POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El tema que tocamos hoy es, por su naturaleza, no sólo ríspido sino potencialmente peligroso por la naturaleza de los intereses que pudieran mal comprenderse. Salta, como toda aldea de pensamiento medieval tiene como una ley no escrita dos fórmulas: “De eso no se habla” y “Qué va a decir la gente”. Sobre esos dos rieles ha transcurrido una historia de silencios y apariencias que tuvo un sólo objetivo, aquel de retener el poder.
Los espejos, a veces, obran como el de la Bruja mala del bosque de Blancanieves, nunca devuelven el rostro que pretenden los que se miran en él. En definitiva, Salta ha tenido siempre dos problemas; su mentalidad ultra conservadora y su abigarrada afición al poder de las elites.
Es que, en la política, en Salta, ha ocurrido lo mismo que en las uniones intrafamiliares. El poder como los apellidos, han surgido siempre de la misma endogamia y eso como todo lo que va contra la naturaleza de las cosas (ética, lo llamaban los griegos), termina dando hijos no resueltos mentalmente, para decirlo de una manera elegante.
La cortesía del poder
La historia nos enseña que en algunas provincias el poder se grita; en otras se susurra. En Salta, suele servirse en vajilla heredada. Porque bien es cierto, toda sociedad produce élites. Lo decisivo no es su existencia sino su reproducción. En Salta, más que alternancia hubo continuidad. Cambiaron los regímenes, no siempre los nombres.
Porque en Salta, el poder no representa sólo función pública; es ante todo linaje, red, pertenencia, memoria compartida.
De la colonia a la república: mutaciones sin ruptura
Fijémonos nada más en la pirámide social de la colonia donde la aristocracia estaba ligada al comercio y la tierra. Era un modelo feudal heredado de España donde en el vértice estaba el virrey o funcionario real. Luego, los nobles y sus hijosdalgos, el clero, los militares, los comerciantes y debajo lo que en la terminología social de la época se denominaba “la chusma” formada por criollos, esclavos, negros, mulatos, zambos, aborígenes y por supuesto, el gaucho.
Si observamos con detenimiento ese mismo esquema continúa gobernando. Han cambiado las formas, los nombres, pero el núcleo del poder continúa inconmovible. Un raro fenómeno ya que los descendientes de aquellos patricios, mayoritariamente, destrozaron sus fortunas y sólo conservan apellidos que lejos del poder no tienen ninguna significación.
De allí la afición de estos descendientes sin riqueza de mantenerse inmediatos a la Curia católica, que les otorga un hilo de sustentación para continuar medrando en el poder. ¿Cuántos cargos ministeriales y otros menores no son “sugeridos” desde el palacio arzobispal?
Mayo de 1810: Cambiar todo para que nada cambie
La transición post 1810 nos informa que muchos patriotas fueron hijos de esa misma matriz social. Véase nada más los integrantes de la Logia Lautaro que llegaron a Buenos Aires con José de San Martín, entre los cuales había notables apellidos salteños. También la pertenencia a la Masonería ha sido un rasgo distintivo de las elites en Salta.
En el siglo XIX, las familias que supieron navegar entre federales y unitarios sin naufragar del todo, mantuvieron aquel viejo esquema. Revisemos los nombres de los gobernadores de ese período y de los ministros y legisladores. No se encuentra a ningún Mamaní, Huanca, Chura, Ticona o Mollo; todos de neto abolengo altoperuano originario. Es un síntoma, no se puede negar.
El Movimiento de Mayo cambió el idioma del poder, no necesariamente su sociología. También es interesante estudiar las intervenciones federales, siempre aparecieron los mismos apellidos.
¡Y llegó el peronismo!
El peronismo entronizó al “populacho”, los sindicalistas y obreros ¡llegaron a ser ministros! Y cuando parecía que había llegado el fin de una época, en Salta, comenzaron a aparecer rancios apellidos en la conducción del Movimiento Nacional Justicialista. Y también en los cargos públicos. Una muestra evidente de que el poder en Salta no dependía de las urnas sino de los pactos realizados en las grandes fincas y establecimientos industriales. El viejo esquema sobrevivió a todo, adaptándose.
No hay que confundirse, no es que gobernaran siempre; es que nunca dejaron de estar cerca de quien gobernaba.
El apellido como capital simbólico
En Salta, particularmente, los apellidos funcionan como una marca de confiabilidad, un certificado de pertenencia y una garantía de acceso. Es una red invisible que no significa conspiración sino sociabilidad cerrada.
Es lo que la sociología llama “capital social heredado”. A estas elites no les interesan los cargos, el sueldo ministerial, les importa diseñar el modelo de gobierno que mantenga el poder donde siempre estuvo. Esto de la democracia se convirtió, en muchos casos, en la escenografía institucional de decisiones tomadas en ámbitos menos visibles. En Salta, el poder jamás se improvisa. No es una acusación moral. Es un fenómeno estructural.
Creo, sin temor al equívoco, que el único hombre que logró partir este sistema y poner de rodillas a las castas, fue Roberto Romero. Pero esa capacidad de transformarse de las elites terminó con muchos de ellos cantando la Marcha Peronista. Y diría el personaje de Minguito Tinguitella: “Todo segual”.
El dilema republicano
No nos equivoquemos; aún la República necesita elites. Ocurre en Estados Unidos, Rusia y hasta en la misma China. Pero la realidad del Nuevo Orden exige élites abiertas, permeables y sobre todo informadas. El gran problema de la élite salteña es su ignorancia y falta de visión sobre lo que se viene.
Esto explica el atraso de Salta, porque cuando el poder se vuelve endogámico, se debilita la meritocracia, se reduce la movilidad social, se consolida el cinismo ciudadano. Y entonces el problema no es el apellido sino la postergación social generalizada.
El Dr. Félix Luna, nos decía: “Alguna vez alguien tendría que estudiar por qué, desde los orígenes de la historia argentina, siempre hubo apellidos salteños en los puestos más destacados de la política”.
Tal vez, en este análisis se encuentre la respuesta.
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

