo de La Recoleta, hemos tenido de todo.
Pero el caso más emblemático fue el cadáver de Eva Perón. Embalsamado por el Dr. Fernando Ara, robado, profanado y secuestrado, fue a su retorno motivo de exacerbación del fetichismo peronista.
En aquellos años, yo contaba con la edad de 9 o 10 años, y veía en el pequeño televisor Philco, de color rojo y de 14 pulgadas, en blanco y negro, los preparativos del lugar donde serían exhibidos los cuerpos de los líderes peronistas.
En efecto, en la Quinta de Olivos, se había destinado un sitio -no recuerdo si cerca de la capilla-, donde se depositó el atáud cerrado de Perón y a su lado, el féretro abierto de Eva. Por ser los hermanos de mi madre jesuitas de alto rango en la Universidad de El Salvador, tenían acceso a personajes encumbrados del gobierno y de la sociedad porteña. En alguna oportunidad, de esas recepciones a las que me llevaban en casas muy lujosas -recuerdo-; escuché que un médico dijo que “Perón no quiso ser embalsado, porque cuando el Dr. Ara estaba trabajando, él ingresó al lugar sin avisar y vio el cuerpo de Eva, colgado de los pies y abierto. Fue tal impresión que tuvo que prohibió que a él lo embalsamaran” (SIC). Como cronista, cumplo en transcribir lo que escuché entonces, sin aceptación de veracidad, obviamente.
La cuestión es que terminadas las obras de esa cripta, se organizaron turnos para ir a visitar a los ilustres difuntos. Por la televisión se transmitía a diario una publicidad del Partido Justicialista, con la Marcha de fondo, que decía -no recuerdo el orden, pero era así-, supongamos, días lunes “La JP”. Día martes, “La Rama Femenina”. Día miércoles “Los sindicatos”. Creo que jueves y viernes era para el público en general.
El spot televisivo mostraba las largas colas que se formaban para ingresar, y cómo iban pasando. Un paneo por la cripta con los fallecidos abajo. Hasta que mi madre, antiperonista furiosa, como se sabe, concibió la idea de ir a “ver ese espectáculo”. Una llamada de teléfono a la universidad de El Salvador y teníamos las entradas en la mano.
Aquella tarde, serían como las tres, cuando llegamos a la Quinta. Había una larga cola de personas esperando para ingresar. Nosotros -como invitados especiales- no hicimos la cola obviamente. Porque “Sólo los negros hacen cola”, decía mi señora madre.
Los recuerdos en algunos aspectos son vagos, reconozco. Más que todo, porque a esa edad uno no enfoca la realidad a la que asiste. Cruzamos un parque y entramos en un edificio, por un pasillo que llevaba a un lugar donde había una suerte de balconada cuadrada que uno recorría sin poder detenerse. Se entraba por una puerta, se giraba alrededor de la reja y se salía por otra.
Abajo -recuerdo-, a la derecha, se encontraba el atáud negro, lustroso, cruzado por una franja argentina, con el sable y la gorra de Perón. A su lado, descubierto, estaba el cadáver de Eva: el cabello rubio, brilloso, la piel casi ocre y una expresión pacífica en el rostro. Vestida con algo parecido a un camisón blanco que la cubría desde el cuello hasta los tobillos. Las manos entrecruzadas y los pies descalzos. Un rosario prolijamente acomodado entre los dedos.
En el lugar, un silencio pesado era desgajado sólo por el ruido sordo de pies que raspaban los mosaicos negros y blancos. Algo que me quedó grabado es que, al salir, nadie hablaba. Parecía aquello una procesión de zombies que buscaba ganar el portón que los devolviera a la calle mientras jóvenes y hombres con un brazalete con el escudo del PJ, ordenaban el tránsito de la multitud.
Cuando se produjo el Golpe del 24 de Marzo de 1976, se cuenta que esposa del general Jorge Rafael Videla, se negó rotundamente a trasladarse a la Quinta de Olivos con los cuerpos allí.
Por eso esta crónica, porque entre el 28 de marzo y el 1 o 2 de abril de aquel año se decidió el desalojo de los cuerpos y su entrega a los familiares.
Y así como un día alguien decidió que había que exhibirlos, otro decidió que había que retirarlos.
Sin ceremonias. Sin cámaras. Sin pueblo.
Los muertos, que hasta entonces habían sido motivo de peregrinación, volvieron de pronto a la oscuridad. Como si la historia -caprichosa y cruel- hubiese resuelto cambiar de escenografía sin previo aviso.
Nunca más volví a ver algo igual. Pero tampoco lo olvidé.
Porque aquel día -sin saberlo- no fui a ver a Eva Perón. Hoy caigo en la cuenta de que me llevaron a ver otra cosa.
Fui a ver cómo la política argentina es capaz de hacer de la muerte un espectáculo, de los cadáveres una bandera, y del pueblo un espectador disciplinado que entra, mira, calla… y se va.
Medio siglo después, todavía me pregunto qué fue exactamente lo que vi esa tarde. Y sospecho que la respuesta es más incómoda de lo que parece: no vi un cadáver: Vi un país.
…
Como una tragicómica broma de la historia, Eva, “la abanderada de los humildes”, reposa en el Cementerio de la Recoleta, rodeada de mármoles, linajes y apellidos ilustres, como una irrupción permanente en el corazón de la aristocracia que la despreció.
El General Perón, en la Quinta 17 de Octubre, en San Vicente, más lejos, casi en clave de retiro, como si incluso después de muerto hubiese elegido correrse del centro de la escena… o como si la historia lo hubiese desplazado a otro exilio, esta vez eterno.
Ni siquiera muertos pudieron quedarse juntos. A ella la dejaron donde nunca la quisieron. A él lo llevaron donde ya no molesta. –
© – Ernesto Bisceglia
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Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
