POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Pareciera existir una desesperación en las altas esferas del poder mundial por desatar una guerra intercontinental de consecuencias impensadas. Seguramente los diseñadores de este escenario han previsto todos los detalles, pero en las actuales circunstancias el margen de error cuenta como detonador imprevisible.
Mientras las potencias concentran fuerzas en el corazón inflamable del planeta, el silencio entre explosiones mediatizadas se vuelve casi más temible que los cañones mismos. Estados Unidos ha reunido en el Golfo Pérsico una armada que no se veía desde la invasión de Irak en 2003: dos portaaviones -el USS Abraham Lincoln y el USS Gerald R. Ford, este último el buque más sofisticado jamás botado-, decenas de aviones de combate F-35 y F-22, misiles antiaéreos y, según algunos informes, decenas de miles de soldados y marines listos para entrar en acción en cuestión de horas .
Del otro lado, Irán responde con una frialdad estratégica punzante: ejercicios navales en el estrecho de Ormuz, amenazas veladas de medidas más duras y, en una jugada que recuerda a los grandes finales de ajedrez de la Guerra Fría, el cierre parcial de uno de los pasos marítimos más vitales del mundo .
Si aceptamos que ninguna gran guerra comienza sin una justificación narrativa, hoy asistimos al proceso por el cual ambas potencias esculpen su propia legitimación. Pero eso no significa que la guerra sea inevitable. Significa que el escenario está dispuesto para que la historia -con o sin Occidente- decida cuál será el próximo acto.
Este despliegue responde, al menos oficialmente, a dos objetivos: Disuadir acciones iraníes que puedan afectar a aliados de Estados Unidos en la región. Y presionar a Teherán para que acepte un marco de negociaciones más estricto sobre su programa nuclear y su proyección regional.
Pero también expone a Estados Unidos a un riesgo que se parecía perdido: el de quedar atrapado en un conflicto que no puede controlar completamente.
El estrecho de Ormuz: la péndola estratégica del planeta
Si hay una pieza que hace temblar a ministros de economía y comandantes navales por igual, esa es el estrecho de Ormuz. Por allí transita casi un quinto de todo el petróleo que se comercia en los mercados globales. Cerrar ese paso, aunque sea parcialmente o durante ejercicios militares, es enviar un mensaje inequívoco: el control del flujo energético mundial no es un comodín negociable; es una carta geopolítica de peso extremo .
¿Estamos a horas de una guerra? La respuesta no es binaria
Periodísticamente hablando, la palabra guerra se usa con demasiada generosidad mediática. Hay conflictos, tensiones, confrontaciones indirectas, ataques con drones, pero una guerra formal entre Estados Unidos e Irán implicaría un salto cualitativo profundo: declaración de hostilidades, movilización estratégica de aliados, impacto económico global visible al instante.
Hoy, lo que sí existe es:
Preparación militar de altísima escala.
Advertencias públicas cruzadas entre Washington y Teherán.
Un historial reciente de enfrentamientos indirectos que no se convirtieron en guerra global.
Los mismos anales de 2019-2022 nos recuerdan que una escalada extrema puede retroceder sin el estallido de un conflicto total; que la diplomacia y la amenaza simultánea pueden ser, paradójicamente, las manos tendidas más firmes.
Consecuencias más allá del frente de batalla
Si las palabras se transformaran en explosiones, el mundo entero sentiría la onda expansiva:
Primero, con un shock energético global. Los precios del petróleo se dispararían. La inflación, ya una cicatriz abierta en muchas economías, podría profundizarse. Naciones europeas y asiáticas, dependientes del crudo y el gas, se verían forzadas a reconfigurar cadenas de suministro sobre la marcha.
Segundo: Mercados en pánico. Los mercados financieros, siempre sensibles al riesgo geopolítico, entrarían en una fase de turbulencia extrema. Los fondos de inversión huirían de activos de riesgo; las monedas de economías emergentes podrían sufrir pérdidas agudas (Ahí entra Argentina y sus economías regionales).
Tercero: Reconfiguración de alianzas. Rusia y China, con intereses directos en torno a Irán, podrían verse empujadas a tomar posturas más visibles, consolidando un nuevo eje que desafíe no sólo militarmente, sino ideológicamente el orden liderado por Washington.
Cuarto: Costo humano inconmensurable. En cualquier conflicto de gran escala, lo que más pesa siempre tiene nombre y apellido: vidas humanas, familias desarraigadas, sociedades fracturadas.
Conclusión: no estamos en 1914, pero el tablero tiene relámpagos
Esta situación es una prueba de fuego para la arquitectura de seguridad global que hemos heredado y que es frágil, contradictoria y siempre sorprendentemente volátil.
Por eso, más que preguntar si faltan horas para una guerra, deberíamos interrogarnos:
¿Qué clase de mundo estamos construyendo en el intermedio?
¿Uno donde las amenazas son suficiente política exterior, o uno donde la diplomacia todavía tiene el último turno de palabra?
Mientras tanto, en el estrecho de Ormuz, el reloj de arena sigue cayendo y el mundo entero mira.
