Teilhard de Chardin y la herejía de pensar el Universo: ¿Por qué la Iglesia censuró al jesuita más lúcido de su tiempo?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hace tiempo que esta nota viene macerándose. Porque el pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin, es demasiado rico, demasiado intenso y profundo. Pero sobre todo demasiado avanzado para su tiempo, e incluso para el nuestro donde todavía a pesar de los avances tecnológicos y científicos las rémoras teológicas continúan la lucha contra la lucidez espiritual.

Chardin no “descubrió” algo en el sentido empírico del laboratorio, sino que pensó lo que muchos veían, pero nadie se animaba a decir: que el universo no sólo evoluciona en términos físicos, sino conscientes. Que la materia no es un residuo inerte, sino el primer balbuceo del espíritu.

Desde el Big Bang hasta hoy -decía Teilhard- no asistimos a una mera expansión de galaxias, sino a un proceso de complejidad creciente: partículas que se organizan en átomos, átomos en moléculas, moléculas en células, células en organismos, organismos en conciencia reflexiva. La conciencia no aparece como accidente tardío, sino como dirección profunda del cosmos. El universo, en cierto modo, piensa.

Ese movimiento tiene un vector: va del punto Alfa material hacia un Omega espiritual (desde una conciencia embrionaria hacia una conciencia plena). El Alfa es la conciencia atrapada en la materia, identificada con el tener, con la acumulación, con el ego como centro del mundo. El Omega es el extremo opuesto: la conciencia liberada, unificada, transpersonal. Santidad para el cristiano, budeidad para el budista, iluminación para el místico. Ya no el “yo”, sino el ser.

Aquí aparece una coincidencia inquietante y peligrosa: cuando el Apocalipsis pone en boca de Cristo “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Ap. 22, 13-15), Teilhard no escucha una frase devocional, sino una clave evolutiva. Cristo no sería sólo una figura histórica, sino la anticipación del destino último de la conciencia. El Omega no está afuera del mundo: actúa desde dentro, atrayendo la evolución hacia sí.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué la Iglesia Católica prohibió a Teilhard de Chardin?

Porque Teilhard hacía algo imperdonable para una institución que se piensa guardiana del dogma: pensaba a Dios en proceso, no como objeto terminado. Desarmaba la idea de un cielo fijo y separado, y la reemplazaba por un Dios que emerge con el mundo, que se manifiesta en la historia, en la materia, en la evolución misma.

Para Roma, eso era dinamita. Si la conciencia evoluciona, si la santidad es un destino colectivo y no un privilegio clerical, si Cristo es el Omega hacia el que todos caminamos, entonces la Iglesia deja de ser la dueña del acceso a lo sagrado y pasa a ser, apenas, una mediadora más.

Teilhard no fue excomulgado, pero sí silenciado. Se le prohibió publicar en vida. Como suele hacer la Iglesia cuando no puede refutar una idea: la deja morir por asfixia. La Iglesia no temía su fe: temía su inteligencia.

Paradójicamente, hoy -en plena crisis de sentido, de fe y de civilización-, su pensamiento vuelve con fuerza. Tal vez porque intuyó algo incómodo pero urgente: que la evolución no terminó, que seguimos en viaje, y que el verdadero escándalo no es pensar demasiado, sino no evolucionar nada.-

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.