Los libertarios y la superioridad que nunca llegó

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

“¡Somos superiores. Somos intelectual y estéticamente superiores!”, vociferaba en su tiempo Javier Milei. Y uno los votó creyendo que, por fin, vendría una ola de saneamiento político: gente preparada, intachable, con esa densidad moral que la Argentina fue perdiendo en décadas.

Pero con Milei y sus libertarios nos ocurrió aquello del viejo dicho: “Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces”. A más de dos años de gobierno, no hemos visto ningún aporte intelectual de fuste en las Cámaras. Y en el caso de Salta, tampoco, ni en la Legislatura y mucho menos en el Concejo Deliberante.

En el imaginario popular se dice que, por definición, los peronistas son sospechosos. ¿De qué? De todo: ignorancia, actuación en banda, desprolijidades varias. Y sin embargo, en ese universo como en cualquier otro conviven mayorías decentes con minorías impresentables. Al menos, los peronistas se manejan con una conciencia clara: funcionan en manada.

Los libertarios, en cambio, aparecieron como la contracara: universitarios, impolutos, GCU (Gente Como Uno), cultos, casi químicamente puros. Una aristocracia moral en versión electoral. Esto parecía ser una élite política. Valía la pena probar.

Pero no: eran humanos nomás. Con defectos. Sólo que con un agravante que la psicología define con precisión quirúrgica: la proyección. Atribuyen a los demás lo que les pertenece. Basta disentir para ser descalificado con una violencia que no necesita argumentos.

Para un libertario, que por su supuesto origen liberal la tolerancia debiera ser la madre de las acciones, basta no pensar igual para ser “kuka tirapiedras”, “zurdo de m…”, una porquería, bah.

La primera decepción, naturalmente, ha sido el presidente. Investido de un aura que mezcla economía, mística y revelación, parece sentirse un enviado de las “Fuerzas del Cielo”. Concepto potente, por cierto, que en la tradición bíblica remite a realidades celestes, como en el libro de Daniel, donde se habla del “ejército del cielo”.

Pero Milei no se queda en la metáfora: su inspiración parece abrevar en el Primer Libro de los Macabeos (3, 18-19), donde Judas Macabeo, dice: “la victoria no depende de la cantidad de tropas, sino de la fuerza que viene del Cielo”. Lo ha citado más de una vez. Y completa el cuadro con definiciones como “soy judío” y su voluntad de contribuir a la liberación de ese pueblo. Milei hoy, debería estar en Tel Aviv.

La escena es clara: el hombre se percibe en clave bíblica. Algo de Moisés hay en su imaginario. Y nosotros, inevitablemente, en el desierto caminando hasta el año 2040, según él mismo dijo en que seremos una potencia según el líder. Con una diferencia: el maná no llega.

En la tradición bíblica, el número 40 no es esotérico sino simbólico: designa un tiempo de prueba y preparación, un intervalo necesario entre la promesa y su cumplimiento. No mide duración exacta, sino densidad existencial. Cada vez que alguien invoca los “40 años”, no está haciendo un cálculo: está contando un desierto.

A esta deriva se suma una incontinencia verbal que ya no distingue foros ni jerarquías. Milei habla en escenarios internacionales como si debatiera con legisladores propios: insulta, exagera, provoca. Y el mundo, a diferencia del recinto local, responde. Desde Irán hasta España, las reacciones diplomáticas no han sido precisamente cálidas.

El gobierno español le exige disculpas públicas por el reciente papelón de “insultar a las Instituciones españolas y a su presidente”, y los iraníes nos han declarado beligerantes en una guerra en la que no tenemos absolutamente nada que ver.

El problema es que el ejemplo cunde. La frase “no odiamos lo suficiente a los periodistas” no quedó en el aire: bajó en línea recta. Y hoy vemos concejales convertidos en pequeños comisarios del agravio, hostigando a la prensa con entusiasmo militante.

Mientras tanto, la pureza declamada se diluye. Denuncias, sospechas, números que no cierran, usos dudosos del poder. Todo aquello que venían a erradicar aparece, con otros nombres, pero con la misma lógica.

Dirán ellos “operaciones” de “ensobrados”. Pero la historia argentina ofrece contraejemplos incómodos: Arturo Illia, Arturo Frondizi, Raúl Alfonsín. Hombres que atravesaron el poder sin dejar rastros penales. No por persecución insuficiente, sino por conducta. Esos hombres nunca fueron acusados de ningún delito, simplemente porque no los habían cometido.

Se pensaba que eran distintos. Que al menos habían leído Platero y yo. Pero la pobreza intelectual y política empieza a ser inocultable. Ya lo advirtió Julio César: “La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo”. Aquí no se cumple ninguna de las dos condiciones.

El problema de fondo es otro: las alternativas no son mejores. Tal vez, incluso, sean peores.

Y entonces, la pregunta ya no suena infantil, sino trágicamente adulta: ¿Quién, exactamente, podrá defendernos?

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

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