POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Un día, luego del fallecimiento de mi padre, revisando viejos papeles y cosas de esas que guardaba la gente de antes, hallé unos cuantos discos de pasta. Se escuchaban en 78 rpm. Las décadas de olvido habían partido algunos, pero había uno que se conservaba intacto: “Leguizamo Solo”, interpretado por Carlos Gardel.
Y al recordar aquello, uno comprende que hay tangos que cuentan una historia, y otros que movilizan a la imaginación y de pronto nos llevan a la vivencia intensa de esos momentos, parecen una escena en movimiento. “Leguizamo solo” pertenece a esta segunda estirpe: no se escucha, se corre.
Compuesto por Modesto Papavero con letra de Agustín Irusta, fue llevado a la inmortalidad por Carlos Gardel. Este tango toma como figura central al mítico jockey, Irineo Leguizamo, una leyenda del turf rioplatense.
Sin embargo, no debemos equivocarnos porque no se trata de un tango para “burreros”, sino que es un tango sobre el tiempo. Pensemos, al escuchar la letra, imaginariamente -como día- nos metemos en el hipódromo, en esa época del país de la abundancia. Pero en el tango no está la postal elegante sino la tensión del momento, desde que “se levanta la cinta” y se echan a correr: Todo ocurre en segundos. Todo se decide ahí.
Y en medio de ese vértigo, surge la figura: ¡Leguizamo, solo! Solo contra el reloj, contra los otros, contra la suerte. Solo como está, en el fondo, cualquier hombre cuando se juega algo importante.
Así, el sentido del tango no es describir una victoria deportiva sino narrar una épica íntima. El jockey es apenas la excusa. Lo que está en juego es otra cosa: la audacia de ir al frente, la soledad de decidir,
la intuición de cuándo acelerar… y cuándo aguantar.
Porque la vida -parece decir el tango- también es una carrera donde nadie nos acompaña del todo.
La voz de Gardel, se instala respiración al relato, una cadencia que no es sólo musical, sino narrativa. No canta apurado, no dramatiza el momento, más bien, acompaña el ritmo de la pista.
Como síntesis, podríamos decir que “Leguizamo solo” es, en el fondo, una metáfora perfecta del destino criollo: un hombre, un instante, y la necesidad de jugársela. Sin red. Sin coro. Sin excusas. Solo.
Si acaso reflexionamos sobre nuestras vidas, entre apuestas, aciertos y derrotas, todos hemos corrido nuestra propia carrera. Sólo que no hay tribuna que grita vivas cuando toca largar solo… como Leguizamo. –
© – Ernesto Bisceglia
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