POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hoy se cumplen 214 años de la jornada en que el General Manuel Belgrano enarboló por primera vez la Bandera argentina en las Barrancas del Río Paraná. No se trata ya de dictar la cátedra de historia que, lo mismo que ley, se supone por todos conocida, aunque los argentinos nada sepan ni de una ni de otra.
Hoy, la clave no es preguntarse qué hizo Belgrano, sino qué revela su destino sobre nosotros. Porque él, que tuvo abolengo, riqueza, estudios superiores y hasta cargo vitalicio, lo dejó todo detrás de esa quimera que entonces era una Patria. Y terminó muriendo en la pobreza más paupérrima, sin dinero siquiera para pagar su lápida que se improvisó con el mármol de una cómoda.
Pero el drama no es que muriera pobre. El drama es que murió pobre en un país que él había imaginado rico en virtudes. Porque Belgrano no fue un militar improvisado solamente: fue el primer argentino que pensó el país como proyecto integral -economía, educación, industria, moral pública, igualdad jurídica-antes incluso de que existiera la Argentina.
Al preguntarnos por qué creó una Bandera, conociendo en profundidad su pensamiento, hemos de concluir que no la pensó para señalizar un territorio, sino que enarboló un símbolo que representaba un deber para una comunidad futuro.
Esa comunidad somos nosotros, y debemos aceptar que hemos fracasado en el intento.
El hombre que renunció a todo lo que hoy se busca
Lo dicho, Belgrano tenía entonces todo lo que hoy constituye el ideal del éxito: fortuna familiar, prestigio social, formación europea, estabilidad institucional y un cargo seguro en el Consulado. Sin embargo, detrás de ese ideal eligió lo contrario: incertidumbre, guerra, fracaso económico personal y descrédito político.
No podemos decir que fue víctima del sistema: renunció voluntariamente al privilegio. Todo lo contrario de lo que vemos hoy.
Entonces surge la pregunta incómoda: ¿Qué clase de país obliga a sus mejores hombres a empobrecerse para servirlo?
Ahí radica la esencia de la Bandera como idea moral. El acto celebrado aquel 27 de Febrero de 1812, no fue ceremonial, sino una desobediencia política (El gobierno le prohibió el uso de la Bandera), y un acto de audacia intelectual para afirmar una identidad antes de que existiera un Estado.
Profundamente cristiano, seguramente inspirado en ello pensó primera en la necesidad de crear unidad en una comunidad antes de tener una nación. Esa Bandera representaba la esperanza en medio de las derrotas.
La Bandera para Belgrano no era una tela sino un pacto invisible, por eso el contraste actual es potente. Hoy, para los argentinos es parte de un merchandising; se utiliza como capa en la protesta social o como accesorio deportivo
Por eso estamos así, porque hemos perdido el respeto a la Bandera como símbolo de unidad y de comunidad y cuando el símbolo pierde densidad, la comunidad pierde destino.
La muerte de Belgrano: la advertencia que nunca escuchamos
El dato de la lápida hecha con el mármol de una cómoda no es anecdótico: es alegórico. El fundador termina enterrado con un resto doméstico porque la Patria todavía era una casa improvisada y ya anticipaba el destino de los grandes hombres y de las grandes epopeyas; que no sirvieran de ejemplo, ni siquiera de memoria.
Porque hemos dejado de enseñar la historia argentina desde los años ‘90 en adelante y la hemos degradado tanto que los alumnos confunden a Belgrano con Perón. Es lo mismo que haber quemado el álbum familiar y que no sepamos quiénes fueron nuestros abuelos.
Dos siglos después de aquella jornada el problema es que hemos fracasado como herederos de aquellas glorias. Hemos pasado de vivir en la improvisación moral para vivir no en la inmoralidad sino peor aun, en la amoralidad cada vez más generalizada.
No preguntarnos si la Argentina estuvo a la altura de Belgrano -porque probablemente nunca lo estuvo- sino si todavía estamos a tiempo de comprender que la Bandera no representa lo que somos, sino lo que todavía estamos obligados a ser.
Hoy, analizando la historia podemos afirmar que Manuel Belgrano no murió pobre porque la Patria fuera ingrata. Murió pobre porque creyó que algún día existiría una Patria capaz de entender su sacrificio.
Doscientos catorce años después, la pregunta ya no es qué hizo él por la Bandera, sino qué estamos haciendo nosotros para no convertirla definitivamente en un recuerdo sin exigencias o en un trapo decorativo. –
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
