POR: Lic. RODOLFO CEBALLOS – Periodista y Escritor – www.ernestobisceglia.com.ar
El liderazgo político de Milei sigue haciendo ruido en la clínica de algunos psicólogos. Forman fila para diagnosticarle algún trastorno de personalidad y eventualmente declararlo incapaz en el ejercicio de la presidencia.
Ninguno de aquellos psicólogos que “cliniquean” con Milei es su terapeuta. Lo mismo hacen temerariamente psicologismo, nunca indicado por ser uno de los tantos abusos de la disciplina en Argentina.
Para este columnista, alcanzado por las generales de la ley al ser especialista en salud mental es decir, mi relación con la psicología podría incidir en el siguiente postulado: ¿Milei está loco?. ¡Sí, está loco! por reformar la Constitución.
Sueña con ser un transformador del mercado, del Estado y de la cultura política de la Argentina. Repite que quiere salvar al país para instaurar el libre intercambio de bienes y servicios, moralizar el Estado corrupto e inapropiado al postular un siglo de nefasta justicia social (según él “un robo”) y ganar la batalla cultural para imponer la única ideología superior a todas: el modelo del mercado absoluto, del Estado mínimo bajo la inspiración internacional del anarcocapitalismo, mentoreado en la Escuela Austriaca de economía.
Según su entender, para cumplir con todos estos postulados hay que reformar la Constitución. Para lograr que se declare su necesidad reformista, precisa en la Cámara de Diputados los votos de dos tercios del total de sus miembros (no de los presentes, sino del total); en el Senado, el voto de dos tercios del total de los integrantes.
Traducidos a los números de “oro” que requiere la reforma constitucional en Argentina, sería así: en Diputados, de 257 miembros, 172 votos afirmativos, y en senadores, de 72 integrantes, 48 votos afirmativos.
El análisis político indica que, si gana la reelección a presidente el año que viene, podría empezar a conseguir los números de “oro” y declarar la necesidad de la reforma.
Mientras espera ese hipotético segundo turno, afina la psicología política de su liderazgo. En el último mensaje al Congreso, hizo sacar chispas a sus características, mezcla de político y panelista.
Mostró emociones que viran hacia la ira y la indignación como motores discursivos. La agresividad verbal usada a los gritos en el único micrófono abierto le a sus seguidores fuerza y autenticidad.
Sus actitudes fueron confrontativas y desafiantes. Posicionadas contra la “casta” y la oposición, reforzando un perfil de lucha constante.
Dejó en claro que cree en la libertad individual como valor supremo y en el mercado como regulador natural. Su narrativa se apoya en la idea de que el Estado es corrupto y opresor.
Añadió a sus distintas intervenciones muchos exabruptos y también algunos valores personales: la meritocracia, la disciplina y el rechazo a privilegios políticos. Dio a entender que su moral es superior frente a quienes acusa de corrupción.
Y en la confrontación con la oposición actuó como dicotómico (“pueblo vs. casta”, “libertad vs. opresión”). Buscó agradar a sus votantes y no votantes, generalmente simplicadores de la realidad política en un esquema de batalla cultural.
La psicología política caracteriza a su liderazgo de emocionalmente intenso, polarizador y moralizante. Está preparado para la confrontación como herramienta que legitima su poder y mantiene movilizada a su base electoral.
Esta psicología política se concreta con la forma en que ejerce el poder: insultos directos a la oposición, descalificación política, fuerte tono moralista, un convencimiento de que es EL salvador y puede quedar en el bronce de la historia. Estos rasgos de liderazgo envuelven un lenguaje de dominación y control, de teatralidad y provocación constante.
Con esa psicología política que aplica al poder, ganó la centralidad en la agenda pública.
No hizo ninguna locura, ni institucional ni política. Todo fue calculado fríamente, encuestas de por medio, para que su identidad política disruptiva continúe y no se diluya en la agotada partidocracia argentina.