¿Nadie se da cuenta de lo que está pasando ni de lo que está por suceder?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Por momentos sorprende y hasta produce escalofríos ver la pasividad de la gente frente a lo que está ocurriendo. Donde se mire, en el ánimo de quienes conducen los destinos de los pueblos parece haber desaparecido todo atisbo de humanidad. El interés por la dominación, la obsesión por el poder, la lujuria de codicia y hedonismo son los objetivos a conseguir.

Hemos invertido los términos del Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau, que hoy es profético: “El hombre nace libre en la naturaleza pero sin embargo vive entre cadenas”. Al destruir las instituciones, al saltar la legalidad utilizando a la propia ley, estamos volviendo al estado de naturaleza más salvaje, donde la fuerza es el derecho, ya ni siquiera de las bestias porque los irracionales hallan límites en la satisfacción de sus instintos, el hombre no. La consigna es degradar al otro, a la sociedad, al medio ambiente, a ellos mismos.

¿Qué es lo que obnubila a las personas frente a un Donald Trump, que avasalla el derecho internacional, que decide apropiarse de territorios a punta de misiles si es necesario? ¿Cómo se comprende que las ciudades sean reducidas a cotos de caza de personas? Y en Argentina, el presidente, Javier Milei, rompe el pacto que sostiene a la comunidad organizada predicando el odio, despedazando el país, reduciendo a los más sufren a un calvario infame, celebrado públicamente en sus discursos.

Este cuadro se repite en el Oriente, en la Rusia y en la China; por doquier parece haberse extendido una fiebre de consumismo: hay que consumirlo todo, los recursos, los países y sus habitantes, todo.

En el mito de la Creación, se lee: “… Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” (Génesis 1:28), pero en ninguna parte se lee la palabra “avasallad”, “exterminad”, y menos todavía menciona en el “sojuzgad y señoread” al hombre.

Vivimos el tiempo en que se avanza y se mancilla la dignidad del hombre en todas sus condiciones: como mujer, como varón, como niño, como anciano, como discapacitado. Se va contra el piensa distinto o libre, contra el de otra religión, de otra elección sexual.

Estamos siendo reducidos a viles objetos de consumo con nuestra propia anuencia: cuando nos piden reconocimiento facial, huella digital, los datos antropométricos están formando una colosal base de datos que las potencias que compran esos datos -como China, principalmente-, van a utilizar para poner en marcha el próximo sistema de control global que ya comenzó.

Lo más aterrador de este tiempo no es Trump, ni Milei, ni Xi, ni Putin. Lo verdaderamente apocalíptico es la docilidad de las masas. No la ignorancia: la docilidad. Esa mansedumbre de rebaño que entrega derechos como quien entrega una contraseña de WiFi. La gente ya no es víctima: empieza a ser colaboracionista.

Ya hemos perdido la libertad que garantizaba la dignidad de ser humanos; el contrato social ha sido destruido e invertido. La democracia ya no existe, no sólo por los sistemas electrónicos de sufragio que no garantizan reflejar la voluntad popular, sino además porque los partidos políticos ya están dejando de existir o directamente ya no existen como en la Argentina.

En suma, estamos al arbitrio de seres anormales, psicópatas con alto poder, que han descubierto el secreto más eficaz de la dominación: ya no hace falta conquistar pueblos, basta con quebrar su espíritu. Ya no hace falta imponer cadenas: alcanza con convencerlos de que son modernas.

Y mientras tanto, la humanidad avanza sonámbula hacia su propia demolición, como si la historia fuera un videojuego y no un tribunal. Se habla de progreso, pero se respira decadencia. Se predica libertad, pero se fabrica obediencia. Se invoca la democracia, pero se administra el miedo.

Uno podría decir que esto lo anunció un profeta. Pero no hace falta serlo. Basta con mirar. Basta con escuchar. Basta con tener aún un resto de conciencia que no haya sido anestesiada por el espectáculo, la ideología o el consumo.

Porque lo que está llegando o lo que ya llegó, no es sólo un nuevo orden político: es algo peor. Es el tiempo en que el hombre deja de ser persona y pasa a ser dato. Pasa a ser mercancía. Pasa a ser pieza descartable de una maquinaria global que no conoce piedad, ni patria, ni ley, ni Dios.

Y entonces la pregunta final no es qué harán los poderosos. Ellos harán lo que siempre hicieron.

La pregunta es otra, infinitamente más terrible: ¿cuánto falta para que nos demos cuenta de que el Apocalipsis no viene… sino que se ya se está administrando?

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.