Cuando el cuerpo paga lo que la política niega

POR LA DRA. CLARA INÉS FERREYRA* – www.ernestobisceglia.com.ar

No estamos atravesando una crisis psicológica en el sentido clásico del término. Las crisis son episodios: irrumpen, conmocionan, y eventualmente ceden. Lo que hoy se observa en consultorios, hospitales y espacios de escucha es otra cosa: un desgaste psíquico sostenido, una fatiga que no responde al descanso y que no encuentra palabras en el discurso público.

Ansiedad persistente, insomnio, irritabilidad, ataques de pánico, dificultades para concentrarse, dolores corporales sin causa médica clara, una sensación constante de cansancio y de fracaso personal. Los síntomas se repiten, pero no encajan del todo en los manuales diagnósticos. No porque sean nuevos, sino porque no nacen de un conflicto individual aislado, sino de un contexto que exige adaptación permanente sin ofrecer sostén.

La psicología clínica sabe desde hace décadas que el psiquismo puede tolerar el impacto de un shock. Lo que no tolera es la intemperie prolongada. La exigencia constante de “aguantar”, “resistir” o “ajustarse” va produciendo una erosión silenciosa. No se trata de fragilidad subjetiva; se trata de límites humanos.

En este escenario, el cuerpo se convierte en portavoz. Allí donde el discurso económico habla de orden, equilibrio o corrección, el cuerpo responde con síntomas. El insomnio dice lo que el relato no quiere escuchar: que no todo se acomoda, que no todo se estabiliza. La ansiedad no es un defecto de carácter; es la expresión de una incertidumbre que se vuelve permanente.

Uno de los mecanismos más dañinos en este proceso es la culpabilización individual del malestar. “Si no llegás, es porque no te esforzás”, “hay que adaptarse”, “todo es una cuestión de actitud”. Estas frases, repetidas hasta el cansancio, no sólo niegan las condiciones materiales de existencia, sino que producen un efecto clínico concreto: el sufrimiento se privatiza, se vuelve vergonzante, y el sujeto termina creyendo que su padecimiento es una falla personal.

Desde la psicología, esto es especialmente grave. Cuando el dolor no encuentra reconocimiento social, se transforma en culpa. Y cuando la culpa se instala, la posibilidad de elaborar el malestar se reduce drásticamente.

No todo lo que duele es patología. A veces, el malestar es una forma de lucidez. A veces, es la reacción saludable frente a una realidad que se ha vuelto excesivamente demandante. La clínica no puede convertirse en un espacio de anestesia social ni en una fábrica de diagnósticos que silencien lo evidente.

Acompañar, en este contexto, no es sólo aliviar síntomas. Es también devolver sentido, ayudar a que el sujeto comprenda que no todo lo que le ocurre le pertenece exclusivamente. Que hay sufrimientos que son individuales en su vivencia, pero sociales en su origen.

La salud mental no es un lujo ni una variable secundaria. Es un indicador sensible de cómo una sociedad trata a quienes la habitan. Cuando los cuerpos hablan, conviene escucharlos. Porque lo que hoy aparece como cansancio, mañana puede convertirse en algo mucho más difícil de reparar.

No estamos ante una sociedad débil. Estamos ante una sociedad exhausta. Y reconocerlo no es un gesto de derrota, sino el primer paso para volver a pensar el cuidado, no como consigna, sino como responsabilidad colectiva.

(*) Dra. Clara Inés Ferreyra

Psicóloga (UBA), Doctora en Psicología y docente universitaria. Especialista en adolescencia, salud mental comunitaria y problemáticas sociales contemporáneas. En esta columna abordará el malestar psíquico desde una perspectiva social, ética y no reduccionista.