POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

En la tradición teológica inspirada en San Juan (9,41) y luego en San Pablo (Romanos 6,1–2), se advierte sobre el pecado que permanece. Se tropieza por fragilidad; el mal verdadero está en la voluntad que persiste, que decide sostener la mala acción.
Veamos cómo, por analogía, puede aplicarse el mismo razonamiento a la política. Millones votamos a un individuo como Javier Milei aun advirtiendo que parecía no tener el equipo de jugadores completo, empujados por el hartazgo ante la destrucción y el saqueo padecidos durante el kirchnerismo.
Erasmo de Rotterdam, en El elogio de la locura, saluda los beneficios que ciertas alteraciones mentales proveen a los estultos; incluso llega a sostener que la locura es un bien necesario: casi una condición de posibilidad de la vida humana, de la felicidad y -con ácido humor- incluso de la religión. Sí: hay que estar un poco loco para ser religioso.
En su obra, Erasmo sugiere -parafraseando su argumento- que sin locura no hay placer, no hay amor, no hay sociedad, no hay infancia, no hay ilusión. La razón pura -seca, contable, grave- no funda la vida: la entorpece.
Así, una mayoría decidió votar al loco. Tal vez intuyendo, sin haber leído a Erasmo, que alguna genialidad podía esconderse en ese desorden vital.
Pero todo concluye en una paradoja decisiva: no es que la locura sea buena; es que sin ella la razón se vuelve monstruosa. El problema aparece cuando se confunde esa locura fértil con otra cosa muy distinta. Y allí caímos: no votamos a un loco, votamos a un insano.
Para no incurrir en ejercicio ilegal de la medicina mental, aclaramos que este análisis se realiza a la luz de la literatura y la filosofía. En ese registro, la locura no designa una enfermedad, sino un desajuste fértil: es metafórica, no clínica; puede ser lúcida; produce sentido, arte, amor, fe y crítica. En Erasmo, en Shakespeare, en Cervantes, la locura es una hiperhumanidad: no falta razón, sobra vida.
La insanía, en cambio, es la ruptura de la razón como facultad. Es patológica, involuntaria e incapacitante, porque disuelve la autonomía y el juicio de realidad. No juega con lo real: lo pierde. No exagera el sentido: lo rompe. No funda metáforas: produce desconexión. La locura puede incluso producir felicidad; donde hay insanía no hay ironía posible. La locura dialoga con la razón; la insanía la anula. La locura es un exceso simbólico; la insanía, un déficit funcional.
Un país de locos con un presidente dudosamente normal
Hemos pecado votando a un alterado, a un insensible y a un apátrida. Pero el peor pecado es perseverar en la ilusión de que, con los libertarios en el poder, pueda haber remisión, salvación o salida para esta Patria.
El problema mayor es que no hay hoy alternativa viable. La política está destruida, y toda organización política es una construcción lenta, de décadas. Tenemos un país disociado, capturado por la ignorancia generalizada.
La bandera argentina flameando destrozada frente al monumento a su creador, el general Manuel Belgrano, es la síntesis más acabada del momento que vivimos: una mente clínicamente dañada conduciendo a un país trozado y entregado por partes.
Volvamos a decir con Belgrano: “¡Ay, Patria mía!”
© – Ernesto Bisceglia
