Marzo, el mes de los derechos vulnerados

POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

Marzo es un mes extraño en el calendario argentino, en el de Salta y en personal, por qué no decirlo. No llega solamente con los primeros calores que se retiran o con el ritmo cotidiano que vuelve después del verano. Marzo llega cargado de memoria, de heridas abiertas y de preguntas que todavía nos debemos como sociedad.

En estos días, nos envuelve un clima que adquiere una dimensión particular porque hay fechas que nos llevan a meditar que estos aniversarios encuentran su origen en derechos elementales vulnerados. Y entonces, tomamos conciencia de que hablar de derechos no es una consigna política sino una actitud ante la vida; porque precisamente la vida, es el primer derecho que ha sido avasallado.


“Cuando se vulnera el derecho de una persona, no se hiere sólo a una víctima: se hiere a la humanidad entera.”

Por eso, el Día Internacional de la Mujer no es solamente una fecha simbólica sino la evidencia histórica de que las mujeres han sido y continúan siendo víctimas de distintos tipos de violencia que no sólo se manifiestan en las agresiones físicas sino en los silencios cómplices y las privaciones de elementales condiciones de dignidad.

La conmemoración nos obliga a mirar con crudeza una realidad que no siempre queremos reconocer. La violencia contra la mujer no es un problema estadístico ni un tema de coyuntura mediática: es una herida moral de la sociedad.

Pero marzo también nos devuelve a otra memoria dolorosa. La del secuestro y desaparición del doctor Miguel Ragone, ocurrido en 1976. Aquel episodio no sólo le arrebató a Salta un dirigente político; fue, sobre todo, la negación brutal de los derechos más elementales que puede tener un ser humano: el derecho a la vida, a la defensa, a la protección del Estado y al respeto por su dignidad. Incluso le fue negado el derecho final que toda persona merece: un descanso eterno digno, el consuelo mínimo de una tumba donde la memoria pueda detenerse.


“A Miguel Ragone no sólo le arrebataron la vida: también le negaron el derecho elemental a una tumba y a la memoria.”

Hacia el final del mes, el calendario vuelve a recordarnos otra fecha que pesa en la conciencia nacional: el 24 de Marzo. Para los argentinos no es una jornada cualquiera. Es el día que nos obliga a recordar un tiempo en que los derechos más elementales -la libertad, la defensa en juicio, la integridad de las personas, la vida misma- fueron vulnerados de manera sistemática. También el derecho humano, tan simple y tan profundo, de saber dónde están los desaparecidos.

Y en medio de toda esa barbarie, el derecho al nombre propio, al linaje, con la apropiación de niños y su entrega arbitraria a manos desconocidas. Entre los ultrajes que se puede hacerle a una mujer acaso no exista otro peor que arrebatarle el fruto de sus entrañas.

“Un país que olvida dónde están sus desaparecidos es un país que todavía no ha terminado de reconciliarse con su historia.”

Por eso marzo no debería ser sólo un mes de consignas o de rituales políticos. Debería ser, antes que nada, un tiempo de reflexión sobre la fragilidad de los derechos humanos cuando la sociedad se acostumbra a la indiferencia.

Porque en algún momento tendremos que comprender que los derechos vulnerados no pertenecen a un partido ni a una ideología. Pertenecen a la condición humana. Cuando se vulneran estos derechos no se hiere sólo a la víctima, se hiere a la humanidad entera.  

Tal vez por eso el fundamento último de los derechos humanos no esté únicamente en las leyes o en las constituciones. Está en algo más profundo y más antiguo: en la capacidad de los hombres de reconocerse en el otro, de comprender que la vida del prójimo tiene el mismo valor que la propia.

Esa fuerza tiene un nombre sencillo y antiguo, casi depreciado hoy: el amor.

No se trata de una palabra cursi ni de una declamación sentimental. Es la raíz misma de la civilización. Sin esa conciencia de fraternidad humana, los derechos terminan convirtiéndose en simples palabras escritas en un papel.

“El verdadero fundamento de los derechos humanos no está sólo en las leyes: está en la capacidad de los hombres de reconocerse en el otro.”

Marzo, entonces, debería recordarnos algo más que fechas. Debería recordarnos que la defensa de la vida, de la dignidad y de la libertad comienza en el lugar más íntimo de la condición humana y de la fe cristiana: en la capacidad de amar al prójimo como a uno mismo.

Sólo desde allí los derechos dejan de ser consignas y vuelven a ser lo que realmente son: la expresión más profunda de nuestra humanidad compartida.

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