El Domingo de Ramos o la experiencia política del Cristo

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Cierta vez, en la universidad, propuse a los alumnos que dijeran qué imagen o concepto les sobrevenía cuando uno decía “Domingo de Ramos”. Las respuestas, lógicamente, eran elementales: Jesús ingresando en burro a Jerusalén, gente con “ramitos”, ovación y cosas así. Nada incorrecto. Pero sí, inquietantemente superficial.

Porque si algo caracteriza a las religiones cuando se las practica sin inteligencia -y a veces con devoción mecánica- es esa capacidad de convertir hechos densos en postales inofensivas. El Domingo de Ramos suele ser una de ellas: una escena amable, casi decorativa, que tranquiliza conciencias pero no interpela a nadie.

 Sin embargo, una lectura atenta de los Evangelios —y en particular del de Evangelio de Juan, el más deliberadamente teológico— revela otra cosa: en Jesús no hay gestos ingenuos. Cada acción es una toma de posición. Cada movimiento, un mensaje. Y no mensajes etéreos, sino señales precisas para quienes ejercen o ambicionan el poder: gobernantes, jueces, militares, dirigentes de toda índole.

El llamado “Domingo de Ramos” no es una escena más. Es la última gran manifestación pública de Jesús, el punto más alto y más tenso de su vida pública. Y no ocurre en la ignorancia del destino: ocurre en plena conciencia de él. Jesús sabe que va a morir. Sabe que esos días que siguen lo conducirán a la cruz.

Y por eso, justamente por eso, cada gesto se vuelve deliberado. Casi programático.

No entra a Jerusalén: irrumpe en ella y en la historia con un lenguaje.

No elige un caballo, símbolo clásico del poder militar, del dominio, del imperio, sino un asno, figura de mansedumbre, de servicio, de una realeza que no necesita imponerse para existir. No está improvisando humildad: está definiendo el tipo de poder que encarna.

La escena, además, no es espontánea. Dialoga con la antigua profecía de Zacarías (9, 9): el rey que vendrá lo hará “humilde, montado en un asno”. Es decir, no se trata de evitar el poder, sino de reformularlo.

La multitud, mientras tanto, hace lo que las multitudes suelen hacer: interpreta según su necesidad. El “Hosanna” tiene algo de plegaria… y mucho de expectativa política. Esperan un libertador, un líder capaz de enfrentar a Roma, una versión redentora y exitosa de lo que siglos antes había intentado un Espartaco.

Pero Jesús no responde a esa demanda.

Y ahí comienza el conflicto. Porque Jesús no responde a esa demanda.

Porque lo que está en juego en esa entrada no es una coronación, sino una mala interpretación masiva. La multitud cree estar asistiendo al inicio de un proceso político clásico: la consagración de un líder, la antesala de una toma de poder. En términos modernos, casi un acto de campaña con final anunciado.

Jesús, en cambio, está haciendo exactamente lo contrario.

No rechaza la condición de rey. Lo que rechaza es el formato en que ese reinado debe ejercerse. Y ahí aparece la frase que ha sido leída -y muchas veces mal leída- durante siglos. Porque Aquel mismo que entra montado en un burro -rehusando la liturgia del poder. será, pocos días después, interrogado por la autoridad romana. Y allí, ya sin símbolos sino con palabras, fijará con precisión quirúrgica el alcance de su gesto: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18, 36).

No es una declaración de retiro. Es una definición de alcance.

Está diciendo: el poder que ustedes conocen, territorial, institucional, coercitivo, no agota la realidad. Y, sobre todo, no me contiene. No es que renuncie a la política: la desborda.

Porque el poder, tal como lo entiende la historia, necesita imponerse, organizarse, defenderse. Necesita enemigos. Necesita estructuras. La autoridad, en cambio, opera de otro modo: no se decreta, se reconoce. Y  -lo más incómodo- se reconoce incluso cuando se la combate.

Si Jesús hubiera aceptado el guion que la multitud le ofrecía, el desenlace habría sido previsible. Una insurrección más bajo el dominio romano, un líder carismático, una derrota aplastante. El destino de Espartaco no habría sido una excepción sino un antecedente.

Pero al negarse a ese papel, introduce una anomalía. Se vuelve inclasificable: Ni Roma puede absorberlo como amenaza política convencional, ni el pueblo puede sostener la ilusión de un libertador a su medida. Y entonces ocurre lo inevitable: la decepción.

Porque no hay nada más irritante para una multitud que un líder que no cumple con el personaje que se le asignó.

El mismo pueblo que agita ramas y proclama “Hosanna” es el que, pocos días después, pedirá su crucifixión. No por un cambio repentino de opinión, sino por algo más profundo: por la frustración de una expectativa.

Jesús no fracasa políticamente. Fracasa -si acaso ese es el término- como objeto de consumo político.

Y ahí radica, quizás, la enseñanza más incómoda del Domingo de Ramos: el poder seduce porque promete soluciones; la autoridad, en cambio, exige transformación. Y eso es mucho menos atractivo.

Por eso, a lo largo de la historia, los hombres han preferido seguir a quienes les ofrecen victorias visibles antes que a quienes les plantean verdades difíciles. Es más fácil aclamar a un líder que confirma lo que uno quiere, que reconocer a uno que viene a decir lo que uno necesita.

El Domingo de Ramos no es, entonces, una escena piadosa. Es un experimento político en tiempo real. Una multitud, un líder y una expectativa que no coincide con la realidad.

Y un desenlace anunciado. Porque cuando el poder no encuentra en la autoridad su reflejo, no dialoga con ella: la elimina.

Digamos, finalmente, que el Domingo de Ramos nos deja una enseñanza muy actual: fue el último día en que la multitud creyó entender a Jesús. Cinco días después, ya no lo soportaba.

Entre una cosa y la otra, no cambió Él: cambió la paciencia del poder frente a lo que no puede controlar.

© – Ernesto Bisceglia

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