Salta secreta de noche: Cuando hasta la muerte tenía protocolo y ahora es biodegradable

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

De velorios, campanas y otras formas de despedirse: Aquellas cosas que el tiempo fue enterrando…

Decía el tango: “¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos?” Y algo de eso había en aquella Salta que se organizaba alrededor de voces y rituales. A las 22:55, César Fermín Perdiguero bajaba la noche con su inconfundible “De noche…, a veces…”. A la mañana, Fray Honorato Pistoia nos despertaba desde la misma LV9 Radio Salta con un franciscano “Paz y Bien”. Entre uno y otro, la ciudad respiraba.

También respiraban los domingos en la Plaza 9 de Julio, al compás de la Banda de Música de la Policía. Y las noticias no llegaban por notificación sino por estruendo: bombas disparadas desde el Hotel Victoria Plaza anunciaban que El Tribuno había escrito, con tiza, alguna urgencia en pizarrones verdes colgados a la vista de todos. El diario, además, viajaba: entraba a una casa a las seis de la mañana y salía a recorrer la cuadra, de mano en mano, como si la información también necesitara vecindad.

El corso, en la Avenida Belgrano, tenía su propia liturgia. Las comparsas avanzaban y detrás venía “la indiada”: la barra del barrio, nube de harina mediante, encargada de custodiar lo suyo y discutir lo ajeno. Había humor, había exceso, había códigos. Nadie los escribía, pero todos los entendían.

La muerte como acontecimiento

Morir, entonces, no era desaparecer: era convocar. Eran los tiempos en que el velorio ocurría en la casa. Si faltaba espacio, se pedía prestado el living de algún vecino. La noche anterior desfilaban saludos, rezos y también alguna ginebra que ayudara a sostener el trance. En un rincón, el muerto solitario; en otro, la vida que seguía hablando en voz baja, comiendo un asado o un frangollo cocinado en ollas grandes a las brasas.

A la hora señalada, el ingreso del cura imponía orden. Estola, responso y ese murmullo antiguo -ora pro nobis- que tejía una solemnidad frágil, siempre al borde de quebrarse en llanto.

En la puerta, el tarjetero que dejaba constancia de que uno “había cumplido” era parte del rito. También las coronas, que medían afectos con una precisión casi contable. Porque el duelo, además de dolor, tenía forma, tamaño y cálculo de costo.

El momento del soplete

Pero el verdadero umbral llegaba cuando los hombres de la funeraria hacían su aparición para sellar el ataúd. Había en ellos algo mineral: rostros curtidos, ojos fijos, una economía de gestos que imponía respeto. Uno sostenía la tapa; el otro, con soplete en mano y llama fogueando, repasaba el ambiente con su mirada tétrica y, preguntaba con voz ronca:

—¿Alguno quiere despedirse?

Entonces ocurría lo inevitable: un último llanto, una caricia tardía, miradas que intentaban retener lo irrecuperable. Y después, el silbido del metal sellándose. Un sonido que no se olvida.

Aquella escena tenía algo de tránsito definitivo. Casi una barca cruzando un río invisible. Si uno forzaba la imaginación, podía leer -como en Dante. la aquella advertencia escrita: “Vosotros, que entráis aquí, abandonad toda esperanza”. Pero nadie la decía. No hacía falta.

La ciudad que avisaba la muerte

Cerca del Convento San Bernardo -y en general de las iglesias-, la vida se medía en campanadas. Laudes, Maitines, Ángelus, vísperas. Y, a veces, otro sonido: el de la agonía.

Cuando un vecino entraba en sus últimas horas, alguien mandaba aviso al sacristán. Y la campana, con una cadencia que parecía doler, le informaba al barrio lo que estaba por suceder. No había parte médico ni comunicado oficial. La comunidad sabía.

Antes del entierro, la misa de cuerpo presente. Y, en la sacristía, una mesa breve para templar el ánimo y recordar virtudes, llamada “Mesa de once”. Afuera, mientras tanto, la casa del velorio volvía a ser casa: los candelabros se retiraban, el crucifijo regresaba a su sitio y, con una tenaza, alguien arrancaba el moño negro de la pared. A veces, con él, se iba también un pedazo de revoque.

Cenizas de hoy

Hoy todo es más rápido. Más limpio. Más eficiente. Hasta más séptico, se diría. Las casas velatorias ofrecen versiones “express”. El muerto entra de madrugada y al mediodía ya es ceniza. La despedida se administra en horas. La memoria, en objetos.

Algunos eligen esparcir esas cenizas. Otros las guardan en una urna que convive con copas y recuerdos en el cristalero del living. Conocí a uno que había pasado la vida esquivando impuestos y ahora descansa en un aparador, y la viuda deja bajo la urna las boletas pendientes. Una forma tardía -y bastante precisa- de ordenar cuentas.

Hemos simplificado todo. Incluso la muerte.

Ya no hay velorios interminables ni campanas que anuncien lo inevitable. No hay vecinos que den fe del duelo ni ritos que sostengan el silencio. Todo ocurre rápido, casi higiénico.

Hemos hecho de la muerte un trámite. Tanto, que los difuntos ya no mueren: ahora se vuelven biodegradables.

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

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