Fuck Trump, forever (Video)

REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar

En 2018, durante la entrega de los premios Tony, Robert De Niro pronunció un Fuck Trump que no fue un exabrupto ni una grosería de ocasión. Fue una definición. El aplauso inmediato y cerrado que siguió no celebró la mala palabra, sino el hartazgo. Años después, ese gesto sigue siendo actual. Tal vez hoy lo sea aún más.

No se aplaudía el insulto. Se aplaudía lo que condensaba. El rechazo explícito a una forma de ejercer el poder basada en la desmesura, la mentira como método y la agresión como identidad política. Trump no fue —ni es— una anécdota del sistema democrático estadounidense: es su degeneración visible, el síntoma de una cultura política que convirtió la brutalidad en autenticidad y el desprecio en liderazgo.

El hecho de que aquel Fuck Trump haya ocurrido hace años no lo vuelve viejo: lo vuelve profético. Porque lejos de moderarse, el fenómeno Trump se radicalizó, se exportó y se multiplicó. Lo que en 2018 parecía un exceso, hoy es una advertencia incumplida. El insulto quedó corto frente a la persistencia del daño.

El aplauso de la comunidad artística no fue partidario ni circunstancial. Fue defensivo. No defendía una ideología, sino una idea de civilización. Cuando un dirigente banaliza el racismo, relativiza la violencia, desprecia el conocimiento y reduce la política a un espectáculo de humillación permanente, el arte —que vive de la complejidad, la duda y la empatía— no puede permanecer neutral sin traicionarse.

Durante años se acusó a los artistas de elitismo moral, de desconexión con “la gente real”. Sin embargo, fue ese mismo mundo el que comprendió antes que muchos dirigentes que Trump no representaba una derecha más, sino una amenaza cultural: la normalización de la vulgaridad, la mentira elevada a estilo, la crueldad convertida en programa.

El Fuck Trump de De Niro fue, en ese sentido, un límite. Una línea trazada frente a un poder que no debate ideas sino que descalifica personas; que no construye consenso sino enemigos; que no gobierna con instituciones sino con agravios. Un poder que exige silencio, sumisión o complicidad.

Por eso el aplauso. Porque hubo un tiempo en que callar todavía parecía prudente. Hoy ya no lo es. Hoy el silencio frente a ciertas formas de poder no es neutralidad: es cobardía.

Trump encarna un tipo de liderazgo que no busca futuro sino resentimiento; que no propone comunidad sino fragmentación. Y lo más inquietante no es su persistencia, sino la naturalización de su discurso. Que todavía haya que explicar por qué resulta peligroso dice más del mundo que lo tolera que del personaje en sí.

En este contexto, el exabrupto deja de ser una falta de educación y se convierte en una síntesis moral. Hay momentos históricos en los que la cortesía funciona como coartada. Y hay figuras frente a las cuales el respeto institucional se vuelve una forma elegante de encubrimiento.

No se aplaudió una mala palabra. Se aplaudió el coraje de decir basta.

Y tal vez por eso aquel Fuck Trump, pronunciado hace años, sigue resonando hoy con más fuerza que nunca: porque no fue una reacción pasajera, sino una advertencia. Una que, lamentablemente, el mundo decidió ignorar.

© – Ernesto Bisceglia