POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay épocas en las que la realidad necesita épica para explicarse. Y hay otras -como esta- en las que alcanza con mirar los números. No porque digan todo, sino porque dicen lo suficiente. Los datos no levantan la voz, no interrumpen discursos, no se encadenan a las rejas del Congreso. Pero tienen una persistencia incómoda: se quedan.
La aprobación del gobierno de Javier Milei ya no es aquella luna de miel que algunos confundieron con mandato histórico. Hoy oscila en una zona más áspera, más terrenal: alrededor del 37%, con variaciones que pueden estirarla hacia arriba o empujarla un poco más abajo, pero con una constante que no admite maquillaje: la caída. No es un derrumbe cinematográfico. Es algo más argentino, más conocido: un desgaste. Una erosión lenta, como esas paredes que parecen firmes hasta que un día se desmoronan sin previo aviso.
Pero si la opinión pública se mide en percepciones, la economía deja huellas más materiales. Desde el inicio de esta experiencia libertaria, más de 22.000 empresas cerraron sus puertas. No es una metáfora. Son persianas bajas. Son talleres vacíos. Son oficinas donde el silencio reemplazó al teléfono. La cifra no necesita adjetivos: alcanza con imaginarla. Veintidós mil veces alguien que dejó de producir, de invertir, de apostar. Veintidós mil pequeñas derrotas sin cadena nacional.
Y sin embargo, no hay estallido. Hay algo más inquietante: una especie de aceptación resignada. Una pedagogía del ajuste que se filtra como una humedad moral. La sociedad parece haber aprendido -o estar aprendiendo- que el sacrificio es obligatorio y la recompensa, en cambio, optativa. Se padece en presente y se promete en futuro. Un futuro que, como todo horizonte argentino, siempre se corre unos metros más allá.
El malestar existe, pero no siempre se organiza. Se expresa en encuestas, en conversaciones privadas, en ese gesto mínimo de quien ya no discute porque empieza a desconfiar de la utilidad misma de discutir. Más del 60% de los argentinos manifiesta insatisfacción con el rumbo. Pero esa mayoría todavía no encuentra una forma, un lenguaje, un vehículo. Es un descontento sin épica. Y tal vez por eso, más duradero.
La política, mientras tanto, hace lo que mejor sabe hacer cuando no sabe qué hacer: administra la inercia. Discute reglamentos, acomoda alianzas, sobrevive. Afuera, en cambio, la realidad no negocia. Ajusta.
“Los datos no gritan pero duelen”. Tal vez porque, a diferencia de los discursos, no prometen nada. Sólo muestran. Y lo que muestran empieza a ser difícil de ignorar: menos empresas, menos entusiasmo, menos paciencia.
El problema nunca es el número. El problema es cuando el número deja de ser una cifra… y empieza a ser un clima.
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
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