POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay tangos que nacieron de una pena, otros de un amor perdido y otros de cuernos conseguidos. “Cambalache”, en cambio, nace de una lucidez feroz: la de quien ya no cree en el orden del mundo ni en el del propio país.
En nuestra familia Gorila se decía que “Cambalache” había sido escrito para describir a la era peronista. Y uno podía pensar que era cierto porque la letra describe una supuesta igualdad social -” los inmorales nos han igualao”-, o el merengue social –”en el mismo lodo todos manoseaos”-, por no decir la tergiversación de los valores “ves llorar la Biblia junto a un calefón”-; matices que hacían pensar en un tiempo donde “da lo mismo un burro que un gran profesor”.
Pero “Cambalache” fue escrito en 1934, en plena Década Infame argentina: un período inaugurado por el Golpe de Estado de 1930 en Argentina, marcado por el fraude electoral, la corrupción estructural y una sensación de degradación moral que se filtraba en la vida cotidiana como humedad en pared vieja.
A ese clima local se sumaba la resaca global de la Gran Depresión, que había dejado al mundo con la certeza incómoda, casi obscena, de que el progreso también podía ser una estafa.
Aquel ambiente fue el que inspiró a Enrique Santos Discépolo, que lo escribe no como una queja sino desde una especie de furia filosófica. “Cambalache” no denuncia un hecho puntual: denuncia un sistema de equivalencias perversas.
“¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!”, No es un verso: es un veredicto.
Discépolo observa un mundo donde el estafador y el honesto cotizan en la misma bolsa, donde el mérito es anecdótico y la trampa, estructural. No hay nostalgia de un pasado puro -eso sería ingenuo- sino la constatación de que el siglo XX, ese que prometía redención, había decidido convertirse en feria.
En realidad, el tango fue compuesto para la película “El alma del bandoneón”, dirigida por Mario Soffici. Pero como suele ocurrir con las grandes obras, el encargo fue apenas la excusa: el contenido ya estaba fermentando en el ánimo de Discépolo.
Es decir: no escribió “Cambalache” por la película; la película tuvo la fortuna de recibirlo. Este tango, es en el fondo, una teoría moral del siglo XX formulada en lunfardo: La historia no mejora: se desordena. Los valores no desaparecen: se mezclan y el individuo ya no distingue: se resigna.
Hoy, a casi un siglo de haberlo escrito, cada estrofa de “Cambalache” continúa manteniendo una vigencia que lo hace contemporáneo.
Pero lo más lamentable para los argentinos es que este tango siga describiendo nuestra realidad como en el tiempo en que escrito, lo cual nos enseña brutalmente que no sólo no hemos evolucionado, sino que estamos peor que entonces. –
© – Ernesto Bisceglia
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Película «El alma del bandoneón» con Libertad Lamarque.