13 de Febrero: Celébrase hoy el Día del “Pata’i lana”

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – Jefe de Redacción – www.ernestobisceglia.com.ar

La jornada previa al día en que se conmemora a Cupido, a quien a veces, al principio se honra y luego de unos años no se sabe si demandarlo en el juicio de divorcio, es celebrado por la plebe como el “Día del Amante”, o como suele decir el populacho, el “Día del Pata’i lana”. Un rótulo imaginativo para designar “al otro” o a “la otra”, que comparten el lecho “ad hoc” de tantas parejas finamente consagradas ante el juez y ante el altar.

Pero he de deciros que la naturaleza humana, siempre proclive a la caída desde Adán y Eva, halla en la clandestinidad una forma desfogar aquellas comezones del bajo vientre, que por sustanciarse a las sombras de la legalidad parecen ofrecer un “savoir foire” (distinto del savoir-faire), aunque el vulgo, incapaz de distinguir sutilezas del francés, lo pronuncie como savoir-foire, sin advertir que así convierte el refinamiento en un episodio intestinal. Sólo aquellos que, como nosotros, comprendemos estas delicadezas lingüísticas, sabemos de lo que hablamos.

En el fondo de la cuestión campea el problema tan humano de la mentira, pues todo aquello que no puede ejecutarse a la luz pública, “per se”, raya en la deshonestidad. La procacidad sumada al engaño resultan una fórmula que parece contribuir a un mayor desarrollo de dopamina.  

Como veréis, la sociedad es intrínsecamente machista aún para los asuntos subrepticios y furtivos. Pues, si la infidelidad la ejecuta un varón, este se posiciona en el imaginario colectivo como un “homo eroticus, super macho” -Lando Buzanca, diría-, pero si la que yace con hombre ajeno es una fémina, el vulgo predicará de ella diciendo “mirá la turra esa”. En pleno siglo XXI, aquello que favorece el “ánimus-corpus” tan bien a hombres y mujeres, para ellos es una cucarda y para ellas un demérito.

Entre las clases sociales distinguidas estas artes del disimulo, verdaderos ejercicios de hipocresía socialmente aceptada, más aún en aldeas de cuño religioso donde la doble vida es una liturgia del engaño con perfume francés, el deslizarse entre las sábanas de satén ajenas no es una aventura arrabalera o una simple fricción púbica como ocurre entre los simples, sino que se trata como una forma aristocrática de mentir con educación. No se habla entre nosotros de amancebamiento o adulterio, sino de “deslices institucionalizados”, infidelidades de salón, con copa en mano y moral en el bolsillo. Nada que una misa de doce y una buena limosna no devuelvan la paz espiritual al penitente.

En el tiempo, he comprobado que aquí en el Norte, donde sois tan apegados a la tradición y donde el malbec de altura parece proporcionar cierto acicate al humor popular;  los apodos son una institución y el “saber popular” ha consagrado a quien practica esta institución a los lances amorosos extraconyugales con el mote folclórico y urbano del  “pata’i lana”.

En momentos en que las personas ladran, otros reptan y algunos intentan piar, sin embargo, el machismo norteño continúa vigente, pues -como os dije-, se habla DEL “pata’i lana”, otorgándole el carácter de sólo posible para el hombre, no así para la mujer. Esta institución del “pata’i lana” es casi una distinción en los círculos de amigotes; que sin embargo, cuando se trata de aplicarla a la mujer, esta resulta siendo una “bombacha veloz”, “mina de elástico flojo”, y otros apelativos sinceramente vergonzantes.

Liberales como somos, defendemos aquí, el derecho de las féminas a ejercer el noble acto del retozo extramatrimonial, pues a la hora de “hacer viajar” al “macho de la casa”, son verdaderas musas del doble discurso.

Así, si el 14 de febrero es el día del amor oficial, con flores y bombones, el 13 es el día del amor clandestino, sin factura y sin testigos. ¡Celebremos, pues, al “pata’i lana! Porque es más dúctil que el obeso cocacolero que ingresa por la chimenea en la Navidad llevado por renos. El “pata’i lana”, ingresa por allí, por la ventana, por el fondo, mientras el reno no lo espera afuera sino en el trabajo, con otros amigos, en fin… Vosotros comprendeis.

El “pata’i lana” es un experto en el arte del desliz, pisa suave, entra sin hacer ruido, no figura en el acta pero sí en la historia.

Hoy no es Día del Amante: es Día del que jura que fue la última vez. Cuando se envía una esquela que dice ‘te extraño’ pero escrita con culpa. Es el día de ese que no tiene fotos, pero sí coartadas, por eso decimos que el día 13 de febrero no se festeja, se disimula.

Y así, mientras mañana el amor se exhibirá en vidrieras -con rosas importadas, ositos de felpa y promesas de cartón- hoy se honra al afecto sin recibo, al deseo sin acta, al sentimiento que no entra por la puerta principal porque sabe que la moral es un portero corruptible.

El “pata’i lana” no es un pecador: es un producto social. Una criatura nacida del matrimonio como contrato, de la pasión como fuga, y de la hipocresía como sacramento. Es el síntoma perfecto de esta época donde todo se proclama en redes, pero todo se practica en secreto.

Por eso el 13 de febrero no es una fecha romántica: es un feriado del doble discurso. El día en que Cupido deja el arco y se compra un silenciador. El día en que la virtud se maquilla, la conciencia se persigna y la mentira se perfuma.

Y mañana, cuando los novios y los esposos se juren amor eterno con bombones y tarjetas de crédito, el “pata’i lana” ya habrá desaparecido… como desaparecen siempre las cosas verdaderamente humanas: sin despedida, sin pruebas y sin testigos.

Porque en el Norte -como en el mundo- el amor oficial se celebra. Pero el verdadero… se escurre.

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