¿Qué hicimos para no tener nunca un gobierno decente?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Lo llaman Karma: toda acción deja una huella que vuelve, no como castigo místico sino como consecuencia ética e histórica; lo que se siembra, tarde o temprano, se cosecha. Los países también tienen karma: su historia acumulada de decisiones, violencias y omisiones termina regresando en forma de crisis, resistencias o decadencias, aunque cambien los gobiernos y los discursos.

Quizás debamos constelarnos todos y descubramos que la culpa de todos nuestros males es de la Primera Junta de Mayo de 1810…, o de antes.

Lo cierto es que tomemos nada más que nuestra generación, la de los nacidos entre 1960/70, la “Generación X”; nuestra memoria no tiene más que conflictos, bombas en las calles, enfrentamientos, secuestros, asesinatos, tomas a los cuarteles, inflación galopante, desabastecimiento, incertidumbre…, eso nada más que bajo el gobierno peronista de Isabel Perón.

Desde 1976, recordamos, bombas en las calles, enfrentamientos, secuestros, asesinatos, desapariciones forzadas y un Mundial de Fútbol, bajo gobierno militar.

Desde 1983 hasta hoy atravesamos cuatro décadas de democracia formal y fracaso estructural. No hubo dictaduras, es cierto, pero tampoco hubo un proyecto nacional sostenido.

Alfonsín intentó reconstruir la República con ética y palabras, pero sin poder real ni economía; Menem gobernó con poder real, pero demolió la industria, la cultura del trabajo y el futuro; la Alianza prometió honestidad y terminó en helicópteros; el kirchnerismo administró crecimiento coyuntural con relato épico, corrupción estructural y una grieta como método; Macri ofreció normalidad y dejó endeudamiento, ajuste y decepción; Alberto Fernández fue la síntesis del extravío: un gobierno sin autoridad, sin rumbo y sin coraje.

Cuarenta años después, la democracia sobrevivió, pero la Argentina no mejoró: se empobreció, se fragmentó y se acostumbró a vivir mal.

Y ahora estamos a mitad del río (del mandato, se entiende), con un gobierno sui géneris, donde, salvo el presidente, el resto del elenco repite a los mismos autores del fracaso nacional, reciclados. ¿Qué ha cambiado?

No sólo no ha cambiado nada sino que ahora experimentamos sensaciones nuevas como el haber abandonado definitivamente el estatus de Nación libre y soberana, el hundirnos en la ignorancia por decisión oficial, la precarización del trabajo oficializada, los jubilados en rango de mendicidad.

Y ni siquiera nos queda -como se decía antes- la posibilidad de Ezeiza como salida, porque no conviene emigrar ni siquiera al Uruguay, en todo el vecindario inmediato están mejor que nosotros. Europa, ni pensarlo.

Ya supimos decirlo, los argentinos somos como los condenados en el Canto XX del Infierno de la Divina Comedia, donde ubica a los adivinos, augures y falsos profetas, castigados con la cabeza girada hacia atrás:avanzan mirando eternamente al pasado. Dante lo dice con una claridad casi quirúrgica: “mirar atrás les es forzoso, pues la vista se les volvió al revés”. Esto es Argentina, un país que camina, pero sólo sabe mirar hacia atrás.

Hemos vuelto a fracasar, con el agravante de que un gran porcentaje de la población se comporta como los porcinos del corral que aplauden al que les da de comer y los faenará a fin de año. Nadie comprende lo que es la política, nadie tiene idea de lo que significa un proyecto nacional; reman entusiasmados hacia la catarata. Francamente, no se comprende este fenómenos social.

Tenemos que concluir que no fracasó una ideología: fracasamos en algo más básico. No supimos elegir, sostener ni exigir un gobierno decente.

Tal vez el karma argentino no sea histórico ni místico, tal vez la culpa no sea de la abuela de Cornelio Saavedra. Definitivamente, nuestro problema es electoral, cultural y reiterativo. –

© -Ernesto Bisceglia