REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
El fantasma del padre, podría ser el resumen de la ópera Don Giovanni, de Wolfgang Amadeus Mozart, donde el pecado no es sólo la lujuria. Es, sobre todo, la impunidad convertida en estilo de vida.
Don Giovanni no seduce: devora. No ama: consume. Y en esa lógica —tan moderna, por cierto— cree haber domesticado al mundo, a los hombres y hasta a Dios. Su herejía no es teológica, es práctica: vive como si no hubiera consecuencias.
Pero la ópera, como la vida, tiene memoria.
El Comendador -a quien Giovanni ha matado en duelo- regresa bajo la forma más inquietante posible: no como espectro etéreo, sino como estatua. Piedra. Peso. Permanencia. Lo inmutable frente a la fugacidad del libertino.
En la escena final, esa que hiela la sangre, la estatua se sienta a la mesa. No hay gritos, no hay estridencias: hay una invitación ¡Arrepiéntete!
Giovanni, fiel a sí mismo hasta el final, se niega. No por valentía, sino por incapacidad. El hombre que se permitió todo ya no puede concederse lo único que lo salvaría: reconocer un límite.
Entonces ocurre lo inevitable. Y no es un castigo. Es una consecuencia.
La tierra se abre, las llamas ascienden, y Don Giovanni es arrastrado al infierno sin haber cedido un ápice de su soberbia. La música -esa maquinaria perfecta de Mozart- no subraya la moral: la ejecuta.
Porque en el fondo, la obra no trata sobre un seductor, sino sobre algo más incómodo: la tragedia de quien confunde libertad con ausencia de límites.
Y allí radica su vigencia. Porque cada época tiene sus Don Giovanni: hombres y sistemas que creen poder burlarse de todo sin pagar precio alguno.
Hasta que una noche, en medio de la cena, alguien golpea la puerta.
Y esta vez, no es una conquista.
Es la cuenta. –
© – Ernesto Bisceglia
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