En Cafayate: No te cases ni te embarques

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ (Jefe de Redacción —cuando lo dejan—)

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En verdad os digo que esa Salta -después de la Caja de Pandora es el sitio más adecuado para conservar el espíritu de un niño. Allí, como ante un prestidigitador de feria, uno aguarda que de la galera salga cualquier cosa: una paloma, un decreto… o un casamiento en plena reserva natural.

Lo primero que me cimbra la silla turca es esta persistencia casi heroica de hallar parejas que insisten en contraer matrimonio, un género ya épico que bordea la tragedia doméstica. Lo segundo, la trifulca desatada por haberlo celebrado en la majestuosa Quebrada de las Conchas, ese museo geológico a cielo abierto donde el tiempo esculpió paciencia en piedra… hasta que la administración pública decidió acelerar el proceso.

La escena parece una fábula criolla convertida por la inanición mental de los funcionarios en una puesta del Circo de los Podestá (Sólo para iniciados en historia del arte criolla): una boda en un espacio protegido, bendecida por el paisaje y por la desprolijidad institucional. Pero lo notable no es el casamiento -acto ya audaz en estos tiempos donde el amor dura menos que el catering servido a los invitados- sino el espectáculo posterior: una exhibición de destreza funcional aplicada al viejo arte de esquivar responsabilidades.

Porque habrán de saber que en Cafayate no hay funcionarios municipales sino atletas del corrimiento. De esa intendencia podrían salir lidiadores más hábiles que el Manolete esquivando al toro a la hora de correrse de problemas y denuncias penales: ¡Ole!

 Hábiles jugadores del Gran Bonete administrativo:

—¿Yo, señor?

—¡No, señor!

Las primeras rocas precámbricas han caído sobre el Concejo Deliberante, donde un edil se sacudió el poncho con entusiasmo depositando la tierra sobre una colega de doble apellido -un intento de abolengo vallisto-que ensaya con la dignidad de una novicia rebelde del expediente fácil, el borrar con el codo lo que celebró con entusiasmo en redes.

La acusada, fiel a la tradición municipal cafayateña, no firmó, no supo o no entendió. Tres formas distintas de decir lo mismo en política: “yo no fui”. Aunque, dicen, habría fotos que hacen que una imagen valga más que mil palabras. Y en la Argentina, las fotos no prueban: incomodan.

Más allá, la intendente -esa figura en estado casi gaseoso- aparece lo suficiente como para arrojar nombres a la hoguera y luego ensayar la vieja técnica del avestruz, sin advertir que el problema no es esconder la cabeza sino lo que de ella queda expuesto. O sea…

Si, ha sido aquello un verdadero sainete criollo, porque en la Argentina, la ilegalidad rara vez es un acto: suele ser una cadena de omisiones perfectamente coordinadas que suelen tener el mismo final anunciado: el escándalo.

Como era previsible, el dedo acusador va subiendo de nivel y termina apuntando a la provincia. Un intento de salpicar a la superioridad con la crema de esta torta nupcial mal horneada. Pero allí, maestros en el ancestral arte de la levitación moral, se elevan apenas unos centímetros sobre el barro y declaran no tener absolutamente nada que ver.

A este ritmo, y de continuar la cadenas de negaciones no sería extraño que terminemos descubriendo que el casamiento nunca ocurrió.

En suma, el dicho Pacto de convivencia perpetua convertido en un aquelarre geológico-administrativo, nos da como resultado que: todos estuvieron, pero nadie asistió. Como en esas cenas donde desaparece la vajilla y al final nadie recuerda haber tenido hambre.

Pero lo fascinante no es la infracción -que la hay- ni la posible falsificación de instrumentos públicos -que se investiga- (¿Se investiga algo deshonesto en Cafayate?), sino la coreografía. Un ballet institucional donde cada actor ejecuta con precisión el paso más ensayado de la política local: el corrimiento elegante hacia la nada.

Mientras tanto, la Quebrada de las Conchas -que sobrevivió a millones de años de viento, erosión y silencio- enfrenta ahora algo más corrosivo. La liviandad humana. Y con sello oficial.

Tal vez el problema no sea que alguien haya decidido casarse allí. Después de todo, el amor es ciego. El problema es que el Estado también parece haber optado por vendarse los ojos… pero no por justicia, sino por conveniencia.

Si esto hubiera pasado en otro país, habría un responsable. En cambio aquí tenemos un conjunto de actores de reparto de kermesse y un repertorio de sospechas, descalificaciones injurias y “mutis por el foro”.

Os diré, finalmente, y con la conciencia de alguna experiencia visitando tan exótico lugar, que en Cafayate no hacen magia. Hacen algo más difícil: hacen desaparecer siempre la responsabilidad por los actos públicos. –

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