POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Desde que las flautas traversas, seguidas de los oboes y clarinetes, ensayan las primeras notas como preámbulo al vuelo de las cuerdas, el espíritu ya percibe ese sentido elegíaco de la pieza. La transmisión de una identidad y la sublime sensación que deja, como si uno se mojara las manos en las frías aguas del Moldava.
Sí, porque hay obras que no se escuchan: se atraviesan. El Moldava (Vltava), el segundo poema sinfónico del ciclo Mi patria de Bedřich Smetana, no es música descriptiva en el sentido banal del término. Es algo más peligroso y más hondo: la construcción sonora de una nación antes de que la nación exista del todo.
Smetana compuso El Moldava en 1874, cuando Bohemia todavía no era Checoslovaquia y la identidad checa debía decirse en voz baja, o decirse sin palabras. Entonces eligió lo que nadie puede censurar del todo: un río. El Moldava nace de dos manantiales —uno cálido, otro frío— y esa bifurcación inicial se vuelve música: flautas que murmuran, cuerdas que avanzan, un cauce que se va ensanchando hasta hacerse destino.
La genialidad de la obra no está en el virtuosismo sino en su narrativa. El río pasa por bosques, aldeas, bodas campesinas; roza castillos, se oscurece en rápidos peligrosos, y finalmente llega a Praga, no como triunfo militar sino como pertenencia. No hay fanfarria imperial: hay continuidad. El río no conquista, une.
Escuchar El Moldava es comprender que la patria no siempre se proclama; a veces se reconoce. No es un himno, es una memoria en movimiento. Y quizá por eso sigue diciendo tanto hoy, en tiempos donde la identidad suele reducirse a consigna o merchandising.
Smetana, ya sordo cuando compuso esta música —detalle que roza lo trágico y lo sagrado—, nos dejó una lección incómoda: se puede perder el oído y aun así escuchar mejor que nunca lo que un pueblo es. El Moldava sigue fluyendo, no porque suene en las salas de concierto, sino porque cada vez que alguien lo escucha, algo se ordena por dentro.
No es solo un río checo. Es la idea -cada vez más rara- de que una cultura puede contarse sin gritar.
© – Ernesto Bisceglia
