POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La figura de Manuel Belgrano es la que más he profundizado en mis estudios sobre la historia argentina. Es que, en mi opinión, se trata del espíritu más esclarecido que dio aquel tiempo. Belgrano fue el primero en pensar el país, en pensar políticas sobre el suelo, la navegación, la educación -sobre todo-, el primer periodista, antes que Mariano Moreno, en fin; pero nunca me había detenido en la música como idea en su proyecto.
Es que Manuel Belgrano no fue músico. No compuso, no ejecutó instrumentos, no dejó partituras ni gustos confesos. Y, sin embargo, entendió algo que hoy parece perdido: que sin educación estética no hay educación cívica, y que sin cierta armonía del espíritu no hay República posible.

Belgrano fue un hijo pleno de la Ilustración. Formado en la España universitaria de fines del siglo XVIII, absorbió una idea central de su tiempo: la música no era entretenimiento, sino formación moral y cívica. Orden del oído, disciplina de las pasiones, pedagogía del alma. Un pueblo que aprende a escuchar -pensaban los ilustrados a-prende también a convivir.
Por eso, cuando Belgrano impulsa escuelas, piensa en una educación integral. No solo leer, escribir y contar: también formar sensibilidad. En ese mundo, la música no exaltaba el grito ni el desborde; buscaba equilibrio, proporción, mesura. Exactamente lo contrario del ruido.
La música que rodeó a Belgrano -la que pudo escuchar, conocer, valorar- fue la del clasicismo europeo, sobria, racional, luminosa. Joseph Haydn es su expresión más acabada. En obras como el Te Deum in C, compuesto en 1798, la música sacra deja de ser puro misticismo para convertirse en acción de gracias cívica: fe sin fanatismo, solemnidad sin estridencia, emoción sin desorden.
Esa música dice mucho del mundo que Belgrano imaginaba. Una Nación que no se construía sólo con ejércitos y decretos, sino también con hábitos culturales, con símbolos compartidos, con una pedagogía del espíritu. La bandera se mira; la música se incorpora al cuerpo. Una se respeta; la otra se siente. Ambas educan.
Belgrano no necesitó escribir música para comprender su función. Intuyó que un pueblo reducido al ruido es un pueblo fácilmente manipulable, y que la barbarie no siempre llega a caballo: a veces llega amplificada. Por eso, su proyecto no fue sólo político o militar; fue profundamente humanista.
Hoy, cuando el espacio público se parece más a un griterío que a una conversación, volver a ese clima sonoro no es nostalgia: es advertencia. Hubo un tiempo en que la música acompañaba la idea de Nación porque buscaba armonía. Y hubo hombres —como Belgrano— que entendieron que sin esa armonía no hay libertad que dure.
Tal vez por eso convenga escucharlo hoy rodeado de Haydn. No como fondo musical, sino como recordatorio: la República también se educa por el oído. Cuando todo es ruido, la libertad dura poco.
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
