POR: EVARISTO, DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – JEFE DE REDACCIÓN (cuando lo dejan pensar) – www.ernestobisceglia.com.ar

En verdad os digo, que apenas uno gira la cabeza hacia el estudio de un asunto delicado como es la guerra en Medio Oriente, en Salta, los políticos cometen algún desaguisado. Y debo deciros que los más insufribles son los peronistas; tal vez, porque ya no existe en Salta otro partido que no sea el peronismo. Los demás, han sido devorados por la historia.
Aunque en verdad, he de preguntarme si estoy en lo cierto, porque hasta donde es posible observar, ya ni partido tienen, o lo tienen partido al medio: por un lado, los que reconocen como “compas”, y una especie en extinción que se llaman a sí mismos “kukas”. Una diferencia de matiz, escasamente, porque ya lo decía Perón: “Los muchachos se ponen nombres, pero al final son todos peronistas”.
¡Pobre Perón! Visionario como fue, no llegó a profetizar que un día no sólo le llenarían el partido de “putos y de comunistas”, como se quejó de Cámpora. Es que no sabía que vendrían los Kirchner que le llenarían el partido de ventajeros, “zurditos miserables y pusilánimes”, como decía ese egregio héroa de Malvinas, Aldo Rico (Permítanme poner de pie para nombrarlo); de terroristas y tranversalizados…, bueno, más trans que otra cosa.
Pero con toda esa caterva también le llenarían el PJ con pungas y lumpen del Opus Dei, como ese tal JM Urtubey, con famélicos neuronales como ese tal Pablo Kosiner, que terminarían adoptando como madrastra política a una cleptómana de alto vuelo, una mitómana nivel premium, desbordad de una maldad que haría que la Bruja Mala del bosque al lado de ella resultara Blancanieves.
Es que os diré, entre nosotros, los de las clases patricias y cultas, cuando nuestras familias manejaban la política, por lo menos existía cierta dignidad escénica. ¡Oh, recuerdo al vigoroso Lisandro de la Torre! ¡Y ni qué decir de un Alfredo Palacios, hoy reemplazado por una lánguida no sé cuánto Bergman! ¿Dónde quedaron aquellas figuras consulares que honraban el Recinto del Congreso Nacional? Hoy, hallamos allí nada más que marginales en traje y bataclanas que ni siquiera darían para ser coperas del Hansen.
Pues sí; hubo un tiempo en que el drama político argentino se trataba con decoro. Os diré, incluso, que aquellas diatribas semejaban los viejos éxitos del Dúo Pimpinela, porque los protagonistas discutían, se reprochaban, se separaban y volvían… pero siempre dentro de un libreto reconocible. Había conflicto, sí, pero también calidad actoral pero sobre todo identidad.
Hoy, en Salta, asistimos a una versión devaluada del género: una puesta en escena de utilería donde ya no hay conflicto sino acomodo, tampoco identidad sino apuro de calendario. Los protagonistas no discuten ideas: negocian supervivencias. Y así, lo que alguna vez quiso ser drama político terminó reducido a un sainete de baja estofa, con actores que ya ni siquiera disimulan que recitan un libreto prestado.
Vosotros, peronistas, habéis dejado que una turba de pandilleros, propiamente una comparsa formada por la chusma empoderada por el dinero mal habido que un ramillete de vivillos os ha birlado durante doce años, escenifique un sainete perverso protagonizado por el “Dúo Pamplinas”.
¡Claro! Bien digo, el “Dúo Pamplinas”, encarnado con entusiasmo por Cristina Fernández de Kirchner y Juan Manuel Urtubey, parece haber encontrado en el peronismo salteño un escenario disponible: no para reconstruirlo, sino para utilizarlo, mientras a vosotros los peronistas os echaron a la calle de una patada cual se tira a un perro viejo y pulgoso. Y allí vais por los caminos, lamiendo vuestras heridas, jadeantes y perdidos.
Porque conviene decirlo sin rodeos: Eso que llaman estos “okupas” PJ, que alguna vez fue una estructura política con aspiraciones de representación hoy luce más como una franquicia en liquidación. Se la abre, se la cierra, se la interviene, se la ofrece. Todo en función de una necesidad tan básica como urgente: sumar y afanar.
Y perdonad la vulgaridad del último término, pero os pregunto ¿Quién responderá por los más de cuatrocientos millones de pesos que dejó la conducción anterior a la intervención? ¿Quién dará cuenta de los aires acondicionados que falten? Si eso no es afano, decidme cómo se llama entonces.
Si hasta podemos decir que este Urtubey y su “Peluche Toy”, Pablo Kosiner, son magos: “Nada por aquí, nada por allá”.
La mujer de la tobillera junto al sátrapa que alguna vez la acusó de “robarse hasta la cenizas de los ceniceros”, han tomado por asalto al PJ en la tentación peregrina de disciplinar el escenario local. No aparece esto como una estrategia sofisticada, sino como un síntoma de desesperación política.
Porque cuando el poder deja de construir, empieza a manotear. Y el manotazo, como se sabe, rara vez distingue entre aliado y obstáculo. ¿Se entiende o debo describirlo con manzanas?
Mientras tanto, el Partido Justicialista salteño asiste a su propia transformación: de herramienta de representación a objeto de administración. Ya no organiza voluntades; las contabiliza. Ya no forma cuadros; los designa. Ya no discute ideas; reparte lugares.
Son trepadores y perversos; y en este punto, muy a pesar de que repugna a mis aristocráticos genes, he de hacer un saludo a la víctima propiciatoria de todo este nefando contubernio. Hablo de ese pobre y mísero hombre llamado Sergio Leavi, a quien en la jerga de la chusma apodan “Oso”, que juró lealtad eterna a quien le cercenó la testa que rodó “por el piso vengadora” -diría Almafuerte-, mostrando que esta banda tiene como apellido el sustantivo “Traición”.
¡Y allí se descubre su falso peronismo! Porque el ADN peronista se llama lealtad, y estos intrusos han traicionado todo y a todos. Deberían arrancar del frente el escudo peronista y colocar la efigie del dios romano Jano, ese de las dos caras.
En ese escenario, la aparición de figuras llamadas a “ordenar” el espacio no deja de tener algo de ironía. Porque ordenar lo que ha sido previamente desarticulado exige algo más que voluntad: exige autoridad política y densidad intelectual. Dos bienes escasos entre esos beduinos de la política.
Tal vez por todo esto la comparación con Pimpinela ya no alcanza. Porque incluso en sus peores momentos, el dúo original sabía que el conflicto debía tener sentido dramático. Aquí, en cambio, el conflicto es apenas instrumental. No se discute por convicción. Se actúa por necesidad.
Y cuando la política se convierte en actuación, el desenlace deja de ser incierto y la épica política se convierte en tragedia.
Y cuando cae el telón, no hay aplausos: apenas el ruido de cajas cerrándose y principios rematados al mejor postor.
La política, aquí, ya no se traiciona: se liquida por partes. Y lo que queda, lo que verdaderamente representan estos individuos no es poder ni proyecto: es apenas una caterva de sobrevivientes disputándose las migas de un banquete que ya se comieron otros. –
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