POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Cuentos para niños o claves para iniciados: Los símbolos ocultos en cuatro clásicos universales que leímos en nuestra vida.
Nuestra generación creció con libros en las manos. Tendría unos siete años cuando el primer libro que me regalaron fue “Don Quijote de la Mancha”, a todo color y dibujado, un resumen evidentemente que nos dejaba el argumento central.
Y así fuimos creciendo con libros que acompañaron nuestra infancia, juguetes literarios que abríamos con inocencia. A mis 15 años, un familiar jesuita me obsequió “La Masonería en el mundo y en la Argentina”, de Aníbal Rojjter SJ; enorme ejemplar donde ya me informaba de cuestiones que habíamos visto pasar en dibujos a color y que más tarde, al estudiar la historia nos darían otra perspectiva de la misma.
Más adelante, obtuve razón de que aquellas historias aparentemente ingenuas escondían otro significado. Como si bajo la superficie del cuento infantil se hubiera deslizado un antiguo lenguaje de símbolos.
No era ocultismo para infantes, sino una tradición literaria muy antigua: el relato iniciático, el viaje del protagonista que atraviesa pruebas y regresa transformado.
Tal vez, el sugerente ejemplo fuera “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y sindicado como masón. En su breve peregrinación por distintos planetas, el pequeño viajero se encuentra con personajes que encarnan deformaciones del espíritu humano: el rey que gobierna sobre la nada, el vanidoso que sólo escucha aplausos imaginarios, el hombre de negocios que confunde las estrellas con bienes contables. Cada encuentro funcionaba como una estación moral. Algunos intérpretes han querido ver allí una suerte de ascenso espiritual resumido en aquella frase que llevamos grabada en el inconsciente: “Lo esencial, es invisible a los ojos”.
Donde habría más simbolismo sería en nuestro querido “Pinocho”, de Carlo Collodi, quien representa en el personaje el camino de la perfección. Desde un bruto trozo de madera, atravesando pruebas que lo obligan a aprender, sufrir y corregirse, el momento culminante ocurre en el vientre de la ballena, escena que recuerda el motivo universal de la “muerte simbólica” seguida del renacimiento. Sólo después de ese descenso y de esa transformación moral el muñeco puede convertirse en un niño verdadero. No pocos estudiosos han comparado ese proceso con las metáforas tradicionales del perfeccionamiento interior.
Ni qué decir del “Mago de Oz”, de L. Frank Baum, de quien se afirma pertenecía a la Sociedad Teosófica fundada por Mmde. Helena Petrovna Blavatsky. Dígase de paso, que si alguien quiere aprender sobre ocultismo y teosofía, las obras de Blavatsky son la “biblia” del teosofismo.
En el “Mago de Oz”, el famoso camino de baldosas amarillas vendría siendo el sendero del aprendizaje y los compañeros de Dorothy buscan aquello que creen no poseer: inteligencia, corazón, valentía. Sin embargo, al final del viaje descubren que esas virtudes estaban en ellos desde el principio. La iluminación, parece sugerir el relato, no es un regalo externo sino un descubrimiento interior.
Por último, el tierno “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carrol, contiene un metamensaje que introduce al lector en un territorio donde la lógica se desarma y el sentido común se vuelve inútil. La caída por el agujero del conejo abre la puerta a un mundo donde el tiempo se detiene, las palabras cambian de significado y las reglas parecen invertirse. Más que un relato esotérico, la obra refleja la fascinación matemática y filosófica de su autor por las paradojas y los juegos de la razón.
Ahora bien, ya adultos y con algún conocimiento sobre las ciencias de lo oculto, la metafísica, los rudimentos de la teología y el esoterismo, mirando aquellas obras a la distancia y con actitud de análisis crítico, podemos preguntarnos ¿Significa realmente que estos libros fueron escritos como manuales secretos de iniciación?
En un momento donde se distribuye por las redes sociales todo tipo de vaguedades, interpretaciones antojadizas y mentiras a la carta, podríamos afirmar que no fueron libros de contenido esotérico, pero que en un análisis desde esa óptica, evidentemente poseen una estructura narrativa que atraviesa mitos, religiones y cuentos con temas que se narran desde la antigüedad: el héroe abandona su mundo cotidiano, atraviesa pruebas, enfrenta una crisis y regresa transformado.
Bajo ese criterio, y más recientes en el tiempo, la obra de René Goscinny y Albert Uderzo, en su capítulo “Las doce pruebas de Asterix”, también contendrían elementos iniciáticos.
Tal vez por eso estas historias sobreviven generación tras generación. Los niños las leen como aventuras maravillosas. Los adultos, cuando volvemos a ellas, descubrimos que bajo la apariencia de un cuento sencillo se esconde algo más profundo: una vieja enseñanza disfrazada de fantasía.
Hoy, a nuestra edad, cuando desempolvamos alguna de estas obras para entregárselas a un nieto, miramos la tapa y pensamos que en realidad ocurrió que aquella literatura infantil había encontrado una forma elegante de decirnos, desde la primera página, que, al crecer, al fin y al cabo, estaríamos recorriendo un camino, que de alguna manera era una forma de iniciación. –
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa producción ensayística y narrativa sobre historia argentina, pensamiento político y cultura cívica, cuenta con más de treinta obras reconocidas con premios nacionales e internacionales. Como columnista y conferencista, aborda el presente desde una perspectiva histórica orientada a comprender las transformaciones del poder y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
