Cuento: Salsipuedes, el pueblo donde crecer era delito

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Salsipuedes era un poblado antiguo, uno de esos retazos que aún sobrevivían al desarrollo y al progreso con una obstinación medieval. Casas bajas como sus habitantes, calles trazadas a cordel para imponer un orden rígido, costumbres blanqueadas a la cal, idénticas a las paredes que las contenían. Todo estaba pensado para no sobresalir.

En Salsipuedes todos eran bajos. Algunos, incluso, liliputienses. No metafóricamente: bajos de cuerpo, de mirada, de ambición… y de espíritu. Las casas eran bajas, las ideas rasantes, los sueños se golpeaban contra el techo antes de aprender a volar. Nadie lo consideraba un problema; al contrario: la chatura era tradición, orgullo y doctrina. Ser enano en Salsipuedes era una virtud; en ciertos casos, hasta un signo de distinción social.

Por esos insondables caprichos de la vida, Altamiro fue a parar allí. No era alto -lo cual habría sido imperdonable-, pero pensaba hacia arriba. Poseía la única biblioteca del lugar; leía libros que nadie entendía, hacía preguntas que incomodaban y tenía la peligrosa costumbre de callar cuando todos gritaban y de hablar cuando todos callaban. Por eso lo toleraban apenas, como se tolera a una rareza inofensiva… hasta que deja de serlo.

Peor aún: tenía la mala costumbre de pensar. Y de decirlo.

Una noche, en el fondo de su casa baja, Altamiro -que también practicaba cierta alquimia esotérica de las palabras- descubrió un elixir. No era milagroso ni divino: era conocimiento, paciencia, curiosidad y coraje. Bastaban unas gotas para que quien lo bebiera creciera. No sólo en estatura: se le enderezaba la espalda, se le aclaraban los ojos, se le ensanchaba el mundo. Era, sencillamente, la fórmula para dejar de ser enano.

Feliz por su hallazgo y creyendo aún en la buena fe ajena, Altamiro lo anunció con ingenuidad casi infantil: ¡Podemos crecer! dijo en la plaza, un domingo, a la salida de misa. ¡Todos!

El silencio fue inmediato y espeso. Los gobernantes -enanos con banda- se miraron con alarma. Los clérigos -enanos con sotana- se santiguaron como si presenciaran un exorcismo. El pueblo -enanos sin espejo- sintió un miedo nuevo: el de verse pequeño.

El descubrimiento causó pavor. Los enanos de los altos cargos comprendieron que podían ser superados. El ministro de Educación, que medía apenas un metro treinta, exclamó con el rostro desencajado:

—¡Esto es subversivo!

Y agregó, casi susurrando:

Si dejamos que este sujeto reparta su fórmula, además de crecer… comenzarán a pensar.

El parloteo fue unánime.

Al día siguiente, el Gobierno dictó un decreto urgente:

“Visto el elixir publicitado por el ciudadano Altamiro, cuyos efectos pueden resultar devastadores para la población y las autoridades de Salsipuedes, se decreta:

Artículo primero: queda prohibido crecer.

Artículo segundo: todo intento de elevarse será considerado una amenaza al orden natural.

Artículo tercero: Altamiro será aislado a fin de resguardar la sana convivencia.”

No lo encarcelaron. Hicieron algo peor: lo rodearon de silencio. Le retiraron la voz, le negaron el oído, lo convirtieron en una sombra que nadie debía mirar. Decían que el elixir era peligroso, que podía provocar vértigo, opiniones críticas, comparación… y libre pensamiento.

Así terminó sus días Altamiro, condenado a un ostracismo interno, desprestigiado por diarios que anunciaban en tapa que se había confirmado, una vez más, que la Tierra era plana y que todo giraba en torno de ella.

Se refugió en su biblioteca y dicen que descubrió muchas otras formas de crecer, aunque ya no las anunciaba. Cuando levantaba la vista y veía las casas bajas, las procesiones y los actos cívicos, se decía:

—¿Para qué decir nada?

Si todos quieren seguir siendo enanos.

Porque en Salsipuedes el problema no era ser enano. El problema era que alguien demostrara que no era obligatorio.

Altamiro envejeció solo, pero nunca dejó de crecer por dentro. Guardó el elixir en frascos pequeños, como semillas. Sabía que algún día -cuando la asfixia fuera insoportable- alguien, quizá un niño, los encontraría.

Y entonces Salsipuedes tendría que elegir: romper aquel decreto infame o seguir caminando, eternamente, a la altura exacta de sus propias miserias.