POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay hombres que hacen de la fidelidad un dogma en el arte y de la infidelidad un drama en la vida. Johannes Brahms fue uno de ellos. En el panteón de la música clásica, Brahms ocupa un lugar de honor junto a Bach y Beethoven. No es un dato menor: es una declaración de principios. Porque, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Brahms eligió mirar hacia atrás cuando el mundo musical se desbordaba hacia adelante.
En pleno romanticismo, cuando Wagner incendiaba los teatros con óperas interminables y Liszt convertía el piano en espectáculo, Brahms decidió ser un hereje al revés: rechazó la novedad para ser fiel a la forma. Mozart y Haydn fueron sus faros. La arquitectura antes que el arrebato. La forma antes que el exceso.
Pero si en la música fue un conservador ilustrado, en la vida fue un territorio en conflicto permanente. Nos cuenta la historia que muy joven aún, Brahms fue recibido como un elegido por Robert Schumann, que no dudó en anunciar al mundo que ese muchacho estaba llamado a ser un gigante. Su esposa, Clara, pianista extraordinaria, también lo vio. Quizás demasiado.
No pasaría mucho tiempo para que entre Johannes y Clara naciera algo que no encontraba lugar en ninguna partitura. Amor, admiración, necesidad, culpa. A espaldas de Schumann primero; en su ausencia definitiva después, tras la muerte del compositor en 1856.
Nunca se casaron. Nunca se atrevieron del todo. Incluso acordaron destruir las cartas que los comprometían. Pero no lo hicieron. Tal vez porque hay culpas que también necesitan ser oídas.
Brahms eligió la forma clásica para contener un mundo interior turbulento. Tal vez por eso su música suena a orden, a equilibrio, a contención. Como si cada sinfonía fuera un intento de poner armonía donde la vida no la tuvo.
Sí, hay músicas que avanzan rompiendo todo. Y otras, como la de Brahms, que avanzan resistiendo. En el arte fue fiel a los clásicos. En la vida, no tanto. Pero de esa tensión -como casi siempre- nació la belleza.
Compartimos a continuación “Danzas Húngaras Nro 5 y 6”, bajo la dirección de aciej Tomasiewicz.
© – Ernesto Bisceglia
