Constelaciones jurídicas: Cuando perder un juicio ya no es culpa del abogado, sino del bisabuelo

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – Jefe de Redacción

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¡Ah, vosotros! Juristas y católicos de pacotilla, cuando no sois más que aves negras depredando la ingenuidad de almas fatigadas que se trenzan en disputas por unos reales. Supieran ellos que, hablando entre contendientes y arreglando, no seríais más que administrativos leguleyos con algunos artículos en la verborragia. Pero os llamáis “doctos”, cuando apenas sois sacerdotes del papel sellado y prestidigitadores del conflicto.

No os alcanzaba con viborear sobre la ignorancia ajena, sino que ahora vais en busca de astros, energías y semidioses para iluminar vuestros altares judiciales, donde operáis como clero forense en el mercado secundario del dolor. El foro ya no discute: vibra.

Veo -no sin azorarme- que la profesión honorable de Cicerón va camino a convertirse en un consultorio jurídico-esotérico, donde será más importante calificarse de médium que de abogado. Total, el caso ya no lo resolverá el Código de Napoleón ni las XII Tablas, sino Saint Germain o Madame Blavatsky. Kelsen, desde luego, habrá sido un ancestro excluido.

En efecto, la posmodernidad ha dado un paso decisivo -y definitivo- hacia la disolución del Derecho: han llegado las Constelaciones Jurídicas Restaurativas.

El Código Civil ha sido reemplazado por el árbol genealógico. El expediente, por la abuela. La sentencia, por una emoción no resuelta en 1897.

Ya no se trata de probar hechos ni de interpretar normas. El conflicto no está en el expediente, sino “más allá”. Más allá del juez, de la ley y de la razón. En algún punto difuso donde vuestro tatarabuelo le gritó a una vaca y eso explica, con claridad cósmica, por qué habéis perdido la apelación.

La escena es irresistible:

—Doctor, perdimos el juicio.

—Tranquilo. ¿Cómo se llevaba usted con su linaje materno?

Así, el Derecho abandona siglos de Ilustración para abrazar, con entusiasmo new age, la idea de que una cautelar mal otorgada puede ser producto de un trauma transgeneracional. No hubo mala praxis. Hubo bisabuela desplazada.

El acusado ya no es responsable: está constelado. El juez ya no falla: vibra. El abogado ya no litiga: facilita.

La ventaja es formidable: nadie es culpable. Ni funcionario, ni magistrado, ni profesional. A lo sumo, un ancestro. Muerto, claro. Que no puede defenderse.

Por esta vía, un homicidio podría no ser tal, sino la expresión tardía de una emoción no resuelta de algún antepasado en una guerra lejana. El derecho penal se vuelve psicodrama; el laboral, sesión grupal; el administrativo, una ronda donde el Estado pide perdón por haber nacido.

El sueño húmedo de cualquier poder: si algo sale mal, no fue corrupción, fue energía mal ubicada.

No es casual que estas propuestas florezcan en tiempos de crisis institucional. Cuando la ley no alcanza, se la reemplaza por misticismo. Cuando la Justicia falla, se culpa a los muertos.

Estamos, efectivamente, yéndonos a la mona. Pero con certificación, facilitador matriculado, WhatsApp de contacto y mediador esotérico incluido.

Por este camino, será más sensato contratar un metafísico que un abogado, y comparecer ante el Mago Merlín antes que ante un juez. Perder un juicio ya no será una injusticia, sino una constelación mal armada.

Y el Estado de Derecho, apenas un recuerdo… no resuelto por culpa de los abuelos.