– General, ¿qué hacemos con Cristina y Urtubey, que nos afanaron el PJ?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Por definición, la muerte no existe; es un mito cultural teñido de tragedia por una religión obsoleta ya. La muerte es un tránsito natural, una trascendencia de quien cumple su ciclo en este plano. Cuando alguien trasciende, paradójicamente, lo tenemos más cerca, más íntimamente con nosotros que cuando estuvo en vida incluso.

Por eso los griegos -Homero lo enseña en La Ilíada -, podían descender al Hades y conversar con los difuntos y regresar. Esta realidad cuántica nos permite a los iniciados poder hallarnos en un punto con aquellos que ya no son para nosotros, pero que viven en la memoria. Más todavía cuando esa memoria es popular.

Uno, como hombre de profundas convicciones democráticas, y frente a la tragedia política de una Salta que, en el horizonte próximo de las elecciones del año 2027, se encuentra ante la posibilidad de que seamos gobernados por un grupete de inexpertos y soberbios, carentes de todo proyecto político que no sea replicar lo que sale de la desalineada cabeza de Javier Milei. O bien, esa extraña pócima que pretende cocinar; un fallido Juan Manuel Urtubey y su contubernio con la saqueadora de la Patria, Cristina Fernández. Todo eso oa la posibilidad de reforzar este orden democrático con la continuidad de Gustavo Saénz, que tendrá que cambiar pronto todo lo que lo rodea si “quiere tener chanchitos”.

Entonces… qué mejor que recurrir a la figura más trascendental de la historia política contemporánea -les guste o no a los “contras”-; el general Juan Domingo Perón, para que a la luz de su inteligencia nos ilumine sobre estemomento.

Dispuesto a ese trance de bajar a los Infiernos a conversar con Perón, hago salvedad de que lo mío es un acto patriótico, algo así como tomar una cucharada de aceite de ricino tapándome la nariz, pero todo sea por el mejor destino de nuestra provincia de Salta.

Así, nos hallamos con el General en un imaginario bar del Averno, en una escena teñida de ese aire de conspiración de café donde la historia parece escribirse en servilletas.

—General, ¿qué hacemos con Cristina y Urtubey, que les afanaron el PJ a los salteños?

Perón exhala el humo de su cigarro corto, de tabaco negro, del tipo Jockey Club, con parsimonia, como si midiera la densidad de la traición en el aire. Y me dice:

—Mire, compañero… el peronismo no se roba: se degrada sólo cuando se olvida para qué nació.

Da un sorbo corto al whisky y continúa:

Cuando la doctrina se cambia por conveniencia y la lealtad por marketing, ya no hace falta que nadie lo afane… se entrega en cuotas.

Confieso que el término “compañero” me produce un escozor que me recorre la médula espinal, pero lo respeto. Él está acostumbrado a manejarse así con su feligresía clientelar.

Le expreso entonces que los seres de la naturaleza me despiertan una natural simpatía. Que por eso acepté incluso enseñar en la sede del PJ Salta, a pesar de que mis antepasados luego de eso “abandonaran sus tumbas por mí”, como diría el Juan Tenorio, pero qué hacemos con esta situación, le pregunto.

Entonces, me mira fijo, casi con lástima, y dice.

—El problema no es quién lo tiene. El problema es que hace rato que dejó de tener contenido.

Se hace un silencio mientras alrededor el bar sigue girando como si nada. Igual que en Salta, donde parece que no pasa nada.

Me dice Perón, entonces: –Si quieren recuperar el PJ Salta, no busquen nombres… recuperen sentido. Mística, doctrina. Lo otro, compañero, es apenas utilería electoral. Recuerde -agrega- “Los hombres pasan, las instituciones quedan”.

Le digo en ese punto: —Pero, General, nos vaciaron la provincia, dinamitaron los partidos, se aliaron con la que usted ya sabe… y ahora quieren dividir lo poco que queda del peronismo y los salteños. ¿Qué hacemos?

Juan Domingo Perón sonríe de costado y la mirada le brilla con cinismo. No es simpatía: es experiencia.

—Mire, compañero… cuando un hombre arrasa a una provincia y todavía tiene tiempo para dar lecciones de institucionalidad, de decencia y de honestidad, no estamos ante un dirigente: estamos ante un ilusionista. Hace desaparecer todo… menos su ambición.

Perón levanta la mirada observando cómo desaparecen las volutas de humo, casi como una metáfora del peronismo. Apaga el cigarrillo con calma quirúrgica, dice:

—Y si además, ese tipo se abraza con quien convirtió la política en un expediente judicial con patas… bueno, ahí ya no hay doctrina: hay sociedad de conveniencia.

Insisto con una mezcla de desamparo y bronca:

—Pero General, ¿cómo se combate eso? Porque no discuten ideas: ocupan, vacían, roban y siguen.

Perón levanta apenas la ceja.

—Error, compañero. Se equivoca, ellos sí discuten ideas… sólo que la idea es quedarse.

Otra vez el silencio gana el lugar. El bar parece esperar la siguiente reflexión de Perón, y dice el General:

—Cuando la política se reduce a conservar poder, cualquier alianza es posible: con el pasado, con la contradicción o con el prontuario. El problema no es moral -que ya sería bastante-, es intelectual: han dejado de pensar y sólo vienen por el botín. No son peronistas, porque al peronista le importa la gente. Esa alianza que usted me consulta no es muy distinta de aquella de Bony & Clyde; se juntaron para asaltar a la gente por los caminos. Es lo mismo.

Me mira fijo y se inclina hacia adelante, ahora sí, con filo.

—¿Y usted quiere combatirlos? No se equivoque de terreno. No se les gana denunciando que son delincuentes -porque lo saben-, sino exhibiendo lo que dejaron: ruinas.

Hace una pausa breve, como para que la palabra pese y agrega Perón:

—La gente tolera muchas cosas, pero no perdona el vacío. Muéstreles el vacío, la miseria que dejaron y haga ver la opulencia con que viven. Eso ofende al trabajador. Ese Urtubey y su banda de tirifilos llegaron al poder “Con la mano al culo” -como decían los italianos-, y mírelos ahora. Enriquecidos, viviendo en lugares exclusivos, manejando empresas que armaron con el dinero de todos. No compañero, muéstreles lo que dejaron y la gente sola reaccionará

Le digo, entonces: –No sé…, todos sabemos lo que hicieron, pero aún así hay “minus habens” que los apoyan. Y ahora, dígame: ¿Y el peronismo, General, ¿cómo se hace? Porque lo están partiendo…

Perón se encoge de hombros, casi con ironía.

—El peronismo no se divide, compañero. Se disfraza. A veces de justicia social… y a veces de kiosco. Y los peronistas…, también se disfrazan de “peronistas”. Usted es muy inteligente y me comprende.

Da una última pitada imaginaria y agrega:

—Si quiere salvar algo, no corra detrás de los nombres: reconstruya sentido. Y si no puede… al menos tenga la decencia de no aplaudir a los que lo están rematando.

Perón cambia la mirada y el tono, me mira con una mezcla de advertencia y burla y sentencia:

—Porque peor que robar un partido… es encontrar quién se lo celebre.

Perón se levanta apenas, como si la conversación ya le hubiera resultado demasiado indulgente o muy pesada, y mirándome me dice:

Le voy a decir algo para que no se engañe, compañero… Mientras se acomoda el saco y mira el vaso vacío.

—Cuando un dirigente destruye todo a su paso y todavía consigue socios, no es porque sea fuerte… es porque los demás se han vuelto inútiles.

Se inclina, apenas, lo justo para que duela y me espeta:

—Y cuando un movimiento tolera que lo vacíen, lo vendan y lo fraccionen… ya no es víctima: es cómplice.

Se da vuelta, pero deja la última frase suspendida como humo espeso:

—Así que no me pregunte cómo enfrentarlos… pregúntese por qué todavía pueden hacer esos bandidos lo que han hecho y continuar libres, destruyendo todo a su paso.

Perón se va. Lo veo desvanecerse entre la bruma y el vaho con reminiscencias de azufre del lugar. Y me quedo pensando…

– Al final, ¿para qué vine? ¿A quién le importará mi contribución a mantener el sistema democrático tratando de impedir que estos hampones continúen destruyendo a las instituciones.

Apago mi cigarrillo, apuro el último sorbo del Macallan que compartimos con Perón, y me pierdo en la bruma celeste mientras subo la escalinata donde leo en el dintel “Empíreo”, mientras me digo internamente: “Por lo menos, lo intenté. Y dirán mañana que no les avisé”. –

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Ha construido una obra vasta, entre el ensayo y la narrativa, centrada en la historia argentina, la política, la religión y la cultura cívica. Autor de más de treinta títulos, reconocidos con distinciones nacionales e internacionales, es además columnista en diversos medios y conferencista. Su trabajo propone una lectura crítica, con anclaje histórico, sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

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