Un Cacho de Cultura: Giselle, la mujer que murió de amor… y no se fue

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Eran años de correrías por Buenos Aires, de mozalbetes cuando la noche porteña ofrecía un menú a la carta de opciones y entre esas estaban las grandes puestas del Teatro Colón. De las tantas veces en que juntando monedas comprábamos la entrada, pudimos ver el ballet de Giselle, protagonizado por los primeros bailares del Teatro.

Giselle, nace de una conjunción de talentos, pero es Gautier quien le da el alma: la idea de una mujer traicionada que, incluso después de la muerte, ama sin obedecer la lógica de la venganza. Épico realmente.

En Giselle, la inocencia no es una virtud: es una condena. Giselle ama sin cálculo, sin defensa, sin esa mínima sospecha que protege a los vivos. Ama como si el mundo fuese verdadero. Y el mundo, como suele ocurrir, no está a la altura.

Albrecht no es un villano. Es peor: es un hombre liviano. Juega a ser lo que no es, promete sin intención de cumplir, seduce sin hacerse cargo. Cuando la verdad irrumpe, no lo hace con estruendo sino con algo más cruel: claridad. Y esa claridad la rompe. El argumento nos trae reminiscencias de Madamme Butterfly, por aquello del amor desencantado.

A diferencia del ballet de Giacomo Puccini, aquí, Giselle no muere por el engaño. Muere por la revelación.

La escena de la locura es una de las más brutales del repertorio clásico: no hay sangre, no hay gritos desbordados. Hay una mente que se quiebra en silencio, un cuerpo que ya no entiende el mundo que habitaba. Es la caída más honda: la de quien descubre que creyó demasiado.

Pero el ballet no termina ahí. Y ahí empieza lo extraordinario.

En el segundo acto, Giselle regresa. No como heroína, no como víctima, sino como espíritu. Es una de esas mujeres traicionadas que condenan a los hombres a bailar hasta morir. La lógica del más allá es simple: devolver el daño, equilibrar la balanza.

Y sin embargo, Giselle no ejecuta venganza sino que lo salva.

Lo protege de las otras, lo sostiene cuando el cuerpo ya no responde, lo acompaña hasta que amanece. El mismo hombre que la quebró encuentra en ella -ya sin vida- la única forma de redención posible.

Ahí el ballet se vuelve incómodo. Porque rompe la expectativa moderna: no hay justicia en términos humanos. Hay algo más difícil de aceptar: una forma de amor que no depende del merecimiento.

Giselle ya no ama como antes. Ama sin esperar nada. Y en ese gesto, que podría leerse como debilidad, hay una fuerza extraña, casi insoportable: la de quien ha sido destruido y, aun así, no se convierte en aquello que lo destruyó.

Tal vez por eso perdura. Porque en un mundo donde el engaño se naturaliza y la desconfianza se vuelve defensa, Giselle plantea una pregunta incómoda: qué hacer después de la herida. No cómo evitarla.  No cómo vengarla.Sino cómo no dejar que nos defina.

Y esa, claro, es una coreografía mucho más difícil que cualquier salto.-

© – Ernesto Bisceglia

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