POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Fue una víctima propiciatoria que la Argentina de la sinrazón desangró para satisfacer la sed de venganza, de intolerancia y de salvajismo de quienes se apropiaron de la vida y la suerte de millones de argentinos.
Vale contar de nuevo la anécdota para delinear el perfil de aquel médico que hizo de su profesión y de su militancia una docencia de vida. El Dr. Miguel Ragone, por razones de vecindad era uno más de los que cruzábamos caminando, yo de la mano de mi padre.
Llano, simple, sencillo, incluso cuando ya era gobernador transitaba sus días con la misma ejemplaridad y cercanía para con todos. A veces, la gente humilde lo esperaba afuera de su domicilio para consultarlo, jamás les cobraba y hasta les conseguía los remedios. Si habían venido desde barrios alejados, los acercaba en su vehículo.
El médico que gobernó Salta con la misma sencillez con la que atendía a sus pacientes fue secuestrado en 1976 y nunca apareció. Su historia sigue siendo una de las heridas abiertas de la Argentina intolerante.
Guardo aquella imagen de la mañana en que ingresó a la peluquería de los Pancio, en la calle Vicente López, casi España. Yo terminaba de sentarme y mi padre me dijo: “Bajate así lo atienden al doctor”, y Ragone anticipando su mano respondió: “No, de ninguna manera, él estaba primero, yo espero”. Y se sentó a conversar de política, obviamente. A la mañana siguiente lo secuestraron.
Fue no sólo víctima de la furia ciega de los pervertidos que sólo sabían hablar el idioma de las armas, sino el ícono en Salta de un tiempo donde la justicia no existió… y que de hecho jamás llegó para él. Quizás porque algún magistrado tenía las manos salpicadas con su sangre.
“Ese zurdo”
Si es verdad, Ragone tenía un pensamiento de izquierda y eso le valió la condena más brutal. Su muerte es el signo y el símbolo del fanatismo que usurpó el gobierno, donde no hacía falta llegar al extremo de empuñar un arma para ser “boleta”, bastaba pensar, esto ya era un delito de lesa política, si cabe la expresión.
En la persona del Doctor Miguel Ragone se encarnan los rostros de miles de argentinos que pagaron el precio de comprometerse con la causa popular de los más desposeídos. Fue un apóstol de la Justicia Social. Y no era para menos, tenía una gran escuela, la del Dr. Ramón Carillo, aquel emblemático Ministro de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación del gobierno de Perón, el gran sanitarista argentino, como se lo ha llamado, de quien había sido secretario.
El gobierno de Isabel Martínez de Perón era sólo una fachada para ocultar los inconfesables intereses que se movían a su alrededor donde medraban traidores y bárbaros asesinos. El gobierno nacional bajo su mando intervino la provincia y Ragone en una muestra más de su respeto por las instituciones de la República se alejó sin discutir la decisión.
En Salta todavía hay calles, hospitales y plazas con nombres ilustres.
Pero Miguel Ragone sigue esperando lo más simple que la República le debe a un hombre: un lugar donde descansar.
En la fecha, Ragone se constituye en el arquetipo del auténtico peronista, ante cuya memoria más de un pretendido dirigente en la actualidad debiera inclinar la cabeza con vergüenza y respeto; porque fue un ejemplo de la función social en la política y del compromiso por una Argentina socialmente más justa.
En esta fecha, vuelvo mentalmente a aquella mañana en la peluquería de los Pancio.
Veo a mi padre pidiéndome que le ceda el turno y al doctor negándose con una sonrisa tranquila: “No, de ninguna manera, él estaba primero”. Era un gesto mínimo, casi doméstico, pero decía mucho de aquel hombre.
Al día siguiente lo secuestraron.
Desde entonces Salta tiene muchas cosas -gobiernos, discursos, monumentos-, pero todavía le falta algo elemental: la tumba de Miguel Ragone, el gobernador que tuvo la decencia de esperar su turno… y al que la Argentina intolerante nunca le devolvió el suyo.
Porque Ragone no tuvo Constitución que lo defienda sino mazorqueros, no tuvo jueces sino verdugos, no tiene tumba ni lápida, pero su epitafio final es el más grandioso al que un hombre de la República puede aspirar, es su nombre vivo en la memoria de su pueblo.
© – Ernesto Bisceglia
También podés leer:
¡Váyanse todos a la rep… m… qp!” – Ernesto Bisceglia – Editorial
La máscara de los rengos – Ernesto Bisceglia – Editorial
