POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Las noticias dan cuenta de en Salta se vive una de las más bajas performances turísticas, tanto que la provincia ni siquiera aparece en el ranking nacional de los destinos más buscados. Surge entonces el lamento coyuntural (la temporada floja), que es consecuencia de la ausencia estructural de una política cultural-turística. Sin cultura no hay turismo.
Podríamos esbozar el nudo de cuestión en una ecuación axiomática que sería la siguiente:
Cultura + Preparación del funcionario + Política turística = Destino sostenible
Esta ecuación no es ideológica: es empírica. Allí donde falla uno de sus términos, el turismo se vuelve episódico.
Vamos a decirlo sin pudor, porque si continuamos con ese periodismo eufemístico que quiere seguir acariciando a la gestión, la estructura crujirá todavía más. Tenemos una grave falencia estructural en materia de formación cultural en los funcionarios. ¡Ni digamos en los intendentes! Una gran mayoría, casi iletrados y otros verdaderos ágrafos. Una gran mayoría con una alarmante precariedad formativa y otros directamente ajenos a toda alfabetización cultural. He aquí la clave del estancamiento y la falta de progreso.
Por otro lado, el turismo no es producto de una convulsión espasmódica de efecto inmediato. Fortalecer a una plaza es una construcción lenta, donde no sólo depende de la voluntad, de la dinámica y de la capacidad del ministro de turno. El turismo es una arquitectura mucho más compleja que se inicia en el remisero que recibe a un pasajero, continúa por el mozo que lo atiende en un hotel, se proyecta en el policía que está de facción..., en fin; incluso hasta cada uno de nosotros que podemos ser consultados al azar por un turista.
Mientras en Europa, los mozos, los empleados de las gasolineras y los que llevan las maletas, le preguntan al pasajero en qué idioma quieren que lo atienda; en Salta, los remiseros y etcs., le dicen a los visitantes que “Güemes murió por pata’i lana, porque estaba en la cama equivocada”. O el mozo de un hotel importante le dice a un pasajero que “El viento Zonda debe su nombre a una tribu de indios de por ahi”. Estos son ejemplos reales constatados por este escriba.
En la cadena del turismo, todavía hay que afinar más la preparación de los guías; por curiosidad, este dicente, se ha sumado en más de una oportunidad a los contingentes que giran por la Plaza 9 de Julio, y se escuchan en ocasiones verdaderos disparates sobre las referencias históricas o edilicias.
El turismo no responde inmediatamente al marketing sino a un relato persistente. Salta tiene paisajes, pero no tiene dramaturgia. Tiene escenarios, pero carece de guion (y de guionistas).
El paisaje sin relato es una postal muda que por sí solo no fideliza. El turista vuelve cuando entiende qué está viendo, por qué importa y qué lo hace único. Esto lo ha comprendido muy bien Jujuy, que aplicó algo elemental: Humahuaca no es sólo un cerro; es una historia; el carnaval no es una fiesta; es un ritual. Salta, en cambio, ofrece lugares pero no sentidos.
Fiestas populares: de folklore vivo a souvenir muerto
Para potenciar el turismo hay que regionalizar la cultura: el carnaval del norte (Pim-Pim), con su raíz ancestral, es distinto al modelo importado de caporales. La Semana Santa en los Valles Calchaquíes, tiene una potencia simbólica única que sincretiza silencio, paisaje y rito. Las jineteadas, pialadas, fiestas gauchas, hoy tratadas como eventos aislados, sin curaduría ni calendario. Las celebraciones patronales de pueblos chicos, invisibles para el turismo formal, y así podríamos ordenar un verdadero catálogo de la ausencia de orden cultural.
La cosa no camina porque carecemos de un calendario cultural provincial serio y tenemos un rejunte de fechas sin hilo conductor.
Pero la piedra angular del problema se halla en los funcionarios sin formación cultural sólida. No se puede organizar lo que no se conoce. Este es un punto delicado, punzante, pero imprescindible de denunciar. El funcionario que desconoce la diferencia entre un ritual y un espectáculo termina banalizando ambos. El turismo gestionado sólo desde números produce temporadas cortas y olvidables.
En suma, en Salta, el turismo no fracasa por falta de recursos naturales, sino por pobreza conceptual.
¿Cómo es posible que las agencias locales ofrezcan Humahuaca, Maimará o Purmamarca, pero no la Fiesta de la Pachamama en algún municipio vallisto, sólo por decir un ejemplo. Esto revela una derrota simbólica, no sólo comercial.
La pobreza intelectual de los intendentes genera municipios sin identidad turística definida, por eso, no hay “destinos de evento” sino sólo “lugares de paso”. Falta articulación entre cultura, educación, turismo y producción local.
Por eso, digo, sin cultura no hay turismo; hay tránsito. Sin planificación a diez años, sólo hay temporadas de emergencia. Salta no necesita más fotos: necesita un relato, porque el turismo no se improvisa; se educa, se piensa y se sostiene.
A este paso, tal vez convendría encomendar el Ministerio de Turismo a la Virgen del Cerro, que sin presupuesto, sin marketing y sin funcionarios, sigue siendo una de las principales vendedoras de Salta. Milagro no: relato. ¡Ave María Purísima!
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
